...de Estambul (en Turquía)
Una ciudad muy interesante, construida en dos continentes, Europa y Asia, o unida entre ellos por un par de largos puentes. Tiene muchísimo de su pasado, tan relevante, pero sobre todo del reciente que les dejara la dominación otomana, que desde allí se expandió hacia mucho lugres del mundo asiático, africano y europeo, pero también es una ciudad moderna y pujante, con mucha gente joven en las calles mezclada con su vestimenta occidental con mujeres mayores que lo hacen a la usanza musulmana.
Me gustó mucho la sobria riqueza de sus mezquitas más conocidas; la algarabía de su Gran Bazar, un inmenso mercado donde se puede encontrar de todo -hasta un Corán en español que tengo conmigo-, la encantó subir a esa Torre Normanda que como vigía controla desde las alturas la navegación por el Estrecho, me fascinó la opulencia del Palacio de Dolmabahce, donde uno le encuentra sentido a la frace que alude al "lujo asiático", me encantó la posibilidad de tomar unj rico té a cualquier hora del día o de la noche y en cualquier parte, pero lo que más me gustó de todo fue haber podido navegan por el Bósforo, ese conocido estrecho que limita a Europa con el Asia.
El recorrido, en medio de una gran avenida de agua, oscura, muy concurrida, en un especie de barco-colectivo, va tocando sucesivamente los distintos puertitos de uno y otro lado, a cada cual más pintorescos, en donde bajan y suben pasajeros cual lancha colectiva en el Tigre, hasta llegar al final, casi en la desembocadura del Negro, adonde nos quedamos en el lado asiático a disfrutar de un lugar maravilloso y almorzar en un agradable restaurante con vistas -desde las alturas- sobre ese maravilloso panorama.
navegando por el Bósforo
....de Ankara (en Turquía)
Sin dudas el inmenso Mausoleo levantado para resguardar los restos de Ataturk, ese enorme político turco que después de la 1a. Gran Guerra modificó las estructuras del país para "europeisarlas" y así evitar que fuera destruída como Nación, como muchos pretendían. El Mausoleo ocupa un predio inmenso en donde, además se venerarse sus restos, se puede visitar un muy completo museo, dedicado a su figura.
el Mausoleo de Ataturk
....de Capadoccia (en Turquía)
No es posible silenciar el impacto tremendo que me produjo haber podido recorrer esas ciudades subterráneas en donde se refugiaban y vivían -varios años- los perseguidos por los enemigos de turno, y a comienzos de la era cristiana, con quienes profesaban esta fe. Realmente impactante y asombroso, con puertas que se cerraban herméticas; pasos de aire fresco; espacios para albergar animales y bodegas; nichos en donde vivir; en fin, realmente una ciudad, hecha y derecha, pero debajo de la tierra.
Sin embargo y a pesar de quedar maravillado, sin ninguna duda que lo que más me gustó fue haber podido concretar uno de los sueños de mi vida: volar en globo. Creo que desde que -de niño- leí el libro de la Vuelta al Mundo en 80 días, mis fascinación fue tal que desde entonces siempre quise tener la posibilidad de volar en globo, hasta que en esta ciudad del interior de Turquía finalmente, una madrugada se me dio. ¡ Que placer !! La sensación era tal y como me la imaginaba: plácida, de mucha paz, muy lenta pero al mismo tiempo subiendo y bajando al ritmo de la mayor o menor intensidad del calor que se le imprimía al interior del globo, allá arriba nuestro.
Era la posibilidad de tener una visión de las cosas como desde la mirada de los pájaros, pausada y al mismo tiempo, cercana, pero desde las alturas. Una experiencia sencillamente inolvidable.
volando en globo
....de Bodrum (en Turquía)
Es una pequeña población ubicada sobre una península hacia el sur, sobre el Egeo, donde pasamos un día de paseo, visitando una antigua fortaleza, admirándonos de su flota nautica con embarcaciones que nada tienen que envidiarle a las de Niza o Mónaco o Puerto Banus, y recorriendo su múltiples tiendas y negocios de todo tipo, tremendamente interesantes. Sin embargo a mí lo que más me gustó fue poder caminar por su extensa playa semicircular, disfrutando de un mar muy tranquilo y de un azul bien fuerte, y sentarnos a tomar algo fresco en una mesita, al sol y con los pies en la arena. Muy agradable por cierto la experiencia.
una playa de Bodrum
....de Kusadasi (en Turquía)
Sin duda que haber podido recorrer lo que fuera la antigua ciudad de Efeso, cuyas ruinas de piedra se mantienen bastante bien conservadas, pudiendo uno hacerse una idea más o menos aproximada de lo que pudo ser vivir allí, por ejemplo, en tiempos de San Pablo, y aún mucho antes de su llegada, resultando impactantes las de su famosa Biblioteca y el Teatro.
la Biblioteca
....de Ismir (en Turquía)
Otra ciudad marítima, frente al mar Egeo. Importante y muy moderna, pero lo que más me gustó fue haber podido conocer lo que fue la última casa en donde vivió y murió -o se durmió- la Virgen María, que está escondida en las alturas de un importante cerro y adonde fue conducida por el Apostol San Juan -casualmente enterrado en esa misma ciudad- La casita es muy pero muy pequeña, con una sala -hoy transformada en capilla- y una habitación, y fue descubierta no hace mucho a raíz de las visiones que tuvo una monjita alemana. Realmente muy emotiva la visita, que por suerte pude repetir años más tarde.
la Casa de la Virgen María
.... de Pumakale (en Turquía)
Aquí nos encontramos con un fenómeno natural de envergadura como son las famosas cataratas blancas, que se producen por la caída en cascada del agua de un río que arrastra minerales como calizas y otros y que producen la sensación de estar observando nieve, cuando además las aguas son cálidas, del tipo de las termales. Todo ese fenómeno se encuentra junto a los restos de una vieja ciudad griega -Hierápolis- que se puede recorrer a la manera de lo que ocurre en Pompeya, ya que esta ciudad estaba construida de manera semejante.
El día en que anduvimos por ahí hacía un calor infartante, y la recorrida nos demandó unas cuantas horas totalmente agotadoras. Teníamos la perspectiva de descansar luego dentro de los piletones de las cascadas, pero si bien lo intentamos, nos resultó bastante complicado porque las piedras estaban bastante resbaladizas y en bajada, de modo que nos volvimos junto a algo más moderno y civilizado, como una inmensa pileta normal, junto a la cual se encontraban mecitas debajo de unas sombrillas donde poder tomar algo fresco y, a pesar de las maravillas que nos rodeaban, creo que encontrar ese pequeño oasis fue lo que más me gustó de ese lugar, esa mañana.
las cascadas blancas
....de Atenas (en Grecia)
¿ Y que se puede de Atenas que no se haya dicho ? Estar allí era como sentirse transportado en el tiempo, pero desde luego que lo que más me gustó, y hasta me subyugó al punto hiptónico, fue haber podido pasear por el Parthenón. Ah ! que maravilla. Cuando le ví, desde abajo, ya me transportó en el tiempo, y poco después, al comenzar a pisar sus milenarias piedras, me sentí realmente en otro mundo. Dimos vueltas y vueltas, simplemente admirando ese monumento maravilloso, que se cae a pedazos, pero que el hombre se niega a verlo derrumbarse y entonces son cientos los soportes y grúas que soportan su peso, como dicen que ocurriera con el Cid Campeador que peleó su última batalla, ya muerto, pero atado fuertemente a su silla de montar.
Al día siguiente volvimos, esta vez con un guía que nos permitió adentrarnos más en su historia y saber de cada uno de los significados simbólicos de esas ruinas, a las cuales regresamos otra vez y aún en otro viaje que hicimos luego. Las multitudes, sobre todo desembarcadas de varios cruceros, ciertamente impiden el disfrute pausado, como aquel del que pudimos gozar en nuestra primera visita, una tarde sin gente y con mucho sol, en que simplemente nos dejamos sorprender por el mensaje que, directamente, nos llegaba de ese glorioso pasado de sabiduría. Imposible olvidarlo.
....de Mykonos (en Grecia)
Y saltamos a las islas del mar Egeo, ese mar color azul fuerte, muy tranquilo, casi un inmenso tanque en el que se mecen cientos y cientos de islas, de muy diferentes tamaños, pobladas o desiertas, con historias diversas, pero todas unidas por ese espíritu de su gente, conocedora de ser los herederos -presentes- de un pasado extraordinario en donde se mezcla nada menos que la historia con la mitología.
Esta pequeña -en comparación con otras- islas es como una joyita, rodeada de playas increibles, y en donde nos resultó súmamente atractivo poder pasar por esas angostitas calles -por supuesto peatonales- rodeadas de casas blancas, casi todas iguales, en donde el sol pega fuerte todo el día. Pero lo que más me gustó fueron sus noches; esas cálidas noches de verano, caminando por el centro, entre una gran cantidad de gente paseando -como nosotros- sin tener otra cosa que hacer más que disfrutar de la noche estrellada; con variada y sabrosísima oferta gastronómica; música griega a rabiar, que nos iba envolviendo en un mundo casi mágico, que invitaba a bailar y a cantar, allí en el medio de la calle, mientras unos tranquilos pelícanos paseaban a la par nuestra, no tan tranquilos como nosotros sino alborotados y nerviosos por la algarabía, al punto que nos llevamos algún que otro picotaso -¿o eran besos salido de la punta de un largo pico?-
Mykonos de noche
....de Santorini (en Grecia)
Otra maravilla en la que resulta muy dificil el poder elegir algo para destacar por sobre el resto de las cosas. Para comenzar, lo escarpado de su costa interna, la más tranquila y en donde se encuentra el puerto, ya de por sí es una maravilla, sobre todo cuando se observa el panorama desde arriba; la misma trepada, en tranquilos burritos que te van llevando -como quieren- hacia arriba, trepando por una interminable escalera bastante ancha; el pequeño poblado; las playas del otro lado, abiertas a un mar bien fuerte, junto al cual se levantan balnearios repletos de adoradores del sol; la posibilidad de alojarse en hoteles que se encuentran enclavados en terrazas que van descendiendo en el terreno, separadas por pequeñas callecitas, y desde donde uno puede observar todo lo que ocurre hacia abajo, como si estuviera en un inmenso juego, a tamaño natural.
Pero puesto a elegir -como es el propósito de este relato- me quedo con el atardecer en Oia, el punto de la isla situado más al occidente. Desde allí se puede ver como el sol, poco a poco, va descendiente como para meterse en el mar en un punto lejano, mientras sus reflejos de color van pintando el cielo y el mar de varios colores superpuestos que cambian minuto a minuto, para prolongarse aún después que el sol se fue, en medio de fuertes aplausos de un público maravillado, mientras desde un barcito cercano a la punto, nosotros lo despedíamos brindando al aire con un riquísimo vinito blanco, muy fresco. Un placer!
atardecer en Oia (Santorini)
....de Rodas ( en Grecia)
Uno escribe y describe como al pasar, sobre sitios y lugares emblemáticos, sin detenerse a pensar en todo el pasado que encierran y lo que han debido ser los diferentes sucesos acaecidos en ellos a lo largo de los siglos. Y algo así debemos decir de esta emblemática isla, situada casi en los confines del Egeo y enfrentada a las tierras turcas. Es que allí se instalados -muchos siglos atras- un grupo de caballeros europeos, de todas las nacionalidades, estableciendo en el lugar como una especie de fortaleza fronteriza frente a sus enemigos de cultura y religión, como eran los musulmanes, en una lucha que aun parecieron no haberse terminado porque ahora son ellos los que vienen a hostigarnos con su violencia.
Haber podido recorrer esa fortaleza fue impactante, como también la ciudad medieval encerrada por altas murallas a la que se accede por algunas puertas gigantes rodeadas de torres, pero más allá de la historia, lo que a mí más me gustó fue haber podido pasar toda una tarde disfrutando de la increible playa de Lindos, hacia el sur de la isla, metida dentro de una pequeña bahía a cuyos lados se alzan antiguos templos griegos. Poder nadar en esas aguas del Egeo fue toda otra experiencia ya que por la cantidad de sal que allí se acumula, uno prácticamente flota solo porque es el agua la que te mantiene a flote, y mientras vas nadando podes observar allí enfrente, las costas turcas, tan agradables y pintorescas como estas.
Por si esto no fuese suficiente, al regresar a Rodas, navegando, el pequeño barquito pesquero -transformado en turístico- que nos transportaba, se detuvo en el medio de la travesía, en un sitio protegido, para que todos pudiéramos arrojarnos al mar y nadar un poco en un Egeo calmo, azul, fresco y profundo como el que esa tarde nos recibió en una zambullida piletera, pero en la que quien nos recibía era ese mar milenario, de tantas historias reales y mitológicas. Inolvidable!!
la playa de Lindos en Rodas























