martes, 18 de julio de 2017

La vuelta a casa


     Siempre es un disfrute el poder viajar, placer que comienza mucho antes de la partida, con los preparativos, la elección de los lugares, la selección de los hoteles, la búsqueda del mejor medio de traslado, las reservas, en fin, uno va disfrutando a medida que se acerca la fecha del viaje, de la misma forma que se disfruta el aroma de un asadito que se viene preparando lentamente.

     Obviamente que también es placentero el después; los relatos, la entrega de regalos y presentes, las anécdotas y sobre todo, la selección y elección de las fotos, hoy tan multiplicadas que es preciso hacer toda una tarea de depuración antes de guardar las mejores. Sin embargo, a pesar de esos momentos de placer, no hay como aquel en el que ponemos un pie en casa, en la propia, en la añorada y tan bien recordada desde la distancia como "nuestro lugar en el mundo", ese sitio único al que, precisamente, después de dar muchas vueltas, llegamos como anhelando el agua en un oasis.

    No es que fuera de ella la pasemos mal ni mucho menos, pero es que ese sitio tan especial se nos ajusta a nuestro cuerpo casi como si fueran un mismo conjunto, al que hemos extrañado y en el que hemos pensado casi diariamente. ¿ O no es que allí podemos deambular por nuestra habitación, de noche, tranquilamente y a ciegas, sin temor a golpearnos con ese sillón tan incómodo o con las patas de un escritorio que no recordábamos que se interponía en nuestro camino?

    En casa tenemos todo a mano: agua en la mesita de noche sin necesidad de acordarnos de comprarla o de pedirla en la recepción de algún hotel o tener que recurrir a la odiosa heladerita que al dia siguiente nos delataría. En casa tenemos las toallas al alcance de nuestras necesidades, y a las que llegamos con solo estirar un poco el brazo, mientras que en esos baños que todos los días son distintos, nunca sabemos bien en donde estan, hasta que cerramos el agua de las duchas.

   Y hablando de estas, siempre me he preguntado porque no son todos los modelos iguales. Hay hoteles en los que se debería dar un instructivo sobre como utilizar todo con una sola palanquita: el agua caliente y la fría, la fuerza moderada o fuerte, la ducha de arriba o la manual, en fin, que hasta que uno se adiestra se ha congelado o saltado para no hervirse, o mojado donde no queria, y asi hasta el próximo baño, que si es en otro hotel la historia comienza nuevamente.

   Y el tema de las duchas no es nada en comparación con algunos habitáculos que reemplazan a nuestras queridas y añoradas bañaderas. Es que muchas veces son tan pequeños que uno preferiría que el agua ya saliese enjabonada de la ducha, para no tener que moverse en un sitio que, indudablemente, no está pensado ni para el movimiento ascendente de los brazos ni descendente del cuerpo.

    Otras a las que extrañamos durante los viajes es a nuestras queridas almohadas, porque allá lejos, adonde disfrutamos todo el día, al caer la noche las extrañamos más que a nuestras madres cuando estamos enfermos. Uno debería poderlas escoger cuando se registra, así como se elige el tamaño o la orientación del hotel o el tamaño de las camas, cuando se puede porque o bien aparecen en la cama tantas que uno no sabe que hacer con ellas, o es tan pequeña y escuálida que hay que darla vuelta por la mitad para que crezca un poco.

   Se que son pequeñas incomodidades que, en el total del viaje, no tienen incidencia alguna; pero eso sí, cuando uno finalmente llega a casa, las disfruta el triple, al menos por unos cuantos días, porque luego nos olvidamos que están siempre allí, para hacernos más agradable la vida, y hasta el próximo viaje ni nos damos cuentas de sus cotidianos servicios.