Es muy curioso advertir la semejanza que existe entre las distintas estaciones climáticas de la naturaleza -al menos en esta parte baja del hemisferio sur- y la vida de los hombres. Comenzando, claro está, por la primavera, donde todo brota de la tierra, fértil, y se hace flor y frutos, lo mismo que ocurre con la vida que comienza, en cierta forma de manera semejante, siendo ella misma un fruto, pero a la vez una flor y una semilla presta a germinar en cualquier momento.
( la primavera )
Le sigue el verano, con todo su esplendor; con sus días luminosos y extendidos; con calor; con la alegría que acarrea una vida al aire libre, del mismo modo que ocurre con la vida humana que se disfruta en plenitud. Es el tiempo del desarrollo completo de la personalidad, del crecimiento profesional o laboral, de la generación de una familia propia, de dar frutos, de multiplicarse, en realidad, de vivir, plena e intensamente.
Y un buen día desciende la temperatura; se baja un escalón; los árboles y las plantas comienzan a perder sus hojas y a prepararse para el invierno, que todavía no llega, aunque ya se van acordando los días y estirando las noches, porque se demora la salida del sol. La naturaleza entra entonces como en un silencioso letargo; ya no sopla fuerte el viento, casi vendaval, tan propio de la indómita primavera; ni reina a fuego el sol y el calor agobiante del verano; es como si todo fuera más tranquilo, más manso, más como disfrutado, más sereno, casi sin sobresaltos, con muchísima paz.
( la primavera )
Le sigue el verano, con todo su esplendor; con sus días luminosos y extendidos; con calor; con la alegría que acarrea una vida al aire libre, del mismo modo que ocurre con la vida humana que se disfruta en plenitud. Es el tiempo del desarrollo completo de la personalidad, del crecimiento profesional o laboral, de la generación de una familia propia, de dar frutos, de multiplicarse, en realidad, de vivir, plena e intensamente.
Y un buen día desciende la temperatura; se baja un escalón; los árboles y las plantas comienzan a perder sus hojas y a prepararse para el invierno, que todavía no llega, aunque ya se van acordando los días y estirando las noches, porque se demora la salida del sol. La naturaleza entra entonces como en un silencioso letargo; ya no sopla fuerte el viento, casi vendaval, tan propio de la indómita primavera; ni reina a fuego el sol y el calor agobiante del verano; es como si todo fuera más tranquilo, más manso, más como disfrutado, más sereno, casi sin sobresaltos, con muchísima paz.
No es el invierno en donde pareciera que desaparece la vida; donde el clima es hasta agresivo; donde todo invita al repliegue y al cobijo de una buena manta junto al fuego, con mucha nostalgia de los tiempos idos, de la calidez tan lejana del verano, del sol y de la a luz. El otoño no es así....aun se puede salir a pasear, pera hay que regresar temprano, como también salir -por las mañanas- algo más tarde y caminar más lento; mirando hacia todos lados, afrimandose en lo que uno es y no tanto en lo que quisiera ser y ya se ha ido.
Ya no eran sus problemas, los problemas que llenaron su vida durante la plenitud de su actividad, y que ahora podía mirar como a la distancia porque no le correspondía resolverlos; había delegado el mando en sus dos hijos y, en parte, también en este nieto suyo que pretendía seguirle los pasos.
Años más tarde también ví a mi padre entrar en el otoño de su vida, y que laboralmente se fue apagando lentamente, desde el mismo momento en que debimos abandonar aquel viejo edificio de la calle Cangallo 362 que nos había albergado a varias generaciones de abogados durante casi un siglo. En este caso no pude estar cerca de él durante esa linda etapa de su vida, porque llamado a vivir la propia me alejé hacia el sur, adonde de tanto en tanto se acercaba a visitarnos.
Y aquí sí ocurría -con otros protagonistas- lo mismo que con mu abuelo, ya que mientras yo debía diariamente alejarme a cumplir con mis obligaciones y compromisos profesionales, le veía quedarse en la casa, tranquilo, disfrutando de mis hijos más pequeños que, al igual que me ocurriera a mí muchos años antes, también tuvieron esa dicha inmensa que es poder disfrutar del vínculo entrañable que se establece entre abuelos y nietos.
Pues bien, aquí es donde estoy hoy, comenzando a transitar yo por ese otoño al que uno cree que nunca va a llegar o que está muy lejos, hasta que repentinamente un nombre no viene rápidamente a la memoria, o un tranco que se resiste a hacerse más veloz para evitar que alguien te lleve por delante, te ponen en guardia. Luego, la paulatina reiteración de ese tipo de situaciones, que vas comenzando a aceptar como normales, terminan por ubicarte definitivamente en esta etapa, que no es mala, sino que es simplemente diferente.
Y podes darte el lujo de no despertarte al alba, o al menos si lo haces no es para salir disparando hacia la calle; podes entretenerte con todas aquellas cosas que siempre te fascinaron pero que tantas veces tuviste que postergar; tenes más tiempo; no estas tan obligado a dar respuestas inmediatas, a complacer o a escuchar lo que no tenes tantas ganes de escuchar; podes leer los textos que vos elegís y no tanto los que estas necesitado de buscar; quizás es algo parecido al secundario, pero sin sentir culpas ni tener que dar explicaciones.
Al mismo tiempo te sorprende advertir que tus nietos te miran con un dejo de admiración, semejante al que yo sentía cuando miraba de reojo a mi abuelo, o escuchaba sus consejos; y otro día te das cuenta que les estas contando a tus asombrados nietos, relatos y anécdotas medio olvidadas, de sus padres, tan humanos, traviesos, divertidos y hasta medio haraganes, igual a como son ellos ahora, y que luego -con un guiño tuyo- se guardan en su interior como un secreto solo con vos compartido.
Estamos viviendo un tiempo tranquilo; donde podes escoger lo que queres hacer y con quien queres estar; aunque -claro está- no todo es color de rosas; hay cuidados que respetar porque ya no nos reponemos tan rápido de una comilona, ni son tan fáciles de digerir los tragos que se pueden acumular en una noche, ni que decir de los esfuerzos a los que pretenden obligarnos en un gimnasio jóvenes atletas en plena primavera. También es preciso consultar a los médicos con una mayor frecuencia, y someternos cada tanto a exámenes que raramente habríamos aceptado en tiempos de esplendor.
Pero es fascinante advertir la enorme camaradería que nos hermana a cuantos transitamos por esta etapa otoñal de la vida, hayamos hecho lo que hubiésemos cada uno en tiempos pasados, porque hoy por hoy ya no hay competencias de ninguna naturaleza y solemos escuchar con mucha atención los consejos que nos transmiten experiencias, que nos sirven de mucha y desinteresada ayuda. Es que finalmente estamos entre los nuestros; han terminado las batallas y como un largo tercer tiempo, todos nos juntamos a compartirnos y únicamente a disfrutar.
Ya llegará el crudo invierno, con sus tempestades y crueldades, que con seguridad nos harán refugiarnos en nuestras propias covachas, donde nos guarecerá su calor; pero en tanto ello no ocurra y podamos disfrutar de este sol otoñal que hoy nos calienta el rostro, sigamos caminando, despacio, pero caminando, con la frente bien alta y mirando sin temores hacia el porvenir, porque realmente nos hemos ganado este espacio de paz y disfrute, que bien puede prolongarse durante muchos años más.
( el otoño )
En su momento, hace de esto ya mucho tiempo, compartí algo del otoño de mi abuelo Horacio, antes de que entrara en el invierno de su vida. Eran los tiempos de mis inicios laborales en el Estudio de abogados de mi familia, adonde solía aparecer por allí, algunas tardes, como para no perder una costumbre de años, porque ya no trabajaba activamente. Me había estado pasando la atención de sus ya escasos asuntos y charlábamos un poco de ellos mientras nos fumábamos un puchito -que me robaba- y me trasladaba mucho -muchísimo- de su larga experiencia
.
Eran como chispazos; muy breves contactos, un par de días a la semana, en los que su escritorio, habitualmente vacío, recuperaba su esplendor del pasado, y en el que recibía a viejos clientes, ya transformados en amigos, que simplemente concurrían para charlar con él un rato y disfrutar de su cálida compañía. Yo le miraba desde el cuarto vecino, metido como estaba entre mis papeles y procurando desentrañar los problemas de los cuales estos me hablaban, y sentía como un dejo de envidia, porque le veía conversar plácidamente, ajeno a todo el barullo que a su alrededor se desarrollaba, en ese ambiente de seriedad y estudio, que parecía como resbalarle.Ya no eran sus problemas, los problemas que llenaron su vida durante la plenitud de su actividad, y que ahora podía mirar como a la distancia porque no le correspondía resolverlos; había delegado el mando en sus dos hijos y, en parte, también en este nieto suyo que pretendía seguirle los pasos.
Años más tarde también ví a mi padre entrar en el otoño de su vida, y que laboralmente se fue apagando lentamente, desde el mismo momento en que debimos abandonar aquel viejo edificio de la calle Cangallo 362 que nos había albergado a varias generaciones de abogados durante casi un siglo. En este caso no pude estar cerca de él durante esa linda etapa de su vida, porque llamado a vivir la propia me alejé hacia el sur, adonde de tanto en tanto se acercaba a visitarnos.
Y aquí sí ocurría -con otros protagonistas- lo mismo que con mu abuelo, ya que mientras yo debía diariamente alejarme a cumplir con mis obligaciones y compromisos profesionales, le veía quedarse en la casa, tranquilo, disfrutando de mis hijos más pequeños que, al igual que me ocurriera a mí muchos años antes, también tuvieron esa dicha inmensa que es poder disfrutar del vínculo entrañable que se establece entre abuelos y nietos.
Pues bien, aquí es donde estoy hoy, comenzando a transitar yo por ese otoño al que uno cree que nunca va a llegar o que está muy lejos, hasta que repentinamente un nombre no viene rápidamente a la memoria, o un tranco que se resiste a hacerse más veloz para evitar que alguien te lleve por delante, te ponen en guardia. Luego, la paulatina reiteración de ese tipo de situaciones, que vas comenzando a aceptar como normales, terminan por ubicarte definitivamente en esta etapa, que no es mala, sino que es simplemente diferente.
Y podes darte el lujo de no despertarte al alba, o al menos si lo haces no es para salir disparando hacia la calle; podes entretenerte con todas aquellas cosas que siempre te fascinaron pero que tantas veces tuviste que postergar; tenes más tiempo; no estas tan obligado a dar respuestas inmediatas, a complacer o a escuchar lo que no tenes tantas ganes de escuchar; podes leer los textos que vos elegís y no tanto los que estas necesitado de buscar; quizás es algo parecido al secundario, pero sin sentir culpas ni tener que dar explicaciones.
Al mismo tiempo te sorprende advertir que tus nietos te miran con un dejo de admiración, semejante al que yo sentía cuando miraba de reojo a mi abuelo, o escuchaba sus consejos; y otro día te das cuenta que les estas contando a tus asombrados nietos, relatos y anécdotas medio olvidadas, de sus padres, tan humanos, traviesos, divertidos y hasta medio haraganes, igual a como son ellos ahora, y que luego -con un guiño tuyo- se guardan en su interior como un secreto solo con vos compartido.
Estamos viviendo un tiempo tranquilo; donde podes escoger lo que queres hacer y con quien queres estar; aunque -claro está- no todo es color de rosas; hay cuidados que respetar porque ya no nos reponemos tan rápido de una comilona, ni son tan fáciles de digerir los tragos que se pueden acumular en una noche, ni que decir de los esfuerzos a los que pretenden obligarnos en un gimnasio jóvenes atletas en plena primavera. También es preciso consultar a los médicos con una mayor frecuencia, y someternos cada tanto a exámenes que raramente habríamos aceptado en tiempos de esplendor.
Pero es fascinante advertir la enorme camaradería que nos hermana a cuantos transitamos por esta etapa otoñal de la vida, hayamos hecho lo que hubiésemos cada uno en tiempos pasados, porque hoy por hoy ya no hay competencias de ninguna naturaleza y solemos escuchar con mucha atención los consejos que nos transmiten experiencias, que nos sirven de mucha y desinteresada ayuda. Es que finalmente estamos entre los nuestros; han terminado las batallas y como un largo tercer tiempo, todos nos juntamos a compartirnos y únicamente a disfrutar.
Ya llegará el crudo invierno, con sus tempestades y crueldades, que con seguridad nos harán refugiarnos en nuestras propias covachas, donde nos guarecerá su calor; pero en tanto ello no ocurra y podamos disfrutar de este sol otoñal que hoy nos calienta el rostro, sigamos caminando, despacio, pero caminando, con la frente bien alta y mirando sin temores hacia el porvenir, porque realmente nos hemos ganado este espacio de paz y disfrute, que bien puede prolongarse durante muchos años más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario