Corre el año 2020 y en todo el mundo estamos atrapados por este coronavirus que nos tiene a todos aterrados, sobre todo a la población mayor, llamada "de alto riesgo". Y así, de la noche a la mañana, los viejos hemos comenzado a ser sujetos de todo tipo de cuidados especiales, sobre todo para no alterar las estadísticas por las que cada país compite para resguardar sus trágicos datos de la mirada de los otros, no vaya a ser que les desequilibremos el promedio.
Asi es como hoy, en algunas ciudades no solo se nos ha impedido salir a la calle sin permiso, sino que -como en la mía- lisa y llanamente, haciendo un abuso intolerable sobre la libertad de las personas, no nos dejan salir a la calle bajo ninguna circunstancia, ni siquiera para salir a hacer una compra al almacén o a la farmacia; los niños de ayer se vengan así de los viejos de hoy poniéndonos penitencias en su momento reservadas a ellos. No digo que estén mal los cuidados; sería un necio; pero me parece que atropellar hasta esos extremos nuestro discernimiento, como si fuésemos unos bobos o personas incapaces de resolver por nosotros mismos, y además generalizarlo a toda una enorme población que hoy constituimos los viejos, no solo me parece una tremenda estupidez sino además una enorme injusticia.
Es que nosotros somos los primeros en querer resguardarnos y apelar a todos los medios y remedios posible para evitar contraer una enfermedad que sabemos que para una gran mayoría de nosotros será letal. Estamos asustados, o para no hablar en nombre de otros, yo estoy muy asustado, no tanto por la gripe con nombre propio que este año nos visita, sino por todas las patologías anteriores con las que cargo y que, cuidadosamente, vengo atendiendo con muchísima atención desde hace muchos años.
Presión arterial alta, diabetes, colesterol, insipiente Epoc y alguna que otra cosita, bien controladas y medicadas, algunas desde hace más de 30/35 años, pueden terminar conmigo en un par de días si se juntan un rato con el famoso Covit-19 cuya aparente gravedad radica en agravar superlatívamente aquellas deficiencias que vengo arrastrando por años, impidiendo que los fármacos que me mantienen en pie desde hace años, cumplan su objetivo de resguardarme.
Es increíble, entonces, que todos los avances científicos que hoy en día nos permiten a los viejos seguir disfrutando de una vida normal, de repente pierdan su mágica aptitud de mantenernos con vida para inclinarse ante un pequeño microbio que tire por la borda tantos años de impecable labor médica y farmaceutica. Si hasta uno se podría poner a pensar si no ha sido adrede!!
Es cierto que, cada tantos ciclos, estas epidemias generales se ocupan de diezmar a determinados tipos de individuos; recuerdo bien la epidemia de poliomielitis que padeció la población infantil allá por los 50, que obligó a suspender el inicio de las clases como hasta el mes de abril; también que muchas veces son zonas o lugares determinados los más propicios para el desarrollo de estas epidemias, y siendo así, no puedo rechazar la idea que alguna vez nos debería tocar a nosotros, los mayores.
Por eso es que estoy asustado; no por no cuidarme o descuidarme sino por el contagio involuntario que podría terminar conmigo en 48 hs. Siempre he pensado que a las personas que van a morir -salvo algún accidente- se les permite como un cierto espacio de preparación que, en el caso de enfermedades terminales, es casi inevitable que no lo utilicen. En el caso de un accidente -lo experimenté hace unos años- hay como un pequeño intervalo, muy breve, durante el cual uno puede arreglar sus pendientes, siquiera con la intención.
Pero esta situación ambigua por la que hoy estoy atravesando me causa una especie de angustia que no puedo manejar porque sé que estoy sano, pero que en cualquier momento puedo dejar de estarlo. Es como vivir caminando por una especie de cornisa con el riesgo de caer en el vacío en cualquier momento . Muy difícil de expresarlo, por otra parte, porque como uno está bien, y así nos ven los demás, es hasta absurdo transmitir que uno tiene miedo, pero es así.
Y además, como uno tampoco le quiere transmitir a sus seres queridos su propia angustia, no me queda otra alternativa que venir a refugiarme en este blog de relatos por lo menos para sacarme de adentro todo esto que hoy estoy sintiendo.
Pensaba anoche en el abuelo de mi abuelo materno, el Dr. Adolfo Korn, médico rural que ejerció su profesión en San Vicente a finales del siglo XVIII. Es que durante la epidemia de la fiebre amarilla que azoló a Bs. As. allá por 1871 integró la Comisión Popular que se constituyó para combatirla y por ahí andaba, de casa en casa, haciendo lo que se podía para combatir la epidemia.
Su heroico comportamiento de entonces le valió recibir de propias manos del Presidente Sarmiento una cruz medalla de plata, a la manera de la Cruz de Hierro francesa que se entrega a los combatientes de guerra, como aquí solo volvió a suceder con los ex-combatientes de Malvinas, y que hoy la guardo aquí, a mis espaldas, como una reliquia. Y pensaba en él porque al mismo tiempo que refrescaba aquella historia, le pedía que, desde el lugar en donde sea que estuviese, me transmitiera algo de su fortaleza de entonces, no solo para poder alejar de mí esta sensación angustiosa que hoy padezco, sino para que si llegara el caso de tener que padecer del virus, poder con serenidad entregar mi vida -plenamente vivida, por otra parte- con total serenidad.