sábado, 30 de abril de 2016

Lo que más me gustó de Turquía y Grecia fue....


   ...de Estambul (en Turquía)


           Una ciudad muy interesante, construida en dos continentes, Europa y Asia, o unida entre ellos por un par de largos puentes. Tiene muchísimo de su pasado, tan relevante, pero sobre todo del reciente que les dejara la dominación otomana, que desde allí se expandió hacia mucho lugres del mundo asiático, africano y europeo, pero también es una ciudad moderna y pujante, con mucha gente joven en las calles mezclada con su vestimenta occidental con mujeres mayores que lo hacen a la usanza musulmana.

          Me gustó mucho la sobria riqueza de sus mezquitas más conocidas; la algarabía de su Gran Bazar, un inmenso mercado donde se puede encontrar de todo -hasta un Corán en español que tengo conmigo-, la encantó subir a esa Torre Normanda que como vigía controla desde las alturas la navegación por el Estrecho, me fascinó la opulencia del Palacio de Dolmabahce, donde uno le encuentra sentido a la frace que alude al "lujo asiático", me encantó la posibilidad de tomar unj rico té a cualquier hora del día o de la noche y en cualquier parte, pero lo que más me gustó de todo fue haber podido navegan por el Bósforo, ese conocido estrecho que limita a Europa con el Asia.

           El recorrido, en medio de una gran avenida de agua, oscura, muy concurrida, en un especie de barco-colectivo, va tocando sucesivamente los distintos puertitos de uno y otro lado, a cada cual más pintorescos, en donde bajan y suben pasajeros cual lancha colectiva en el Tigre, hasta llegar al final, casi en la desembocadura del Negro, adonde nos quedamos en el lado asiático a disfrutar de un lugar maravilloso y almorzar en un agradable restaurante con vistas -desde las alturas- sobre ese maravilloso panorama.

                                                                           
navegando por el Bósforo


....de Ankara (en Turquía)

       Sin dudas el inmenso Mausoleo levantado para resguardar los restos de Ataturk, ese enorme político turco que después de la 1a. Gran Guerra modificó las estructuras del país para "europeisarlas" y así evitar que fuera destruída como Nación, como muchos pretendían. El Mausoleo ocupa un predio inmenso en donde, además se venerarse sus restos, se puede visitar un muy completo museo, dedicado a su figura.

                                                                              
                                                           el Mausoleo de Ataturk 

....de Capadoccia (en Turquía)

    No es posible silenciar el impacto tremendo que me produjo haber podido recorrer esas ciudades subterráneas en donde se refugiaban y vivían -varios años- los perseguidos por los enemigos de turno, y a comienzos de la era cristiana, con quienes profesaban esta fe. Realmente impactante y asombroso, con puertas que se cerraban herméticas; pasos de aire fresco; espacios para albergar animales y bodegas; nichos en donde vivir; en fin, realmente una ciudad, hecha y derecha, pero debajo de la tierra.

      Sin embargo y a pesar de quedar maravillado, sin ninguna duda que lo que más me gustó fue haber podido concretar uno de los sueños de mi vida: volar en globo. Creo que desde que -de niño- leí el libro de la Vuelta al Mundo en 80 días, mis fascinación fue tal que desde entonces siempre quise tener la posibilidad de volar en globo, hasta que en esta ciudad del interior de Turquía finalmente, una madrugada se me dio. ¡ Que placer !! La sensación era tal y como me la imaginaba: plácida, de mucha paz, muy lenta pero al mismo tiempo subiendo y bajando al ritmo de la mayor o menor intensidad del calor que se le imprimía al interior del globo, allá arriba nuestro. 

     Era la posibilidad de tener una visión de las cosas como desde la mirada de los pájaros, pausada y al mismo tiempo, cercana, pero desde las alturas. Una experiencia sencillamente inolvidable.

                                                                           
                                                                volando en globo


....de Bodrum (en Turquía)


        Es una pequeña población ubicada sobre una península hacia el sur, sobre el Egeo, donde pasamos un día de paseo, visitando una antigua fortaleza, admirándonos de su flota nautica con embarcaciones que nada tienen que envidiarle a las de Niza o Mónaco o Puerto Banus, y recorriendo su múltiples tiendas y negocios de todo tipo, tremendamente interesantes. Sin embargo a mí lo que más me gustó fue poder caminar por su extensa playa semicircular, disfrutando de un mar muy tranquilo y de un azul bien fuerte, y sentarnos a tomar algo fresco en una mesita, al sol y con los pies en la arena. Muy agradable por cierto la experiencia.

                                                                                
                                                             una playa de Bodrum

....de Kusadasi (en Turquía)

      Sin duda que haber podido recorrer lo que fuera la antigua ciudad de Efeso, cuyas ruinas de piedra se mantienen bastante bien conservadas, pudiendo uno hacerse una idea más o menos aproximada de lo que pudo ser vivir allí, por ejemplo, en tiempos de San Pablo, y aún mucho antes de su llegada, resultando impactantes las de su famosa Biblioteca y el Teatro.
                                                                          
                                                                     la Biblioteca

....de Ismir (en Turquía)

      Otra ciudad marítima, frente al mar Egeo. Importante y muy moderna, pero lo que más me gustó fue haber podido conocer lo que fue la última casa en donde vivió y murió -o se durmió- la Virgen María, que está escondida en las alturas de un importante cerro y adonde fue conducida por el Apostol San Juan -casualmente enterrado en esa misma ciudad- La casita es muy pero muy pequeña, con  una sala -hoy transformada en capilla- y una habitación, y fue descubierta no hace mucho a raíz de las visiones que tuvo una monjita alemana. Realmente muy emotiva la visita, que por suerte pude repetir años más tarde.

                                                                                
                                                          la Casa de la Virgen María

.... de Pumakale (en Turquía)

     Aquí nos encontramos con un fenómeno natural de envergadura como son las famosas cataratas blancas, que se producen por la caída en cascada del agua de un río que arrastra minerales como calizas y otros y que producen la sensación de estar observando nieve, cuando además las aguas son cálidas, del tipo de las termales. Todo ese fenómeno se encuentra junto a los restos de una vieja ciudad griega -Hierápolis- que se puede recorrer a la manera de lo que ocurre en Pompeya, ya que esta ciudad estaba construida de manera semejante.

     El día en que anduvimos por ahí hacía un calor infartante, y la recorrida nos demandó unas cuantas horas totalmente agotadoras. Teníamos la perspectiva de descansar luego dentro de los piletones de las cascadas, pero si bien lo intentamos, nos resultó bastante complicado porque las piedras estaban bastante resbaladizas y en bajada, de modo que nos volvimos junto a algo más moderno y civilizado, como una inmensa pileta normal, junto a la cual se encontraban mecitas debajo de unas sombrillas donde poder tomar algo fresco y, a pesar de las maravillas que nos rodeaban, creo que encontrar ese pequeño oasis fue lo que más me gustó de ese lugar, esa mañana.

                                                                               
                                                             las cascadas blancas

....de Atenas (en Grecia)

     ¿ Y que se puede de Atenas que no se haya dicho ? Estar allí era como sentirse transportado en el tiempo, pero desde luego que lo que más me gustó, y hasta me subyugó al punto hiptónico, fue haber podido pasear por el Parthenón. Ah ! que maravilla. Cuando le ví, desde abajo, ya me transportó en el tiempo, y poco después, al comenzar a pisar sus milenarias piedras, me sentí realmente en otro mundo. Dimos vueltas y vueltas, simplemente admirando ese monumento maravilloso, que se cae a pedazos, pero que el hombre se niega a verlo derrumbarse y entonces son cientos los soportes y grúas que soportan su peso, como dicen que ocurriera con el Cid Campeador que peleó su última batalla, ya muerto, pero atado fuertemente a su silla de montar.

       Al día siguiente volvimos, esta vez con un guía que nos permitió adentrarnos más en su historia y saber de cada uno de los significados simbólicos de esas ruinas, a las cuales regresamos otra vez y aún en otro viaje que hicimos luego. Las multitudes, sobre todo desembarcadas de varios cruceros, ciertamente impiden el disfrute pausado, como aquel del que pudimos gozar en nuestra primera visita, una tarde sin gente y con mucho sol, en que simplemente nos dejamos sorprender por el mensaje que, directamente, nos llegaba de ese glorioso pasado de sabiduría. Imposible olvidarlo.

                                                                         


....de Mykonos (en Grecia)

      Y saltamos a las islas del mar Egeo, ese mar color azul fuerte, muy tranquilo, casi un inmenso tanque en el que se mecen cientos y cientos de islas, de muy diferentes tamaños, pobladas o desiertas, con historias diversas, pero todas unidas por ese espíritu de su gente, conocedora de ser los herederos -presentes- de un pasado extraordinario en donde se mezcla nada menos que la historia con la mitología.

      Esta pequeña -en comparación con otras- islas es como una joyita, rodeada de playas increibles, y en donde nos resultó súmamente atractivo poder pasar por esas angostitas calles -por supuesto peatonales- rodeadas de casas blancas, casi todas iguales, en donde el sol pega fuerte todo el día. Pero lo que más me gustó fueron sus noches; esas cálidas noches de verano, caminando por el centro, entre una gran cantidad de gente paseando -como nosotros- sin tener otra cosa que hacer más que disfrutar de la noche estrellada; con variada y sabrosísima oferta gastronómica; música griega a rabiar, que nos iba envolviendo en un mundo casi mágico, que invitaba a bailar y a cantar, allí en el medio de la calle, mientras unos tranquilos pelícanos paseaban a la par nuestra, no tan tranquilos como nosotros sino alborotados y nerviosos por la algarabía, al punto que nos llevamos algún que otro picotaso -¿o eran besos salido de la punta de un largo pico?-

                                                                        
                                                             Mykonos de noche

....de Santorini (en Grecia)

       Otra maravilla en la que resulta muy dificil el poder elegir algo para destacar por sobre el resto de las cosas. Para comenzar, lo escarpado de su costa interna, la más tranquila y en donde se encuentra el puerto, ya de por sí es una maravilla, sobre todo cuando se observa el panorama desde arriba; la misma trepada, en tranquilos burritos que te van llevando -como quieren- hacia arriba, trepando por una interminable escalera bastante ancha; el pequeño poblado; las playas del otro lado, abiertas a un mar bien fuerte, junto al cual se levantan balnearios repletos de adoradores del sol; la posibilidad de alojarse en hoteles que se encuentran enclavados en terrazas que van descendiendo en el terreno, separadas por pequeñas callecitas, y desde donde uno puede observar todo lo que ocurre hacia abajo, como si estuviera en un inmenso juego, a tamaño natural.

       Pero puesto a elegir -como es el propósito de este relato- me quedo con el atardecer en Oia, el punto de la isla situado más al occidente. Desde allí se puede ver como el sol, poco a poco, va descendiente como para meterse en el mar en un punto lejano, mientras sus reflejos de color van pintando el cielo y el mar de varios colores superpuestos que cambian minuto a minuto, para prolongarse aún después que el sol se fue, en medio de fuertes aplausos de un público maravillado, mientras desde un barcito cercano a la punto, nosotros lo despedíamos brindando al aire con un riquísimo vinito blanco, muy fresco. Un placer!

                                                                              
                                                         atardecer en Oia (Santorini)

....de Rodas ( en Grecia)

     Uno escribe y describe como al pasar, sobre sitios y lugares emblemáticos, sin detenerse a pensar en todo el pasado que encierran y lo que han debido ser los diferentes sucesos acaecidos en ellos a lo largo de los siglos. Y algo así debemos decir de esta emblemática isla, situada casi en los confines del Egeo y enfrentada a las tierras turcas. Es que allí se instalados -muchos siglos atras- un grupo de caballeros europeos, de todas las nacionalidades, estableciendo en el lugar como una especie de fortaleza fronteriza frente a sus enemigos de cultura y religión, como eran los musulmanes, en una lucha que aun parecieron no haberse terminado porque ahora son ellos los que vienen a hostigarnos con su violencia.

     Haber podido recorrer esa fortaleza fue impactante, como también la ciudad medieval encerrada por altas murallas a la que se accede por algunas puertas gigantes rodeadas de torres, pero más allá de la historia, lo que a mí más me gustó fue haber podido pasar toda una tarde disfrutando de la increible playa de Lindos, hacia el sur de la isla, metida dentro de una pequeña bahía a cuyos lados se alzan antiguos templos griegos. Poder nadar en esas aguas del Egeo fue toda otra experiencia ya que por la cantidad de sal que allí se acumula, uno prácticamente flota solo porque es el agua la que te mantiene a flote, y mientras vas nadando podes observar allí enfrente, las costas turcas, tan agradables y pintorescas como estas.

     Por si esto no fuese suficiente, al regresar a Rodas, navegando, el pequeño barquito pesquero -transformado en turístico- que nos transportaba, se detuvo en el medio de la travesía, en un sitio protegido, para que todos pudiéramos arrojarnos al mar y nadar un poco en un Egeo calmo, azul, fresco y profundo como el que esa tarde nos recibió en una zambullida piletera, pero en la que quien nos recibía era ese mar milenario, de tantas historias reales y mitológicas. Inolvidable!!

                                                       la playa de Lindos en Rodas






   

















         






  






sábado, 23 de abril de 2016

Lo que más me gustó de las islas Británicas, fue.....



       ....de Londres (en Inglaterra)

     Por supuesto que todo....completamente todo lo de esta ciudad me resultó realmente fascinante. Por supuesto que me dejado admirado la Abadía de Westminster y todo su historial de tumbas reales y un jardincito interno que está muy escondido, pero más me atrajo la contigua y mucho más pequeña St. Margaret; quedé embobado disfrutando  del gótico del Parlamento -que algún día me gustaría conocer por dentro- y como hipnotizado admirando el viejo Big Ben; me impacté y disfruté mucho de una visita por el Buckingham Palace y toda su elegancia real; el cinematográfico cambio de guardia y los inmensos jardines del Palacio.

     Me quedé prendado del Támesis; de la antigua "parte izquierda", del otro lado, con sus historias truculentas vinculadas al viejo puerto; la transformación de sus edificios en modernas oficinas; la Torre de Londres con sus historias macabras, el famoso puente contiguo, la pequeña capillita interior que aún guarda los restos de Ana Bolena; la majestuosidad de la Iglesia de San Pablo; la estatua de Trafalgar, el Museo Británico, el Gabinete de Guerra subterráneo de Churchill. Un paseo por Piccadilly; disfrutar de la majestuosidad de Mayfair; hacer compras por Oxford St. o en Harrods; cenar en restaurancitos de South Kensington y Coven garden; ir al Teatro o pasear por Hyde Park; en fin todo.

      Pero hay un recuerdo que para mí es imborrable y que lo asocio por supuesto con lo que más me gustó de toda esa experiencia, y es del Palacio de Kensington en el extremo oeste del Hyde Park, adonde una tarde la vi llegar sola a Lady Diana Spenser, ya separada de Carlos, en un auto que ella misma manejaba. Me impactó, como todo ese agradable edificio de ladrillo vista que en ese momento era su hogar junto a sus hijos, el mayor de los cuales hoy vive allí mismo con su familia, como heredero de la Corona.

     Años después, ya puerta Lady Di pudimos recorrerlo por dentro, y lo más extraño de todos fue observar -con mucha pena- que de esa inmensa mujer no quedaba ni una pequeña foto, ni un recuerdo, ni un sólo objeto que hiciera pensar en ella; nada! Es como si se hubiera querido borrar su figura al punto de ignorar su existencia, y de quien sólo encontramos un pequeño altar con su imagen en un descanso de las escaleras de Harrods. Una verdadera pena y una injusticia notorio que espero, su hijo habrá sabido restablecer.

                                                                     
                                                           el Palacio de Kensington


....de Oxford ( en Inglaterra)

      Los campus universitarios me impactaron; en realidad uno ya viene acostumbrado porque los ha visto en muchas películas, pero estar ahí es otra sensación. Las enormes y reiteradas canchas de rugby; la mansedumbre del Támesis que por allí pasa haciendo sus primeras armas; esos edificios victorianos que albergan a cientos de alumnos, años tras año; los inmensos comedores estudiantiles, totalmente superados a las horas del almuerzo, el bullicio de las calles, la alegría de las tabernas, en fin, una ciudad universitaria como pocas.

     Pero a la hora de elegir me quedo con un pequeño puentecito de piedra, sobre un canal desde donde parten unos botecitos a remo, y que según me han dicho es desde donde los alumnos se lanzan al agua a la medianoche del 21 de marzo, siguiendo un especie de rito ancestral con el que allí se festeja la llegada de la primavera.
     
                                                                           
                                                                    en Oxford        
   
....de Greenwich (en Inglaterra)

       Si bien es cierto que hoy esta localidad tan cercana a Londres se encuentra prácticamente integrada a la gran ciudad, no es menos cierto que se trata de un sitio con su propia historia, al punto de ser la cuna nada menos que de ese importantísimo monarca que fue Enrique VIII. Pero más allá de eso, lo que siempre ha llamado mi atención es que por allí pasa exactamente el meridiano 0, que divide el horario del mundo hacia uno y otro lado, lo que está demarcado en el piso mediante mediante una tira de latón.

     Lo que más me gustó, entonces, fue haberme podido sacar una foto con un pié a cada uno de los lados del meridiano 0.

                                                                        
                                                         en el Meridiano de Greenwich

....de Brighton (en Inglaterra)


      De este típico balneario, con una larga costanera de viejos edificios, al estilo de los antiguos de Mar del Plata, lo que más me gustó fue haber podido contemplar el mar del Canal de la Mancha, en una fría mañana del invierno inglés. La playa desierta; el mar muy calmo; el cielo encapotado y mi vista puesta en ese mar de color entre gris y azulado, que -como en todos los lugares en que me encuentro con el mar- me pierde.-

                                                                         
                                                                      Brighton

....de Windsor (en Inglaterra)

     No fue el famoso Castillo, que igualmente me agradó mucho conocer, y del que me encantó su pequeña capillita, albergando los restos de algunos miembros de la familia real, como la Princesa Margarita, y su padre, el rey Jorge V, el conocido tartamudo de la película sobre su vida. A mí lo que más me gustó de esta ciudad -moderna y pujante- levantada en torno de ese famoso Castillo, fue una callecita lateral, de adoquines, con mesitas en el medio y negocios a los costados, constantemente recreada por varias mujeres ataviadas al estilo de una época anterior, que con sus vestimentas de colores y con canastos con flores en las manos, nos dan la bienvenida a quienes hasta allí llegamos a tomarnos algo fresco, luego de la extenuante visita del Castillo.

                                                                       


....de Strattford-upon Avon (en Inglaterra)

      Nada menos que la cuna natal de Shakespeare, es una lindísima y agradable ciudad que aun conserva la casa en donde nació el genial escritor, y que desde luego pude visitar y admirar, hoy transformada en un completo museo de la época. Pero a mí lo que más me gustó de esta tranquila ciudad fue poder ver al río Avon dividiéndola por el medio: un remanso de paz y tranquilidad, en el propio centro neuralgico y comercial de esta pintoresca ciudad.

                                                                       
                                                    el río Avon al pasar por Strattford

.... de Dublin (en Irlanda)

     Encontrar algún sitio que sea el que más me gustó en esta ciudad es todo un problema, porque la verdad es que no me gustó. Me pareció muy fría, de edificios de piedra, triste, calles bastante vacías, bastante pobreza en las calles, en fin, para mí -y que me disculpe la sangre irlandesa de mis hijos- olvidable. Pero no puedo dejar de reconocer que tienen una indudable vocación por las bebidas alcohólicas, y los pubs están todos con mucha gente, a cualquier hora del día y, la verdad, que debo concluir que lo que más me gustó entonces de Dublin es su deliciosa cerveza negra, marca Guinness, que sirven a temperatura ambiente, y que allí descubrí. Todo un hallazgo.

                                                                                   


.... de Edimburgo (en Escocia)

     A diferencia de la ciudad anterior, esta escocesa me fascinó por completo; sería como el polo opuesto. Es una verdadera joyita que cuesta dejar atras, porque todo en ella es atractivo y, además, lo hacen todo bien a la hora de pensar en el turista. Es elegante, sobria, orgullosa de su historial, tanto de luchas -contra su vecina Inglaterra- como de sus personajes, a los que realzan al nivel más alto de la leyenda, limpia, alegre, juvenil, sus verdes y amplios jardines, sin olvidar -por supuesto- su devota aceptación del whisky, su bebida por excelencia, que fabrican y destilan en diferentes sabores.

     Me encantó esta ciudad y, como no podía ser de otro modo, lo que más me gustó de ella fue la Royal Mille, esa milla histórica que unen por el mismo centro el antiguo y viejo Castillo medieval original con el actual Palacio de Holyrood, actual residencia real en el lugar.                                                                          


                                                                   la Royal Mile


martes, 19 de abril de 2016

Lo que más me gustó de los países nórdicos, fue....



.....de Copenhague (en Dinamarca)


      Siembre es muy difícil elegir una sola cosa o sitio dentro de la inmensa cantidad de situaciones con las que uno se encuentra cuando visita un nuevo país, pero en esta entrada, como dice el título, me he propuesto simplemente recordar lo que más me gustó, y este caso fue la capilla real que se encuentra dentro del Castillo de Frederiksen,  en donde fueron consagrados todos los reyes daneses.

       Se encuentra construída en dos plantas, la baja o principal en donde se encuentra -en la parte delantera- el fabuloso altar de ébano, oro y plata, y en la trasera un increíble órgano, muy antiguo y gigantesco, tanto que su interprete debe ubicarse en la primera planta. Este segundo piso consiste en un largo pasillo que cubre sus cuatro lados y que además de posibilitar el seguir las ceremonias con cierta perspectiva, a la par permite apreciar, desde lo alto, la belleza del conjunto. Al salir de esta segunda planta se encuentra un pequeño altar, ricamente adornado, que estaba destinado a oratorio real. Realmente una belleza todo el conjunto; una joyita. Como se puede apreciar en la foto, el techo, abovedado, se encuentra cubierto de una serie de arcos de oro que recorren toda su superficie.
                                                                                   
    

  
....de Malmó (en Suecia)


       Lo que más me gustó fue llegar, porque debimos hacerlo cruzando el puente de 16 kmts. que lo une a Copenhague que es una maravilla de la ingeniería. El puente levantado exactamente en el lugar en donde se encuentran el Mar del Norte con el Báltico, tiene dos segmentos bien diferenciados. La primera parte, saliendo desde Dinamarca, es subterránea, dentro de un túnel, para así permitir el paso de los barcos que van desde un mar al otro, pero repentinamente el puente se levanta en altura y así es como se llega a Suecia, ya que era muy costoso extenderlo todo bajo el agua, y realmente resultaba innecesario extenderlo subterraneamente más allá de lo estrictamente necesario.. Es muy divertido mirarlo desde un avión porque uno ve que se trata de un puente que, literalmente, desaparece debajo del agua, y si nunca te han explicado lo que ocurre, no se entiende nada de lo que se vé





......de Gotemburgo (en Suecia)


   La segunda ciudad más importante de Suecia es un puerto sobre el mar del Norte, al occidente del país, que tiene todas las características distintivas de las ciudades del interior: tranquilas, pausadas pero igual con un movimiento incesante, buenos edificios, tráfico fluido, medios de transporte, calles comerciales peatonales, y un gran pulmón verde con jardines impecables y canales de aguas claras por donde se puede navegar en pequeños botecitos, y que a mí fue lo que más me gustó. 
   
      

    
     ... de Oslo (en Noruega)


     Muchas fueron las cosas que me impresionaron e impactaron en este pujante y maravillosa ciudad, como por ejemplo el increíble y modernisimo Teatro de la Opera, construído en el agua y sobre el final del fiordo, semejando desde la distancia un inmenso iceberg o bloque de hielo flotando sobre el mar; el museo de los barcos vikingos, auténticos y bastante bien conservados, una maravilla; pasear por la cubierta del Fram, ese barquito de apariencia frágil en el que Amudsen se internó en el polo norte y años después en el polo sur; o admirar ese pequeñito cuadro -de tamaño- que es el Grito de Munch; o tomarnos un trago en el bar de hielo, en donde todo es de hielo, hasta losa vasos; etc. etc. etc.

    Pero más allá de todas esas maravillas, y de las espectaculares vistas sobre el fiordo, lo que a mí más me impactó fue haber podido estar en el gran salón del Ayuntamiento o City Hall en donde todos los años, el rey -que actualmente es Harald V (todo un personaje)- entrega el Premio Nobel de la Paz. Haber podido estar allí, en el sitio en donde alguna vez lo recibieron la Madre Teresa de Calcuta, Mandela, Obama o nuestro Perez Esquivel me emocionó mucho.
                                     
                                                                           

     El sitio es impactante: un inmenso hall, de pisos de mármol, amplio y totalmente despejado, muy luminoso y en el frente un inmenso cuadro muy colorido. Allí es en donde se homenajea a los premiados, donde estos dan su discurso de agradecimiento frente al rey, su familia e importantes visitantes, y luego por la escalera de mármol de la derecha ascienden hasta los lujosos ambientes del primer piso donde se sirve una cena de gala. Todo muy sobrio pero de mucha moderna elegancia. En una salita aparte encontramos muchas fotografías de algunas entregas emblemáticas.

.... de Estocolmo (en Suecia)

      En esta extraordinaria ciudad levantada sobre 14 islas que se encuentran unidas entre sí por muchos puentes, encontramos un clima de mucha alegría, juvenil, bulliciosa, que la invadía por todas sus partes ya que tuvimos la oportunidad el último día de clases y todo en la ciudad era euforia. Más allá de eso, nos encontramos con una ciudad muy moderna, de amplias avenidas, calles comerciales peatonales muy concurridas, interesantes museos agrupados en una especialmente dedicada a ello, otra que alberga a los edificios más emblemáticos como el Palacio Real, la Catedral, luterana, el edificio de la Academia sueca que premia anualmente varias disciplinas con el Nobel, canales por donde circulan embarcaciones de todo tipo, grandes espacios destinados al recreo y el ocio, muchas bicicletas, en fin, una moderna ciudad del siglo XXI, que no le ha dado la espalda a su importante pasado histórico.

       En una isla muy pequeña, contigua a las demás, encontré lo que a mí más me gustó que, como amante de la historia, fue la catedral destinada a ser la necrópolis real, el lugar en donde se encuentran enterrados los cuerpos de quienes fueran los antiguos reyes y reinas del país, más o menos hasta comienzos del siglo XX, ya que actualmente van a la Catedral. Allí, al frente, el lugar principal lo ocupa el mausoleo de Gustavo Adolfo Vasa y de su esposa, y en los laterales los de otros importantes personajes y, entre ellos, el que veníamos a visitar y honrar, el de Desirée, aquella joven novia de Napoleón a quien debió dejar por optar por la nobleza con la que lo emparentaría Josefina.

     Por decisión del Emperador Desirée fue enviada a las lejanas tierras suecas, custodiada por uno de sus mejores hombres, el Gral. Bernadotte, quien poco a poco se fue enamorando de ella para terminar unidos y no solo eso, al haber sido elegido rey de Suecia, su esposa se transformó en reina. ¡ Que paradojas de la vida! Encontramos su pequeño y sobrio cajón cubierto de mármol verde, junto al majestuoso dedicado a su esposo, en el lateral derecho del templo, y allí nos quedamos brindado nuestros honores y rezos, tal como alguna vez habíamos hecho en Viena con Sissi, otra de las nobles románticas de vidas difíciles.
             

                  
     
           No puedo dejar de mencionar aquí, porque también fue una maravilla, el haber podido navegar por el Báltico transformado en un delta, con cientos de islas al rededor -algunas habitadas- por donde salimos de Estocolmo una noche con luz, tenue pero luz solar propia de la cercanía al polo norte, en el verano, en que se produce ese deslumbrante espectáculo donde el solo nunca se esconde del todo. Con un mar bien sereno, oscuro pero transparente, y con la mirada fija en todas esas islas que, unas tras las otras, se nos aparecían ante nuestra vista cual si fueses espectadores que desde la distancia nos veían partir, fue uno de los recuerdos más gratos que guardo de mis viajes.

                                                                               

....de Tallín (en Estonia)

     En esta ciudad casi de juguete todo parece ser perfecto y encontrarse en ese sitio en el que está, desde hace siglos. Tiene dos zonas bien diferenciadas, la más antigua, en altura, reúne a los edificios que en su momento ocupaban la nobleza y el clero, mientras que la parte de abajo -¡ cuando no!- estaba destinada a los comerciantes y artesanos, separadas ambas zonas por una inmensa puerta de hierro que impedía el paso nocturno de una a la otra.

     La ciudad se mantiene intacta, al menos en toda su zona céntrica o medieval, ya que hay también un sector muy moderno con importantes edificios y todas las características propias de una ciudad europea. Pero aquel centrito histórico y, sobre todo la Plaza del Ayuntamiento, me volvió loco de felicidad. Era realmente como habernos transportado a la Edad Media: callecitas que desde allí se van alejando hacia afuera, construcciones de piedra y techos de pizarra, una farmacia que viene funcionando como tal desde el año 1422; una vieja casa de venta de pasteles, que hoy es un muy concurrido café, y ese centro neurálgico que es la Plaza, con el viejo -pero impecable- edificio del Ayuntamiento, lugar donde antiguamente funcionara la prisión y la sede de las torturas, a la vista de todos, para escarmiento generalizado. Una maravilla.




....de Helsilski (en Finlandia)
      El punto más al norte de nuestra gira fue esta impecable ciudad finlandesa que, lamentablemente, no pudimos conocer más que panorámicamente porque nos llovió y no estaba como para andar caminando. Nos impresionó, eso sí, la cantidad de espacios verdes, que se encuentra como metida en el mar y rodeada de importantes islas -por donde también se expande la ciudad-, con muchos edificios modernos y, casi casi, nada más.

      Pero lo que más me gustó fue una curiosidad: un templo construido debajo de una gigantesca roca, como si fuese un bunker. La idea, muy original, contaba sin embargo con muy buena iluminación natural -a pesar de la lluvia-, a raíz de grandes ventanales ubicados en el techo, en tanto que el recinto, que era redondo, del tipo de un pequeño teatro que se levantaba en torno de un muy sencillo altar que se encontraba en el frente.

       Hubiese querido que la visita fuera más silenciosa y recogida, como para poder hacer alguna oración personal sin tanto murmullo de gente, pero esto es  cada vez más difícil de lograr en lugares que, más que de oración, se han transformado en sitios turísticos. Igual me pareció una pequeña joyita arquitectónica.

                                                                               

....de San Petesburgo (en Rusia)

      ¡ Que no se puede decir de esta exquisita ciudad! Que le falte algo, porque a decir verdad, toda ella es una maravilla; de tal modo lo que más me gustó de ella fue precisamente eso: ¡ la ciudad! Esa impresionante y deliciosa maravilla que nos regalaron Pedro II y Catalina, la Grande. No hay un lugar mejor que el otro: desde nuestro increíble e histórico Hotel Europa, hasta la majestuosidad de la Catedral de San Isaac, con su cúpula semejante a la de San Pedro; desde sus cuidados Palacios hasta la multitud de canales que parten y vuelven al tranquilo río Neva; el Mausoleo Real que custodia los cuerpos de zares y zarinas, incluso la última familia Romanov, asesinada completa; las cúpulas de la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada y sus impactantes iconos y pinturas interiores, en fin, todo en esta ciudad me dejó maravillado.

      Pero sería muy injusto si no dijera que el Museo del Hermitage, dentro del que fuera el Palacio de Verano de los zares y zarinas de dejó atónito. Una visita completa por el lugar nos llevaría a caminar nada menos que once kilómetros para recorrer todas sus salas y salones y admirar algunos de los tres millones de objetos que allí se exponen. Nosotros ingresamos por su impactante escalera de mármol de Carrara; visitamos la Gran Suite, con sus paredes repletas de espejos; el espectacular Salón del Trono, con grandes arañas de cristal iluminando desde techos todos adornados con oro.

       La capilla en donde se casaban; las colecciones de importantisimos cuadros, de cristales, porcelanas, ropajes, carruajes, collares, joyas, mobiliario, en fin, de cuanta cosa uno se le ocurra coleccionar, todo maravillosamente intacto a pesar de los 80 años de dominio soviético. Es que más allá de las ideologías, todo eso era patrimonio del pueblo ruso y como tal fue resguardado. Impresionante! Maravilloso! Sin palabras!.

                                                                         


     Un comentario adicional se merece el Palacio de Peterhof, a la orillas del mar Báltico y sobre el golfo de Finlandia, que fuera la residencia real más fastuosa de Rusia, la que no rivalizaba con ninguna otra, hasta que llegaron los nazis y la destruyeron en su locura por ingresar a San Petesburgo luego de un prolongado sitio, y cuya reconstrucción se ha llevado adelante durante los últimos 60 años, la mayoría de los cuales transcurrió durante el gobierno de los soviéticos.

    El Palacio se extiende a cinco edificios ubicados en un inmenso parque de 1.000 has., rodeadas de bosques y canales, mediante un constante juego de aguas se extiende a partir de una gran fuente desde donde desciende una Gran Cascada. Es una maravilla! El Palacio fue reconstruido a nuevo, y esto es en realidad lo que motivó mi admiración, porque es una muestra del imbatible y esforzado espíritu ruso, que resistió al enemigo hasta la indecible, y que una vez expulsado, se volvió sobre sí mismo y comenzó con la reconstrucción, no solo de esta maravilla, sino de la ciudad toda que estaba semi-destruida. Valioso!

                                                                             


 ....de Moscú (en Rusia)

       Todo un emblema -para mi generación- la "prohibida" capital de Rusia, inaccesible para quienes crecimos y vivimos durante la segunda mitad del siglo XX, razón por la cual me resultó realmente fascinante estar allí, caminar sus calles, disfrutar de sus espacios, admirar sus iglesias, navegar por el río Moscova, quedarme hipnotizado frente al Kremlin, por un lado, pero al mismo tiempo conocer una realidad bien distinta de la que allí se vivía durante los largos años de gobierno soviético: el desparpajo y elegancia de sus bellicimas mujeres, la tremenda algarabía en sus calles, las multitudes agolpadas en los negocios, bares y restaurantes, la vida nocturna, el impactante desenfado de la juventud, en fin, una ciudad totalmente diferente a la que podríamos habernos imaginado.

           Pero más allá de esa sorpresa, de la belleza propia de edificios emblemáticos como el Bolshoy, la Catedral del Salvador, los distintos edificios del Kremlin, la arquitectura de las estaciones del Metro, la navegación tranquila por el río, la modernidad en los altísimos rascacielos de la nueva ciudad financiera, en contraste con los levantados por Stalin, todos iguales y muy semejantes a nuestro Kavanag o el de las antiguas galerías Gum, hoy transformadas en un gigantesco shoping, lo que más me impactó fue recorrer la Plaza Roja.

          Que no tiene ese nombre por connotaciones ideológicas, sino idiomáticas, ya que es "roja" por ser "bella". En sí la plaza no es más que una enorme explanada, a un lado de la cual se levanta la Tumba de Lennin, junto a las murallas del Kremlin, y del otro lado las Galerías Gum. Pero el hecho de estar allí fue lo que me impactó, en esa plaza de la que tanto había escuchado hablar durante mi lejana juventud, de la que viera cientos de fotos de otros tantos desfiles multitudinarios, de pura ostentación bélica, y que en su centro cuenta con esa perfección edilicia que es la colorida y magnífica Iglesia de San Basilio, el Beatro, que a decir verdad la componen cinco Iglesias más pequeñas, superpuestas en una misma superficie. Fantástico!!!

                                                                                   
  

....del Anillo de Oro (en Rusia)

           Se encuentran agrupadas bajo ese nombre un conjunto de antiguas ciudades localizadas al norte de Moscú, y que en los siglos XII se convirtieron en el centro de la Rusia medieval, como Sergei Posad, un centro religioso relacionado con Sergio Radonezh, un santo de la iglesia ortodoxa; Rostov. Yaroslav, Kostroma, la cuna de la familia Romanov, la de los últimos Zares, Suzdal y Vladimir, desde donde partió Yuri Dolgoruky a fundar Moscú, más al sur, que con los años dejaría a toda esta región sumida en sueños de un pasado más glorioso.

             Cada una de ellas tenía su propio encanto, que podía ser una fortaleza o Kremlin, una Iglesia emblemática, o un antiguo Monasterio, pero en lo personal, me quedo con mi encuentro con el río Volga, el más largo y caudaloso de todos los de Europa con sus más de 3.700 kilómetros de recorrido. Para mí ese encuentro fue lo mejor de esa gira, y lo pude disfrutar en dos lugares, del último de los cuales no me podía apartar. ¡ Que delicia haber podido disfrutar de la placidez de esas aguas, oscuras, pero muy tranquilas en su paulatino descenso hacia el mar!!

                                                                             
  


lunes, 18 de abril de 2016

Los zorzales de mi jardín



                                                                             
            En una espléndida  mañana de otoño me encontraba sentado al sol contemplando las primeras hojas doradas que, como todos los años, comenzaran de a poco a cubrir todo mi jardín, cual si fuera una colorida alfombra amarilla extendida sobre el verde del césped. Miré hacia arriba, a las copas de esas tres frondosas acacias que hasta hace poco fueran el refugio, durante el verano, de una importante bandada de zorzales que allí invariablemente se instalan al comenzar los primeros calores de la primavera,  –año tras año- dando inicio al ciclo secular de la reproducción de su especie, y al no verlos ni escucharlos, los extrañé.

             Qué increíble –pensé- que es la naturaleza, cuando uno la puede contemplar así tan de cerca. Recordaba haber visto –no hace mucho- a esos pequeños pichoncitos negros atreverse en sus primeros e inciertos vuelos por este mismo jardín, que repentinamente se había poblado de esos pequeños seres que, junto a la mirada atenta de sus madres, comenzaban a entrenarse para su vida, libres de todo riesgo.

Siempre me han gustado los pájaros, junto a cuyos trinos y gorjeos crecí y que hoy, setenta años después siguen sonando en mis oídos exactamente igual que entonces, conforme a la especie de la cual se trate, a pesar de los años transcurridos. Por eso es que me fascina que mi jardín haya sido privilegiado con el honor de servir de ámbito placentero para ser utilizado por algunas familias de zorzales como lugar de reproducción y de las primeras enseñanzas a sus pichones.

Durante el verano pasado, al termino del cual un buen día se los vio partir hacia tierras más calurosas, me permití seguir con cierta atención y mucha más curiosidad, sus costumbres ancestrales. La llegada de los individuos más grandes se produjo casi en forma silenciosa, allá por septiembre, a comienzos de la primavera, y se instalaron calladamente entre las ramas de mis acacias, desde donde los escuchaba trinar muy temprano en la mañana, y sobre todo al caer el sol.

Desconozco como les habrán ido preparando poco a poco los nidos para albergar a sus pichones, porque todo lo hicieron con una gran prolijidad y, sobre todo, allá en lo alto, lejos de todo posible peligro, hasta que repentinamente, un mediodía de octubre o noviembre, mi jardín se pobló de pequeños pichoncitos negros, que se entrenaban tanto en sus primeros movimientos aéreos como en la búsqueda de alimento, picoteando en busca de gusanitos.

Lo gracioso es que los movimientos de todos ellos eran casi exactos: o todos descendían de las ramas, o se movían hacia aquí o hacia allá, y al primer movimiento “perruno” que advertían, salían todos de inmediato lanzados hacia arriba, en vuelo muy parejo y como siguiendo una indicación precisa de alguno de los mayores, que a nosotros pasaba desapercibida. Era indudable que los estaban protegiendo.

Luego comenzaron paulatinamente con algunas experiencias más atrevidas y ya en el mes de enero, toda la bandada partía a media mañana, vaya uno a saber hacia donde, para regresar al caer la tarde, en torno de las ocho y todavía con bastante luz, a instalarse en sus ramas familiares, desde donde poco después descendían hacia el jardín de sus primeros pasos, para alimentarse y así poder reconstituir sus fuerzas, desgastadas por toda una jornada de entrenamiento aéreo. ¡ Que maravilla! Quizás sin saberlo ya estaban practicando para poder –llegado el momento preciso- emprender un largo viaje, en busca de un destino más caluroso.

Durante los días previos a lanzarse a esta aventura, los entrenamientos quizás fueron más intensos, mientras que en su alimentación se dedicaron a acumular grasa en sus pequeños pechos y debajo de las alas, de modo de poder sobrevivir al extenuante viaje, y una mañana de finales de marzo dejaron de acompañarme sus trinos: habían partido. Desconozco por donde se encontraría su camino hacia el norte, cual sería la ruta que, año tras año, recorrían, pero sí sé que las aves migratorias siguen rumbos que han establecido desde siempre y que se transmiten de generación en generación, quizás, en este caso, siguiendo las altas cumbres de la cercana cordillera.

Y ahora estarán allá, en Salta, Tucumán o Santiago del Estero, anidando en árboles semejantes, alegrando con sus trinos a otras familias del lugar, disfrutando junto a ellos de un invierno más cálido que el patagónico, y me los imagino, por ejemplo, disfrutando del cerro San Javier, en Tucumán; o de la plaza de Cafayate, en Salta o en algún árbol de una quinta en Yala, en los suburbios de San Salvador de Jujuy.

Desde allá, o del lugar en el que en definitiva se encuentren, seguramente algunos de ellos regresaran hacia la primavera, para reiniciar con el ciclo reproductivo ancestral y así volver a darle alegría y color a mi jardín, con esos pequeños torditos lanzados nuevamente al mundo, mientras otros deambularán por esta zona u otras, en busca de un refugio cálido como el que encontraron en mi casa, donde continuarán dando vida a su especie,

Todo este ciclo me recuerda, en mucho, a lo que también sucede en casa con las visitas veraniegas de algunos de mis nietos, a quienes también veo llegar, año tras año, a disfrutar de un poco de este verde, de este jardín, de este remanso de paz en el que vivo, y en donde cada vez pueden aprender más cosas, atreverse con aventuras más interesantes, compartir un tiempo de su vida conmigo, y luego emprender un largo viaje, hacia el norte, para cumplir con las pautas que su propia vida familiar les pueda ir señalando.

Y uno puede entonces emprender su propio viaje, a conocer lugares diferentes, a buscar climas menos hostiles, a aprender de otras costumbres o a enriquecerse con culturas lejanas, para luego regresar y comenzar a preparar el terreno para la próxima temporada, cuidando que todo este bien, mejorando incluso algunas cosas para hacerlas más placenteras, dispuestos a recibir, llegados los primeros calores, a esa bandada de zorzales que se instalaran nuevamente en las acacias, como preludio a la llegada de los nietos, que año tras año van creciendo en edad y en número, y entonces todos, ellos y nosotros, aves y niños, nos reuniremos una vez más, simplemente, para disfrutar de la vida que constantemente se renueva, aunque se repita...