. " La muerte se hace real, cuando empieza a penetrar por las rendijas de la vejez "
Milan Kundera
¿ Que es lo que produce hablar o pensar sobre la muerte ? Es como increíble pero a medida que pasan los años, las sensaciones al respecto sean bastante diferentes.....es como si uno se fuera acostumbrando a su inesperada llegada porque, claro, aun cuando por lo general uno se niegue a hablar y a veces hasta pensar en ella, lo cierto es que -paradojicamente- su llegada es la única certeza que tenemos los seres vivos.
Pero decía que, al menos a mí, la muerte me ha provocado sensaciones diferentes a lo largo de mi vida. El recuerdo más lejano que guardo es el de un accidente en la ruta en el que murió una íntima amiga de mi madre, tan joven como ella. Aun puedo ver a mamá llorando desconsoladamente junto al teléfono que le trajo la noticia, y desde entonces me ha quedado clara la sensación de tratarse de algo muy serio, puesto que nunca antes había visto a mi madre tan desgarrada.
Los abuelos suelen ser los primeros seres cercanos que se van de nuestro lado; es la ley normal de la vida; la que lleva a despedirnos de quienes son los más grandes de edad. Con los avances de la ciencia cada vez tenemos a más bisabuelos compartiendo nuestras vidas; de hecho, mi madrina fue una de mis bisabuelas, a quien desde luego no recuerdo; pero las generaciones que nos siguen, con seguridad, tendrán esa primera experiencia de separación con alguno de sus bisabuelos.
Mi primera experiencia concreta, la que aun recuerdo con pesar, fue la muerte de mi abuelo materno, a quien en realidad no veía muy seguido, no obstante lo cual lo apreciaba y aun me acuerdo claramente las últimas palabras que me dirigió cuando fuimos a despedirnos de él previo a un prolongado veraneo junto al mar, adonde nos sorprendió la noticia un 29 de enero.
¿ Que fue lo que sentí en ese momento? Pena....pesar por no poder volver a verlo....pero no fue dolor....quizás porque mis 15 años no me permitían sentir nada más que eso, pena por él....por no saber mucho sobre lo que sería de su siguiente destino y si allí, finalmente, podría ser feliz. Después, cada tanto, moría alguien en la familia, sobre todo de la de mi padre que siempre fue bastante numerosa.
Tengo así presente las de dos tíos abuelos que fallecieron relativamente jóvenes, dejando hijos de edades cercanas a las mías, por quienes sentía un inmenso dolor mientras les veía caminar con desconsuelo junto al cortejo que avanzaba lentamente hacia el lúgubre lugar en el que quedaban sus cuerpos, mientras ellos tenían que regresar a un mundo nuevo a comenzar a transitarlo sin la cuidadosa y segura presencia que casi siempre, un padre brinda a sus hijos, niños o jóvenes.
Cuando falleció mi abuela paterna, años más tarde, tenía 24; ya estaba terminando la facultad y, claro está, la impresión fue distinta, no sólo porque a ella si la había frecuentado mucho, sino porque además me daban mucha lástima mi abuelo -su compañero de tantos años- y mi padre, a quien veía sufrir con un sentimiento diferente. Es que como siempre son los padres quienes nos consuelan, frente a cualquier adversidad, uno medio es como que no sabe que hacer o como conducirse cuando al que ve sufrir es a su padre, porque pareciera que el mundo se ha puesto al revés.
Recuerdo que para ese entonces me sentía inclusive medio como protagonista y ya con derechos a portar del ataud en el que su cuerpo era conducido hasta esa casita fría en la cual se quedó junto a otros parientes de su propia familia que ya la ocupaban desde antes, y a la cual debí volver en dos oportunidades posteriores acompañando los pequeños cuerpos de esos dos hijos míos que nos dejaron tan tempranamente
Luego vino la muerte de mi abuelo paterno....cuando yo ya me había recibido, casado y era padre de un hijo nacido dos meses antes; su partida fue muy sentida por mí por haberlo podido compartir no sólo familiarmente sino como introductor o maestro en el mundo del Derecho, que tanto a él como a mí siempre nos apasionó. Fue muy homenajeado, además, porque fue una personalidad importante en el mundo de la cultura, y yo me sentí en aquel momento muy orgulloso de ser su nieto
Algo después falleció "Maina", mi tía abuela más bien abuela materna postiza, muy pero muy querida y querible, y con quien compartiera prácticamente mi infancia y adolescencia; y como cerrando un ciclo, muchos años después nos dejó mi otra tía abuela, Sara, que compartió muchos años con nosotros y con mis hijos por quienes tenía una debilidad muy especial, sobre todo cuando eran bebes.
Yo ya era para ese entonces un hombre grande y maduro, y sin embargo sentí muchísimo su partida, aun cuando no podía desconocer que era un tránsito inevitable luego de haber celebrado, orgullosamente bien, sus 90. En tanto había tenido que dejar pasar hacia el otro lado a dos de mis hijos, pequeños y débiles, que no soportaron las inclemencias de la vida y por allá andarán, desde hace 40 años, aguardando por un encuentro. Empero, en aquellos tristes momentos el dolor que sentía, en realidad provenía de tener que verlos sufrir, de modo que hubo que elaborar y finalmente aceptar que ese final bien podía ser una salida para los males que, sin remedio, los aquejaban.
En vez, cuando muchos años después fue mi hijo quien debió pasar por esa dolorosa experiencia de tener que despedir a un hijo pequeño, el intenso dolor que en ese momento experimenté provenía más que de la pérdida, del hecho de no encontrar la forma de poder consolar a mi hijo, a quien veía sufrir tan descorazonadamente.
Pero todas esas muertes -excepto la de los infantes- fueron vividas como algo inevitable, previsible y en lo personal, muy lejano de la mía, de manera que la vida continuaba y los proyectos invitaban a nuevos desafíos, hasta el momento en que me alcanzó la muerte de mis padres. La de mi madre más temprana -a mis 48- y la de mi padre nueve años después. Estos sí fueron golpes más fuertes porque, claro está, los padres son nuestra referencia en la vida....nuestro anclaje....nuestro origen.....y hasta nuestra explicación vital y es muy fuerte perderlos porque uno se queda medio como perdido y sin brújula.
Pero a todo se acostumbra el ser humano y, repentinamente, uno asume que ha llegado a la primera trinchera, la del frente sin nada delante que nos cubra....y que uno debe ocupar un lugar que en su momento tenían nuestros abuelos y luego nuestros padres, abuelos a su vez de nuestros hijos hasta que nos dejan ese sitio y somos nosotros ahora los abuelos, en un ciclo que es como inevitable.....y es ahí cuando uno comienza a preguntarse ¿ como seguirá esta historia sin fin?.....¿cuando ocurrirá?....¿en donde?
Tenemos certeza, los creyentes, que volveremos a reunirnos con aquellos que nos han precedido; que todos avanzamos juntos en el mismo tren, pero en vagones diferentes, y que en algún momento dejaremos éste para pasar a otro, que está más adelante. Esto que dicho así parece muy fácil de explicar, en realidad es muy difícil de aceptar; uno se resiste porque ignora y, en lo personal, creo que deliberadamente se nos impide conocer lo que viene porque hacia allá querríamos partir de inmediato, y alegremente.
Es más, tengo la convicción que al salirnos del tiempo el encuentro con los seres que nos precedieron será inmediato, aun con aquellos que no han partido, los que se quedan; que el tiempo, lo temporal, viene a ser algo así como el límite que diferencia un vagón del otro, hasta que de golpe lo que desaparece es el tren y todos juntos nos encontramos, en algún sitio, atemporal.
Puede ser que inclusive volvamos a someternos a las limitaciones temporales, en una secuencia interminable, que con otros disfraces corporales nos propongan alternativas y desafíos diferentes, pero lo cierto es que por ser temporales serán vidas también temporarias, que concluirán del mismo modo que algún día se terminarán nuestros días, para reanudar en otro sitio ese maravilloso encuentro de aquellos que se aman entre sí o se han amado a lo largo de los tiempos, para que así -unidos- permanezcamos para siempre.
Tengo así presente las de dos tíos abuelos que fallecieron relativamente jóvenes, dejando hijos de edades cercanas a las mías, por quienes sentía un inmenso dolor mientras les veía caminar con desconsuelo junto al cortejo que avanzaba lentamente hacia el lúgubre lugar en el que quedaban sus cuerpos, mientras ellos tenían que regresar a un mundo nuevo a comenzar a transitarlo sin la cuidadosa y segura presencia que casi siempre, un padre brinda a sus hijos, niños o jóvenes.
Cuando falleció mi abuela paterna, años más tarde, tenía 24; ya estaba terminando la facultad y, claro está, la impresión fue distinta, no sólo porque a ella si la había frecuentado mucho, sino porque además me daban mucha lástima mi abuelo -su compañero de tantos años- y mi padre, a quien veía sufrir con un sentimiento diferente. Es que como siempre son los padres quienes nos consuelan, frente a cualquier adversidad, uno medio es como que no sabe que hacer o como conducirse cuando al que ve sufrir es a su padre, porque pareciera que el mundo se ha puesto al revés.
Recuerdo que para ese entonces me sentía inclusive medio como protagonista y ya con derechos a portar del ataud en el que su cuerpo era conducido hasta esa casita fría en la cual se quedó junto a otros parientes de su propia familia que ya la ocupaban desde antes, y a la cual debí volver en dos oportunidades posteriores acompañando los pequeños cuerpos de esos dos hijos míos que nos dejaron tan tempranamente
Luego vino la muerte de mi abuelo paterno....cuando yo ya me había recibido, casado y era padre de un hijo nacido dos meses antes; su partida fue muy sentida por mí por haberlo podido compartir no sólo familiarmente sino como introductor o maestro en el mundo del Derecho, que tanto a él como a mí siempre nos apasionó. Fue muy homenajeado, además, porque fue una personalidad importante en el mundo de la cultura, y yo me sentí en aquel momento muy orgulloso de ser su nieto
Algo después falleció "Maina", mi tía abuela más bien abuela materna postiza, muy pero muy querida y querible, y con quien compartiera prácticamente mi infancia y adolescencia; y como cerrando un ciclo, muchos años después nos dejó mi otra tía abuela, Sara, que compartió muchos años con nosotros y con mis hijos por quienes tenía una debilidad muy especial, sobre todo cuando eran bebes.
Yo ya era para ese entonces un hombre grande y maduro, y sin embargo sentí muchísimo su partida, aun cuando no podía desconocer que era un tránsito inevitable luego de haber celebrado, orgullosamente bien, sus 90. En tanto había tenido que dejar pasar hacia el otro lado a dos de mis hijos, pequeños y débiles, que no soportaron las inclemencias de la vida y por allá andarán, desde hace 40 años, aguardando por un encuentro. Empero, en aquellos tristes momentos el dolor que sentía, en realidad provenía de tener que verlos sufrir, de modo que hubo que elaborar y finalmente aceptar que ese final bien podía ser una salida para los males que, sin remedio, los aquejaban.
En vez, cuando muchos años después fue mi hijo quien debió pasar por esa dolorosa experiencia de tener que despedir a un hijo pequeño, el intenso dolor que en ese momento experimenté provenía más que de la pérdida, del hecho de no encontrar la forma de poder consolar a mi hijo, a quien veía sufrir tan descorazonadamente.
Pero todas esas muertes -excepto la de los infantes- fueron vividas como algo inevitable, previsible y en lo personal, muy lejano de la mía, de manera que la vida continuaba y los proyectos invitaban a nuevos desafíos, hasta el momento en que me alcanzó la muerte de mis padres. La de mi madre más temprana -a mis 48- y la de mi padre nueve años después. Estos sí fueron golpes más fuertes porque, claro está, los padres son nuestra referencia en la vida....nuestro anclaje....nuestro origen.....y hasta nuestra explicación vital y es muy fuerte perderlos porque uno se queda medio como perdido y sin brújula.
Pero a todo se acostumbra el ser humano y, repentinamente, uno asume que ha llegado a la primera trinchera, la del frente sin nada delante que nos cubra....y que uno debe ocupar un lugar que en su momento tenían nuestros abuelos y luego nuestros padres, abuelos a su vez de nuestros hijos hasta que nos dejan ese sitio y somos nosotros ahora los abuelos, en un ciclo que es como inevitable.....y es ahí cuando uno comienza a preguntarse ¿ como seguirá esta historia sin fin?.....¿cuando ocurrirá?....¿en donde?
Tenemos certeza, los creyentes, que volveremos a reunirnos con aquellos que nos han precedido; que todos avanzamos juntos en el mismo tren, pero en vagones diferentes, y que en algún momento dejaremos éste para pasar a otro, que está más adelante. Esto que dicho así parece muy fácil de explicar, en realidad es muy difícil de aceptar; uno se resiste porque ignora y, en lo personal, creo que deliberadamente se nos impide conocer lo que viene porque hacia allá querríamos partir de inmediato, y alegremente.
Es más, tengo la convicción que al salirnos del tiempo el encuentro con los seres que nos precedieron será inmediato, aun con aquellos que no han partido, los que se quedan; que el tiempo, lo temporal, viene a ser algo así como el límite que diferencia un vagón del otro, hasta que de golpe lo que desaparece es el tren y todos juntos nos encontramos, en algún sitio, atemporal.
Puede ser que inclusive volvamos a someternos a las limitaciones temporales, en una secuencia interminable, que con otros disfraces corporales nos propongan alternativas y desafíos diferentes, pero lo cierto es que por ser temporales serán vidas también temporarias, que concluirán del mismo modo que algún día se terminarán nuestros días, para reanudar en otro sitio ese maravilloso encuentro de aquellos que se aman entre sí o se han amado a lo largo de los tiempos, para que así -unidos- permanezcamos para siempre.
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