domingo, 30 de noviembre de 2014

Los trenes


     Tengo por los trenes una fascinación especial, quizás semejante a la que pudieron haber tenido las personas de la generación de mis padres por los carruajes, aun cuando en mi caso, éstos también me encantaban -en el campo- cuando nos llevaban a pasear en ellos. Pero aquellos -los trenes- se encuentran indisolubremente ligados a mi infancia y sobre todo a la adolescencia, ya que fue el medio de transporte que me llevaba -solo- lejos de casa, circunstancia esta que, por lo general, para los adolescentes suelen ser momentos de independencia que se disfrutan mucho, aun cuando en la casa uno lo pase bien.
     De chico, al vivir durante mucho tiempo en el Tigre o ir para allá durante casi todos los fines de semana, el tren era el medio más habitual de trasladarnos, sobre todo porque mi padre no tenía auto, de manera que cuando no  le prestaban uno (su padre o una tía) nos teníamos que arreglar con el tren, que tomábamos en la estación Retiro del Mitre desde donde partía y nos bajábamos en la última -el Tigre- de modo que no nos podíamos confundir, íbamos de punta a punta, y si había mucha gente en la estación, bastaba con aguardar la salida del siguiente con la certeza de poder conseguir asiento, porque el trayecto era medio largo, de unos 45 minutos, más o menos, que para chicos es un montón.
     Tantas veces hice ese trayecto que me lo conocía de memoria; sabía qué era lo que estaba escrito en cada paredón; cuando aparecían las casas más lindas; cuando desaparecían; cuantas personas, más o menos, subían en cada sitio, y cuantas bajaban; adonde subían los vendedores ambulantes; cuando pasaban los guardas (vestidos de gris) controlando que tuviéramos boletos o cuando lo hacía un inspector (vestido de azul), que a su vez controlaban las tareas de los primeros, y uno se ponía un poquito más nervioso.
     Los trenes de mi infancia eran de color marrón y a los vagones se ascendía por sus extremos, por unas escaleritas de hierro que tenían tres escalones; arriba, entre vagón y vagón, había unos espacios para aguardar a bajar o, incluso, para viajar si adentro estaba muy lleno, pero a veces, algunas formaciones no traían estos espacios y el paso de un vagón al otro era directo, de modo que había que correr por todo el siguiente vagón para poder bajar.

                                                                         


     Las ventanillas eran dobles, de vidrio por fuera y de maderitas por dentro, que se podían subir o bajar las dos, sobre todo en el verano para que entrara un poco de aire fresco. A mí me encantaba sacar la cabeza afuera de la ventanilla!! que por supuesto no me dejaban....pero con los años, cuando me dejaron viajar sin la compañía de mayores, lo hacía con una gran precisión, sobre todo cuando venía un tren desde el lado contrario, en que sacaba medio cuerpo afuera y el otro tren pasaba rozando mi cabeza ¡ que desastre! Si mis viejos se hubiesen enterado. Mi compinche era mi primo Horacio, pero el tenía más respeto o menos cancha, de manera que se asomaba pero sin asumir tantos riesgos.
     Con el tiempo estos trenes desaparecieron -suelo ver alguno en otros ramales del Mitre- y ya cuando a los 12 o 13 me iba a San Isidro a jugar al rugby, viajábamos en vagones más modernos, los actuales, se tuvieron que subir el nivel de todas las estaciones porque -como los subtes- las puertas se abrían de costado y por el medio del vagón, que mantenía su altura. Es decir, desaparecieron las famosas escaleritas que permitían que uno pudiera correr cuando el tren había arrancado, o bajarse andando, cuando aun no se había detenido del todo.
     Estas maniobras que entonces las hacía sin pensar, me dieron un buen dolor de cabeza un día en que quise hacer lo mismo al bajarme en la estación Muñiz, volviendo de Bella Vista, y se ve que me fallaron los reflejos, o las piernas, pero lo cierto es que fui a parar al anden, de cara al suelo y con los anteojos algo más lejos. ¡ Que verguenza!! ( Señor??? lo ayudo?????).
     Pero los verdaderos viajes........ los inolvidables............eran los largos, cuando por ejemplo nos íbamos al campo en Entre Ríos; a a las Misiones Rurales en San Luis -adonde fui dos veranos- o uno bárbaro hasta Tucumán que duró más de un día. Nunca tuve, en cambio, la posibilidad de viajar en tren a Neuquén, de lo que sí pudieron disfrutar mis padres, en camarote, y algunas de mis hijas que una vez los acompañaron.

                                           

          Los viajes a Entre Ríos -hasta la estación Médanos- partían desde Chacarita porque la línea era la Gral. Urquiza o simplemente "el Urquiza". Lo interesante de estos viajes -que duraban unas siete horas, más o menos como a Mar del Plata- es que durante dos trayectos nos subíamos con el tren a unos ferrys y navegábamos varios kilómetros por el río Paraná o alguno de sus afluentes. No existía por entonces el fantástico puente que hoy une Zárate con Brazo Largo, y esos tramos, hasta Puertpo Ibicuy, había que hacerlos navegando.
     ¡ Que divertido! Todos los vagones del tren acomodados de costado, vale decir no uno detrás del otro sino al lado del otro, en grupos de tres o cuatro vagones que yo recorría por los pasillos que quedaban entre ellos, subiendo y bajando, hasta llegar al borde y ahí quedarme mirando pasar a otros barcos en sentido contrario, algunas barcazas o simplemente el agua amarronada del Paraná transformado en Delta. Después, ya en tierra, observaba como iban uniendo nuevamente los vagones y, cuando finalmente estaba todo listo, me hacía el distraído y me quedaba parado en la estación, para asustar a mi tía Maina -que nos acompañaba- que miraba detrás del vidrio de su asiento- haciéndole creer que no había advertido que el tren ya estaba en marcha, y al que luego me subía corriendo.
     Me encantaba, ya viviendo en el campo, ir a la estación a caballo a buscar correspondencia, después que pasaba el tren, alrededor de las dos de la tarde, tren que nosotros veíamos pasar desde el campo ya que las vías lo cortaban en dos, vale decir que pasaban por el medio, lo que era muy divertido cuando, arriando hacienda, teníamos que pasarlas de un lado al otro de las vías, que pasaban en altura para evitar que la hacienda las invadiera. Era toda una tarea la de empujarlas hacia arriba.

                                                                   
                                                         
     Los viajes a San Luis ya me agarraron más grande -a comienzos de la Facultad- y como yo era de los más chicos del grupo que integraban muchos varones y mujeres más grandes, me cohibía hacer tonterías, aunque me moría de ganas de repetirlas. Por supuesto que eso de bajar en las estaciones hasta que el tren arrancara lo repetía sino en todas, en muchas estaciones, y también me gustaba recorren el tren, pasar de vagón en vagón; ir hasta la máquina; pasar por el comedor; y lo que más me gustó siempre era mirar hacía atras desde el balconcito del último vagón, contemplando simplemente la inmensidad del campo, un atardecer, o alguna tropilla seguida de muchos perros.
     Por último no puedo dejar de acordarme con mucha alegría de los viajes en tren a Miramar que hicimos durante algunos años. Recuerdo que viajábamos en Pullman, una categoría cómoda, con asientos duros de a dos o tres, pero que era tal nuestro alboroto por comenzar las vacaciones que no nos importaba mucho." ¿ A que hora comemos papá?....y....saque el segundo turno" (que no llegaba nunca)....pero cuando llegaba al grito del guarda que decía "pasajeros del segundo turno pueden pasar al comedor!!!!", los cuatro nos instalábamos en una mesa mirando pasar el mundo de afuera por la ventanilla....y ahí me olvidaba de todo y me quedaba como extasiado, comiendo y mirando, hasta que llegábamos a Mar del Plata y venía el transbordo a otro tren y así llegábamos a la estación de Miramar adonde nos tomábamos un Mateo (que es un coche tirado por un caballo) hasta el lugar adonde viviríamos.....y un mes tarde hacer el recorrido inverso, con muchísima tristeza.
     Ya casi no hay trenes en la Argentina; los sacaron en la década de los 90 y sólo quedan para pequeños trayectos, pero nadie me puede privar de los lindísimos recuerdos que tengo ligado a ellos; son algo propio que sólo quien disfrute de ellos -como por ejemplo Fran- lo pueden entender. He hecho varios -no tanto como querría- viajes en Europa, pero nunca logré hacerlo en esos con cuartitos para varios que salen en las películas, compartiendo el viaje con gente extraña con los que finalmente uno termina charlando....y no les digo si viniera el guarda con soldados a pedirnos documentos !!!. Me encanta viajar en tren, en cualquier parte,  mirar la vida pasar a nuestro lado, y descubrir por allá a algún chico rubio saludándonos al paso, como lo hacía yo.
     Muchos años después, y en otro siglo, tuve la enorme satisfacción de poder viajar en uno de los llamados "trenes balas", esos que van a cientos de kilómetros por hora, devorando las distancias entre diferentes puntos y permitiendo ahorrar mucho tiempo porque, casi a la velocidad de los aviones, tienen por sobre estos la enorme ventaja de no tener que hacer tantas esperas para abordarlos, y uno puede llegar hasta un minuto antes de la partida que, eso sí, es tremendamente puntual, al menos en Francia que es adonde lo abordé.
                                                             
                                                                 

     ¡ Que emoción sentí la primera vez que vi al Talys !! ...estaba allí, en la estación Norte de París, listo para partir hacia Bruselas. Habíamos sacado boleto en la primera clase, así que nos instalamos en unas comodísimos sillones rojos, y al rato, casi sin notarlo, advertimos que estábamos en marcha, mientras nos tomábamos un riquísimo desayuno. A decir verdad uno desde arriba del tren en marcha no se da cuenta de la enorme velocidad que lleva -alrededor de 300 kilómetros por hora- excepto cuando avanza cerca de una ruta o autopista ya que se ve como el tren logra superar a todos los vehículos que circulan por ellas.
     Cuando uno pasa de un vagón a otro, también se nota, un poquito, el movimiento, ya que al avanzar por el pasillo uno algo se bambolea, pero un poco, nada más. Es realmente espectacular. Ese tren iba bastante lleno, ocupados totalmente sus asientos, y antes de llegar hizo una sola parada, demorando en total, desde París a Bruselas algo así como hora y media para recorrer los 300 kilómetros que separan a las dos ciudades.....con una puntualidad, además, perfecta. ¡ Una maravilla! ....y sin tener que pasar por las largas esperas de los aeropuertos.
     Al llegar a Bruselas, en la misma estación sacamos boletos para viajar en el mismo tren unos días más tarde, hasta Amsterdam, pero esta vez tomamos boletos para la segunda clase porque nos dimos cuenta que no se justificaba la diferencia de costos ya que los asientos eran todos iguales y solo se modificaba el poder tomar el desayuno en el vagón en lugar de tener que trasladarnos al bar, y pagarlo; tampoco contábamos con wi-fi en el vagón, en fín, pequeñas diferencias totalmente tolerables en un viaje que, además, tampoco superaba la hora y media.
     Y el día previsto ahí estábamos, temprano, en la vieja estación de trenes de Bruselas, porque el Talys que venía desde París se detenía muy pocos minutos; pero todo estaba calculado, hasta con cartelitos que indicaba en la estación el lugar en que se detendría nuestro vagón, de manera de evitar demoras innecesarias atribuidas al desconocimiento. Nos instalamos en nuestros asientos -repito, iguales a los de primera- y arrancamos para hacer uno nuevo trayecto de 270 kilómetros que hicimos en algo así como hora y media, con dos paradas intermedias: una en Roterdam y otra en el Aeropuerto, muy cerca de Amsterdam.
    Al llegar repetimos la experiencia de sacar los pasajes para la vuelta, que esta vez sería desde Ammsterdam a París, y el día indicado hicimos el recorrido inverso en algo menos de tres horas, realmente fascinados. Una experiencia inolvidable que tuvimos la suerte de poder repetir algunos años más tarde, en rapidísimo viaje desde Roma hasta Venecia, con un par de breves detenciones en Florencia y Bologna. Todo increíble, por supuesto. El mismo confort, la misma.velocidad -que un letrerito va mostrando- y que llegó a superar los 300 kmts......nuevamente sentados en comodisimos sillones y mirando pasar los paisajes campestres -hasta Florencia- y todos los túneles -hasta Bologna-....un placer.
     La experiencia frustrante nos pasó en París, ya que habíamos tomado pasajes para un tren que hace el trayecto nocturno hasta Madrid y teníamos camarote. Para mí era algo que no me quería perder por nada del mundo y ya me imaginaba cenando en el comedor y luego durmiendo en cuchetas para despertarme en cada parada y poder espiar hacia afuera, desde la cama. Pero no pudo ser. Cuando llegamos a la Estación nos enteramos que había una huelga de ferroviarios franceses y el tramo hasta la frontera con España lo haríamos en ómnibus....un horror!
     El viaje duró 14 horas en un micro totalmente inadecuado para trayectos largos y al llegar a San Sebastián nos subieron a un tren común, sin camarotes, comedor ni nada; el viaje fue tranquilo, pero la desilusión grande.....y aun tengo ese sueño pendiente de poderlo hacer...alguna vez. También tomé otras veces trenes en Europa, saliendo desde Barcelona, de París, de Amsterdam, Roma o Londres.....y otro en que cruzamos la frontera de Francia a España, por el sur, siempre en trenes suburbanos; impectables; cómodos; con buenos ventanales; sin amontonamientos; en fin, que al placer de andar en tren se le sumaba un confort que aquí, en la Argentina, nunca hemos disfrutado.









   






viernes, 21 de noviembre de 2014

Las pérdidas orgánicas.-

   
     En el ir y venir de la vida, se  nos van sumando a nuestro camino -en forma permanente o circunstancial- personas, recuerdos, sentimientos e inclusive cosas materiales como una casa u objetos más pequeños que asociamos a alguna persona querida o a un momento determinado, y por eso los apreciamos. Tenemos "nuestros" lugares: una determinada ciudad del mundo, del sitio en el que vivimos e inclusive dentro del hogar, pero como no siempre es posible disfrutarlos en forma real o físicamente, simplemente permanecen alojados en nuestro recuerdo -tanto cosas, como personas y hasta sentimientos- en donde también se pueden refugiar olores o aromas que alguna vez nos han impactado, como el del café recién molido, la tierra apenas húmeda, una flor, una madera antigua, etc. etc.
      Pero no ocurre lo mismo con la pérdida físicas, las de algunas partes de nuestro propio cuerpo que, poco a poco y a medida que transcurre la vida, nos van quitando a jirones, muy lentamente y de una en una, precisamente para que podamos mantener la vida. Tremenda paradoja! De estas pérdida, por lo general, nadie se acuerda más una vez que se han desprendido del cuerpo al que se encontraban unidas.
      Venimos a este mundo para alojarnos -temporalmente- en un cuerpo dotado de determinadas características, salvo excepciones muy especiales, semejantes a todos en lo que hace a la cantidad de órganos que lo componen y que permiten distinguirnos de otras especies animales, y también entre hombres y mujeres.
       Sin embargo, con el correr de los años, más temprano o más tarde, algunos de esos órganos concluyen su vida útil antes que nosotros y debemos abandonarlos a su suerte para que no nos arrastren con ellos. Son parte de nosotros; es más, son nosotros y así lo han sido desde que fuimos gestados; nos formamos juntos o mejor dicho, se integraron a un cuerpo u organismo único e irrepetible, que sirvió desde entonces para alojarnos, constituyéndose en los custodios de nuestro ser espiritual.
     Esa ha sido la razón de ser de nuestro cuerpo físico, resguardarnos el alma, en un camino que si bien se supone que debería ser el mismo, desde el principio hasta el fin, debido a la avances maravillosos de la tecnología y de la ciencia, es posible que el espíritu muchas veces, sobreviva a partes de su cuerpo, que se van muriendo o que es necesario separarlas, y ahí quedan, a mitad del camino, sin que guardemos de ellos recuerdo alguno, porque esto es más propio de lo espiritual. 
     Nuestro cuerpo, que tiene una función tan esencial durante nuestra vida terrenal, realiza su tarea de una manera silenciosa y totalmente organizada, pero a veces llama la atención por medio de sinsabores, molestias o dolores, cuando hay algo en él que no funciona bien o se ha ido deteriorando de una manera que puede llegar a transformarse en una carga, con riesgos o funcionalmente ineptas o inadecuadas, y entonces es cuando hay que dejar algo en el camino, para poder seguir adelante con el nuestro.
     Es como si nos dijera -siempre calladamente- hasta aquí llegamos hermano; no puedo acompañarte más; seguí adelante; viví feliz que yo ya no te hago falta. Y así es como -en muchos casos- aparecen los cada vez más frecuentes sucedáneos de nuestros órganos como puede ser un marcapaso o un bay pass o un stern que van cubriendo esas mismas funciones, a la manera en que antes lo hacían aquellos originales que, en general, ya no se consiguen. Salvo trasplantes, son imitaciones, muy buenas en muchos casos, pero no son de carne y hueso, son mecánicos, fríos como una máquina pero a la vez perfectos, aunque a veces puedan fallar y en este caso no suelen avisar como en cambio lo hacen los propios que siguen funcionando hasta en la forma más elemental, con tal de no dejarnos en la estacada.
     Yo he tenido que dejar en el camino, siendo un niño, aquel famoso apéndice que nunca nadie me explico bien cual era su función vital, pero he vivido sin ella casi setenta años; luego se me fueron desgastando, paulatinamente, la vista y la dentadura. Aquella fue ayudada desde muy joven con anteojos para poder cumplir con su rol de mirar tanto de lejos como cerca, pero a mitad del camino me reemplazaron -cataratas mediante- los dos cristalinos originales, reemplazados por unos artificiales.
     En cuanto a la dentadura, siempre con problemas, en mi caso desde niño, las muelas primero y hasta los dientes luego se fueron cayendo, unos tras otros, cual muñecos de trapo a los que en un parque de diversiones se les tira desde la distancia para hacerlos caer, y supongo que se irán cayendo más, implacables, sin dolores ni molestias, a la hora de ensañarme con un buen trozo de carne o de despachar un rico choclo. Sin embargo, como sin ellos no hubiese podido sobrevivir, ahí están un montón de implantes de reemplazo.
     También en algún momento, los cirujanos se debieron abrir camino -bisturí mediante- por mi conducto urinario, cuando el órgano prostático se fue adueñando de sus paredes hasta taponar por completo ese desagote natural, pese a haber sido sometido durante muchos años antes a un largo tratamiento farmaceútico, hasta que ya no se pudo hacer nada más y hubo que abrirle camino por la fuerza, no se bien por cuantos años más porque aquella grándula sigue su infatigable crecimiento.
     Algunos años después quien debió abandonarme forzadamente fue mi querida vesícula, inutilizada desde bastante tiempo antes, molestando con preocupación a otros órganos, como la vejiga y el páncreas, que bien pueden suplir entre ambos las tareas de aquella. Y allí quedó, junto a algunas piedritas que fuera acumulando con paciencia, producidos por restos orgánicos que ella no podía eliminar por sí. ¿ Y que vendrá después? Es imposible saberlo.
     Los remedios que diariamente ingiero suplen los niveles del colesterol en sangre, de la urea, del exceso de azúcar, controlan el nivel de mi presión arterial y se que tengo algo dañada la función renal. ¿ Cual de mis órganos será el siguiente en bajarse de este cuerpo que insiste en proseguir adelante con su vida? ¿ Serán las caderas, como le ocurrió a mi abuela Alicia? ¿ o las piernas cansadas de andar como le pasó a mi padre?
     No se sabe, pero algo ha de ocurrir y así seguirán sucediéndose las pequeñas pérdidas orgánicas las que poco a poco y paulatinamente vayan limitando mi cuerpo a lo esencial, hasta que llegue un día -esperemos que lejano- que mi espíritu vuelva a la libertad del tiempo ilimitado, dejando a mi cuerpo descansar, con la certeza del deber cumplido. Entonces, quizás, Dios me encomiende otra tarea, distinta, con seguridad más exigente, y se vuelva a formar en las entrañas de una mujer un nuevo cuerpo perfecto, para custodiar en otras circunstancias, a este mismo espíritu vital para que pueda seguir haciendo de las suyas por el mundo.