miércoles, 2 de agosto de 2017

Facha !


     Hace un par de días tuvimos que ayudarte a descansar, definitivamente, después de tanto sufrimiento, provocado por dolores muy intensos que los calmantes diarios no lograban tan siquiera atenuar. No obstante, sé que te quedaras con nosotros no solo porque tu cuerpo se integrará al jardín, sino porque los recuerdos de tantos años compartidos hará que te tengamos presente en forma permanente.

         Aquí llegaste, una templada madrugada de la primavera de hace por lo menos quince años, junto a otros once cachorros más que la buena de Laila  fue pariendo con una gran normalidad y mucho cuidado. Después de algunas semanas y cuando ese enjambre de bolitas negras comenzaban a ocupar todos los espacios, tus hermanos poco a poco comenzaron a marcharse, hasta que finalmente quedaste sola, pero en compañía de tu madre con la que a partir de entonces se integraron de tal forma que era imposible buscar a una sin encontrarse con la otra.

           Por aquellos días nuestro barrio estaba totalmente despoblado de habitantes y no existía límite alguno que a ustedes les impidiera usufructuar de un inmenso parque de cinco hectáreas, que únicamente compartían con varios teros, un par de buhos y ocasionales gallinaceas y abutardas que venían a chapusear cuando el manteo del riego cubría toda esa superficie.

        Yo las veía disfrutar, corriendo a los pájaros, metiéndose en los canalitos, o simplemente ladrando a todos quienes osaran adentrarse en nuestro mundo silencioso, solo interrumpido cada tanto por la ruidosa y veloz camioneta del cuidador cuando entraba o salía, invariablemente perseguida por ustedes dos como si adivinaran que al volante venía un verdugo, que finalmente cumplió con su lógica incomprensible y quebró tu cadera impidiendo que tu vida, desde entonces, pudiera seguir su curso natural, a pesar de las dos intervenciones que debieron hacerte.

           Las caderas, vieja amiga, siempre han sido un dolor de cabeza para todas las razas ovejeras, y allí concluyeron tus expectativas maternales porque el peso propio de un embarazo tornaba peligrosa tu subsistencia, y asi, una vez recuperada continuo tu vida como siempre,  acompañando a tu madre por esas correrías que, ahora sí, comenzaron a limitarse por imperio del crecimiento barrial, hasta quedar circunscripta a la extensión de nuestro jardín, por entonces también compartido con esa otra perrita pequeña a la cual, además, tenían que tolerarle que pudiera tener acceso al interior de la casa.

          Fue durante esos largos años que conquistaste nuestro cariño, y el de todos aquellos que se acercaban a la casa, aun cuando tu inmenso tamaño amedrentara a más de alguno, ignorante de tu enorme bondad y de tu gran cariño, sobre todo para con los niños. Era increíble verte acariciar por esas pequeñas criaturitas, a las que dejabas hacer de la misma manera que disfrutabas de nuestras caricias, cuando te acercabas a nosotros en busca de un poco de atención, con el que te conformabas.

            Luego partió tu madre, una tarde tan triste como la de hace dos días y desde el mismo lugar, para quedarte huérfana de compañía, pero no de cariño que se multiplicó por dos, mientras poco a poco comenzabas a envejecer, o a cansarte más rápido, lo que compensabas con largas, larguísimas siestas al sol y tus incansables ladridos a los perros que, desobedientes, circulaban por las calles del barrio y hasta osaban venir a chumbarte a la puerta de rejas porque sabían que no la podrías sortear. Más de una vez estuve tentado de abrirla y dejarte salir corriendo detrás de ellos, para escarmentarlos.

            Te recuerdo, Facha, aturdida y asustada para las fiestas de fin de año, con esa interminable seguidilla de petardos que aturdían no solo tus delicados oídos perrunos sino toda tu estabilidad, y utilizabas de tu argucia para lograr esconderte dentro de la casa, sabiendo que junto a nosotros tendrías un refugio seguro en donde nada podría hacerte mal; también te recuerdo, pícara, cuando aprovechando de alguna puerta abierta te metías en la cocina para comerte la comida de la pausada comensal que siempre ha sido Fusa, y que se limitaba solo a ladrarte, mostrando gran respeto por tu tamaño y por su vida, aun cuando hubieses sido incapaz de hacerle algún daño.

             Te recuerdo en los veranos, jugando cerca de la pileta pero cuidadosamente lejos del agua, limitándote a una vigilancia sobre niños y grandes, quizás sin comprender que nuestros gustos, en ese sentido, eran tan distintos de los tuyos; y te recuerdo en esas noches con visitas, cuando debíamos atarte porque tu sola presencia atemorizaba a nuestros invitados, que ignoraban que únicamente tus deseos eran los de compartir un momento con ellos;

          Tambien te recuerdo atenta a la parrilla, cuando trabajaba en ella y un olorcito muy agradable acariciaba tu hocico, presta a saltar en procura de alguna pieza, recién una vez que me hubiese retirado de allí con las primeras cocciones, como considerando que ese era el límite de tu obligado respeto y que a partir de entonces lo que quedaba debía ser compartido. Las broncas que me habré comido mientras te veía, muy tranquila, disfrutar de un buen trozo de costillas, hasta que llegamos a algún acuerdo y comenzaste a respetar mis indicaciones, a los gritos, para compensarte un rato más tarde con todos los restos, mientras nos dejaron.

         Finalmente, querida amiga, te recuerdo con tu caminar tan cansino, producto de un cuerpo cansado y dolido al que inclusive debimos despojar de tu mayor orgullo, ese pelo tan negro como tupido, porque ya no soportabas de su peso que superaba los 10 kilos, y quedaste hecha otro perro, flacucho y encorvado, pero con esa misma cabeza altiva y de ojos brillantes que siempre fue como tu característica. No eras vos, externamente, pero en tu interior seguía latiendo  ese ser tan generoso y entregado, sobre todo a los niños, que nunca abandonaste, ni en los peores momentos de dolor, que fueron tantos.

       Y un día no pudimos retenerte más porque ya tus quejas eran alaridos que imploraban compasión; primero dejaste de caminar y te echaste allí, cerquita del lugar en donde dormías en las noches de frío, como recordando un refugio; luego de dejaste de comer y cada vez duraban más tus platos con agua; pero seguías levantando tu cabeza, nuevamente cubierta de ese pelambre negro, cada vez que pasábamos cerca, hasta que inclusive dejaste de hacerlo, convirtiendo tus días y tus noches en un largo lamento que nos resultaba insoportable de escuchar.

          Quisimos que te fueras así, en un respetuoso silencio, sin la presencia de chicos y no tan chicos que compartieron tu vida, para que les quedara un recuerdo vivo de tu presencia, porque esa que se despedía de nosotros ya no eras vos. Y te quedaste dormida, mientras yo te acariciaba la cabeza, como tantas mañanas de sábado que venías a buscar mis manos mientras leía al sol, para que no temieras, para que pudieses morir en paz, sin angustias, ya que eso era lo mínimo que podía darte después de tantos años de fidelidad y cariñosa compañía

          Hasta siempre, fiel amiga!. Aqui en casa se sigue escuchando ladridos; quizas son de perros que tambien te extrañan.




Las Islas Malvinas



                                                                    



            Y una mañana de febrero, desembarque en las Malvinas. ¡ Que emoción! Recuerdo que desde niño me atrajo la historia de su pertenencia argentina, a pesar de su “temporaria” ocupación británica, que en la escuela primaria nos explicaban con una convicción que finalmente se nos hizo propia. Pasaron desde entonces muchos años, alrededor de treinta, y un buen día de abril nos despertamos con la tremenda noticia de que las islas habían sido recuperadas.

            No soy de los arrepentidos de esa decisión, aun cuando reconozco que con el correr de los años hemos ido conociendo que la misma fue una gran improvisación, porque así no se programan las grandes gestas en el mundo serio y menos cuando se debe enfrentar a una gran potencia militar, como siempre lo han sido los británicos.

Sin embargo, en aquel ya lejano 2 de abril de hace 35 años no nos esperábamos el tremendo papelón al que nos estaban llevando los militares, orgullosos y prepotentes, que se habían apropiado del poder en la Argentina por la fuerza y que, finalmente, lo único que estaban procurando con esa –para ellos-  “simple aventura” era lograr una adhesión popular de la que carecían,  que les permitiera perpetuarse en el poder

            Estábamos –una inmensa mayoría- felices con lo actuado y, además, convencidos, que el mundo no solo nos comprendería sino que, además, nos daría la razón. Y entonces salimos eufóricos a festejar en un cálido ambiente de compartida felicidad ciudadana que a todos nos unía, sin vallas, sin barreras, sin esas distinciones odiosas que desde siempre nos han separado.

Y ese fervor ciudadano se prolongó durante poco más de 70 días, solo compartido por la simultanea visita del Papa Juan Pablo II, que en realidad venía a comunicar a las autoridades políticas y militares que el mundo “occidental y civilizado”, de la mano de la Primera Ministra Británica,  estaba dispuesto no solo a recuperar las islas sino a permitir que nos destruyeran y aniquilaran como país por haber tenido la osadía de enfrentarlos, bombardeando Buenos Aires y otras grandes ciudades..

Asi fue como termino la “bravata”, junto al consiguiente desprestigio militar que, por ende, a raíz de ese fracaso debió comenzar a planear su retirada del poder, en lo que fue una consecuencia no prevista por ellos pero que finalmente nos permitió comenzar a disfrutar de una vida democrática, con todo lo bueno y lo malo que ello implica, pero al menos por decisiones compartidas por la mayoría y no por un grupito de inspirados.

Pero ello no significaba que, en mi interior, no siguiera latiendo esa como semillita sembrada en aquellos lejanos años de la escuela primaria, de llegar algún día a poder pisar esas tierras irredentas, y ayer a la mañana, finalmente, logre concretar ese sueño al desembarcar en lo que hoy se denomina Puerto Stanley, y que es la capital de las islas que, durante 72 días se denominó Puerto Argentino.
                                                          


La ciudad es muy pequeña, unas cuantas calles que corren paralelas al mar y, hacia arriba no más de otra docena. Casas bajas, pintadas de colores, pequeñas, vale decir que allí no hay nada suntuario, ni las iglesias –anglicana y católica- ni la casa del gobernador y ni siquiera el hotel Malvina, la única referencia a ese nombre que encontramos en toda la isla que, por supuesto, es y, así es como se llaman, las Falkland.

Pero estar allí era la novedad, poder caminar por la Ross Road, esa emblemática calle principal, una especie de costanera por donde en su momento vimos desfilar a nuestros soldados e izar la bandera al llegar, y setenta días después, totalmente  destruidos, entregar sus armas y ser tomados prisioneros. Hoy, en la ciudad no se advierten muestras de aquellos días trágicos; por ahí en la casa de un isleño, en el portal, hay un viejo tanque argentino, reparado y con una banderita inglesa, como destacando una conquista, pero nada más.

                                   


La gente –la poca que tratamos y en los negocios- se mostró amable, quizás sin saber que entre todo ese malón de extranjeros, como mezclados, estábamos un pequeño grupito de unos treinta argentinos, no más, que nos comportábamos educadamente, porque nuestra imagen por ahí es muy lamentable. Es cierto que los nuestros llegaron en plan guerra, pero ciertamente  debieron comportarse con los isleños como sus verdaderos enemigos, y estos lo padecieron y no lo olvidan. ¡ Se siente en el aire !

Pero si emotivo resultó pisar tierra malvinense, aun mucho más lo fue llegar hasta el lejano cementerio argentino en Darwin, en el otro extremo de la isla,  en donde han sido sepultados los restos de combatientes argentinos, algunos identificados y muchos no. Se trata de un pequeño lugar en donde, en filas ascendentes, se van ubicando sucesivas placas blancas en el suelo, que concluyen en pequeñas cruces, también blancas, todas iguales.


En la parte superior se encuentran los nombres de todos los caídos en combate, inclusive las víctimas del crucero Gral. Belgrano, en grandes placas de granito, en el centro una gran cruz de metal, junto a un pequeño altar en honor a la Virgen de Lujan, y hacia el otro lado otras vitrinas, sin nada dentro. Es tremendo el impacto que se siente al recorrer esas filas de sepulturas de lo que son, en realidad, apenas restos que fueron humanos
                                              



Vándalos que existen en todos los lugares del mundo, recientemente habían ingresado para destruir a los golpes la imagen de la Virgen, así como para despojar a las sepulturas de los pequeños homenajes que recibieran, como ser rosarios y algunas flores, todos los que encontramos a pocos metros, en una zanja cavada ex profeso. Nos dijeron que dejaron un cartel –obviamente en inglés- haciendo saber que cuantas veces volvieran a colocarse esos pequeños homenajes, los volverían a sacar y destruir.

            Con toda paciencia, Anamá y otra señora procedieron a recoger los rosarios para colocarlos nuevamente en algunas de las tumbas. Es que no es posible que a 35 años de la contienda algunos paranoicos no toleren que recordemos con cariño a quienes dieron su vida por esa causa, a la cual –además- en su gran mayoría fue obligado a involucrarse. Ojalá la nueva imagen de la Virgen –que se nos dijo que está en camino- como los rosarios re-instalados en sus sitios, puedan permanecer allí, en símbolo de paz.




Para llegar hasta Darwin recorrimos toda la isla, de este –en Stanley- hasta muy cerca del Canal de San Carlos que separa a las dos grandes islas, por un camino que fue el que inicialmente hicieron nuestros muchachos para esperar la llegada de los ingleses, parapetándose en trincheras improvisadas con piedras, algunas de las cuales aún permanecen intactas, y en donde luego se produjeron las batallas cuyos nombres no nos son ajenos, identificadas con los montes cercanos.

                                                          


El Cerro Kent, los Montes Henry, Two Sisters y Longdom, pasaron frente a nuestros ojos, mientras pensaba que por allí pasaron los nuestros muertos de frío, hambre, temores e incertidumbres; allí aguardaron, expectantes; desde allí los vieron venir, avasallantes y combativos, y allí se defendieron, con hidalguía, muchos hasta dar su vida por esas tierras de las cuales, quizás muy lejanamente habían escuchado hablar. Y allí quedaron o tuvieron que replegarse.

Estuvimos en Gosse Green, ese campo tomado por argentinos que fue el escenario de una larguísima batalla por su reconquista, y que tras ocho horas de intenso combate finalmente cayó en lo que significó prácticamente el comienzo del fin de las luchas porque allí fue –en una de esas casas- donde se firmó la primera rendición. Sin embargo, durante todo el recorrido nuestra sensación fue que está muy pero muy lejana la posibilidad de que algún día esas tierras puedan ser recuperadas.


           


Es que todo allí “huele” a inglés, a país extranjero, y sobre todo no han podido superar el odio recalcitrante que nos tienen a los argentinos. Alemanes, ingleses y franceses se han estado matando entre sí durante gran parte de la primera mitad del siglo XX y sin embargo hoy, esas guerras no han dejado en ellos huella alguna. En cambio aquí es diferente; a 35 años del fin de la guerra el odio se sigue manifestando, hasta en pequeñas actitudes. No somos aceptados, con mucha más intensidad con la que los escoceses o los galeses desprecian a los ingleses, pero aquí lo expresan abiertamente, aun los residentes que no son de aquel origen.

Es muy posible que el poco contacto que los isleños tienen con el mundo sea la causa que los ha llevado a vivir aislados y alejados de todo, transformando a su escasa población del orden de las 3.000 personas en seres de muy poca cultura y eso sin duda influye en su escasa capacidad para efectuar un análisis más maduro de lo ocurrido, como para poder comenzar a transitar caminos diferentes, sin tener que abdicar de sus ideas.

Es que no se explica que por una emergencia médica de alto riesgo se opte por ciudades tan lejanas como son Montevideo o Santiago en Chile para utilizar sus centros médicos de alta complejidad. Tienen un avión listo, noche y día, para hacer esos traslados, y un helicóptero dispuesto a rescatar a quien fuere de cualquier lugar de las islas, cuando a no más de 500 kilómetros la Argentina les ofrece Rio Gallegos, o pocos kilómetros más Comodoro, Bahía Blanca o Mar del Plata. Pero no, orgullosamente los rechazan y arriesgan sus vidas para no ceder en sus convicciones. Para mí todo eso es de gente muy primitiva, de una mentalidad elementalmente pastoril.

En fin; que me gustó haber podido estar allí, apreciar todo con mis propios ojos, recorrer los campos de combate, homenajear a quienes allá cayeron y traerme dos piedritas como para que, simbólicamente, estén siempre sobre mí escritorio, para luego sacar mis propias conclusiones. Creo que “la causa Malvinas” realmente en el mundo ya no interesa ni convence a nadie; existen otros problemas más graves de los cuales ocuparse y el statu-quo actual los tranquiliza; por ende no veo como una alternativa plausible la de su eventual recuperación. Esto –hoy por hoy- se ha transformado más bien en una utopía.