Hace un par de días tuvimos que ayudarte a descansar, definitivamente, después de tanto sufrimiento, provocado por dolores muy intensos que los calmantes diarios no lograban tan siquiera atenuar. No obstante, sé que te quedaras con nosotros no solo porque tu cuerpo se integrará al jardín, sino porque los recuerdos de tantos años compartidos hará que te tengamos presente en forma permanente.
Aquí llegaste, una templada madrugada de la primavera de hace por lo menos quince años, junto a otros once cachorros más que la buena de Laila fue pariendo con una gran normalidad y mucho cuidado. Después de algunas semanas y cuando ese enjambre de bolitas negras comenzaban a ocupar todos los espacios, tus hermanos poco a poco comenzaron a marcharse, hasta que finalmente quedaste sola, pero en compañía de tu madre con la que a partir de entonces se integraron de tal forma que era imposible buscar a una sin encontrarse con la otra.
Por aquellos días nuestro barrio estaba totalmente despoblado de habitantes y no existía límite alguno que a ustedes les impidiera usufructuar de un inmenso parque de cinco hectáreas, que únicamente compartían con varios teros, un par de buhos y ocasionales gallinaceas y abutardas que venían a chapusear cuando el manteo del riego cubría toda esa superficie.
Yo las veía disfrutar, corriendo a los pájaros, metiéndose en los canalitos, o simplemente ladrando a todos quienes osaran adentrarse en nuestro mundo silencioso, solo interrumpido cada tanto por la ruidosa y veloz camioneta del cuidador cuando entraba o salía, invariablemente perseguida por ustedes dos como si adivinaran que al volante venía un verdugo, que finalmente cumplió con su lógica incomprensible y quebró tu cadera impidiendo que tu vida, desde entonces, pudiera seguir su curso natural, a pesar de las dos intervenciones que debieron hacerte.
Las caderas, vieja amiga, siempre han sido un dolor de cabeza para todas las razas ovejeras, y allí concluyeron tus expectativas maternales porque el peso propio de un embarazo tornaba peligrosa tu subsistencia, y asi, una vez recuperada continuo tu vida como siempre, acompañando a tu madre por esas correrías que, ahora sí, comenzaron a limitarse por imperio del crecimiento barrial, hasta quedar circunscripta a la extensión de nuestro jardín, por entonces también compartido con esa otra perrita pequeña a la cual, además, tenían que tolerarle que pudiera tener acceso al interior de la casa.
Fue durante esos largos años que conquistaste nuestro cariño, y el de todos aquellos que se acercaban a la casa, aun cuando tu inmenso tamaño amedrentara a más de alguno, ignorante de tu enorme bondad y de tu gran cariño, sobre todo para con los niños. Era increíble verte acariciar por esas pequeñas criaturitas, a las que dejabas hacer de la misma manera que disfrutabas de nuestras caricias, cuando te acercabas a nosotros en busca de un poco de atención, con el que te conformabas.
Luego partió tu madre, una tarde tan triste como la de hace dos días y desde el mismo lugar, para quedarte huérfana de compañía, pero no de cariño que se multiplicó por dos, mientras poco a poco comenzabas a envejecer, o a cansarte más rápido, lo que compensabas con largas, larguísimas siestas al sol y tus incansables ladridos a los perros que, desobedientes, circulaban por las calles del barrio y hasta osaban venir a chumbarte a la puerta de rejas porque sabían que no la podrías sortear. Más de una vez estuve tentado de abrirla y dejarte salir corriendo detrás de ellos, para escarmentarlos.
Te recuerdo, Facha, aturdida y asustada para las fiestas de fin de año, con esa interminable seguidilla de petardos que aturdían no solo tus delicados oídos perrunos sino toda tu estabilidad, y utilizabas de tu argucia para lograr esconderte dentro de la casa, sabiendo que junto a nosotros tendrías un refugio seguro en donde nada podría hacerte mal; también te recuerdo, pícara, cuando aprovechando de alguna puerta abierta te metías en la cocina para comerte la comida de la pausada comensal que siempre ha sido Fusa, y que se limitaba solo a ladrarte, mostrando gran respeto por tu tamaño y por su vida, aun cuando hubieses sido incapaz de hacerle algún daño.
Te recuerdo en los veranos, jugando cerca de la pileta pero cuidadosamente lejos del agua, limitándote a una vigilancia sobre niños y grandes, quizás sin comprender que nuestros gustos, en ese sentido, eran tan distintos de los tuyos; y te recuerdo en esas noches con visitas, cuando debíamos atarte porque tu sola presencia atemorizaba a nuestros invitados, que ignoraban que únicamente tus deseos eran los de compartir un momento con ellos;
Tambien te recuerdo atenta a la parrilla, cuando trabajaba en ella y un olorcito muy agradable acariciaba tu hocico, presta a saltar en procura de alguna pieza, recién una vez que me hubiese retirado de allí con las primeras cocciones, como considerando que ese era el límite de tu obligado respeto y que a partir de entonces lo que quedaba debía ser compartido. Las broncas que me habré comido mientras te veía, muy tranquila, disfrutar de un buen trozo de costillas, hasta que llegamos a algún acuerdo y comenzaste a respetar mis indicaciones, a los gritos, para compensarte un rato más tarde con todos los restos, mientras nos dejaron.
Finalmente, querida amiga, te recuerdo con tu caminar tan cansino, producto de un cuerpo cansado y dolido al que inclusive debimos despojar de tu mayor orgullo, ese pelo tan negro como tupido, porque ya no soportabas de su peso que superaba los 10 kilos, y quedaste hecha otro perro, flacucho y encorvado, pero con esa misma cabeza altiva y de ojos brillantes que siempre fue como tu característica. No eras vos, externamente, pero en tu interior seguía latiendo ese ser tan generoso y entregado, sobre todo a los niños, que nunca abandonaste, ni en los peores momentos de dolor, que fueron tantos.
Y un día no pudimos retenerte más porque ya tus quejas eran alaridos que imploraban compasión; primero dejaste de caminar y te echaste allí, cerquita del lugar en donde dormías en las noches de frío, como recordando un refugio; luego de dejaste de comer y cada vez duraban más tus platos con agua; pero seguías levantando tu cabeza, nuevamente cubierta de ese pelambre negro, cada vez que pasábamos cerca, hasta que inclusive dejaste de hacerlo, convirtiendo tus días y tus noches en un largo lamento que nos resultaba insoportable de escuchar.
Quisimos que te fueras así, en un respetuoso silencio, sin la presencia de chicos y no tan chicos que compartieron tu vida, para que les quedara un recuerdo vivo de tu presencia, porque esa que se despedía de nosotros ya no eras vos. Y te quedaste dormida, mientras yo te acariciaba la cabeza, como tantas mañanas de sábado que venías a buscar mis manos mientras leía al sol, para que no temieras, para que pudieses morir en paz, sin angustias, ya que eso era lo mínimo que podía darte después de tantos años de fidelidad y cariñosa compañía
Hasta siempre, fiel amiga!. Aqui en casa se sigue escuchando ladridos; quizas son de perros que tambien te extrañan.
Por aquellos días nuestro barrio estaba totalmente despoblado de habitantes y no existía límite alguno que a ustedes les impidiera usufructuar de un inmenso parque de cinco hectáreas, que únicamente compartían con varios teros, un par de buhos y ocasionales gallinaceas y abutardas que venían a chapusear cuando el manteo del riego cubría toda esa superficie.
Yo las veía disfrutar, corriendo a los pájaros, metiéndose en los canalitos, o simplemente ladrando a todos quienes osaran adentrarse en nuestro mundo silencioso, solo interrumpido cada tanto por la ruidosa y veloz camioneta del cuidador cuando entraba o salía, invariablemente perseguida por ustedes dos como si adivinaran que al volante venía un verdugo, que finalmente cumplió con su lógica incomprensible y quebró tu cadera impidiendo que tu vida, desde entonces, pudiera seguir su curso natural, a pesar de las dos intervenciones que debieron hacerte.
Las caderas, vieja amiga, siempre han sido un dolor de cabeza para todas las razas ovejeras, y allí concluyeron tus expectativas maternales porque el peso propio de un embarazo tornaba peligrosa tu subsistencia, y asi, una vez recuperada continuo tu vida como siempre, acompañando a tu madre por esas correrías que, ahora sí, comenzaron a limitarse por imperio del crecimiento barrial, hasta quedar circunscripta a la extensión de nuestro jardín, por entonces también compartido con esa otra perrita pequeña a la cual, además, tenían que tolerarle que pudiera tener acceso al interior de la casa.
Fue durante esos largos años que conquistaste nuestro cariño, y el de todos aquellos que se acercaban a la casa, aun cuando tu inmenso tamaño amedrentara a más de alguno, ignorante de tu enorme bondad y de tu gran cariño, sobre todo para con los niños. Era increíble verte acariciar por esas pequeñas criaturitas, a las que dejabas hacer de la misma manera que disfrutabas de nuestras caricias, cuando te acercabas a nosotros en busca de un poco de atención, con el que te conformabas.
Luego partió tu madre, una tarde tan triste como la de hace dos días y desde el mismo lugar, para quedarte huérfana de compañía, pero no de cariño que se multiplicó por dos, mientras poco a poco comenzabas a envejecer, o a cansarte más rápido, lo que compensabas con largas, larguísimas siestas al sol y tus incansables ladridos a los perros que, desobedientes, circulaban por las calles del barrio y hasta osaban venir a chumbarte a la puerta de rejas porque sabían que no la podrías sortear. Más de una vez estuve tentado de abrirla y dejarte salir corriendo detrás de ellos, para escarmentarlos.
Te recuerdo, Facha, aturdida y asustada para las fiestas de fin de año, con esa interminable seguidilla de petardos que aturdían no solo tus delicados oídos perrunos sino toda tu estabilidad, y utilizabas de tu argucia para lograr esconderte dentro de la casa, sabiendo que junto a nosotros tendrías un refugio seguro en donde nada podría hacerte mal; también te recuerdo, pícara, cuando aprovechando de alguna puerta abierta te metías en la cocina para comerte la comida de la pausada comensal que siempre ha sido Fusa, y que se limitaba solo a ladrarte, mostrando gran respeto por tu tamaño y por su vida, aun cuando hubieses sido incapaz de hacerle algún daño.
Te recuerdo en los veranos, jugando cerca de la pileta pero cuidadosamente lejos del agua, limitándote a una vigilancia sobre niños y grandes, quizás sin comprender que nuestros gustos, en ese sentido, eran tan distintos de los tuyos; y te recuerdo en esas noches con visitas, cuando debíamos atarte porque tu sola presencia atemorizaba a nuestros invitados, que ignoraban que únicamente tus deseos eran los de compartir un momento con ellos;
Tambien te recuerdo atenta a la parrilla, cuando trabajaba en ella y un olorcito muy agradable acariciaba tu hocico, presta a saltar en procura de alguna pieza, recién una vez que me hubiese retirado de allí con las primeras cocciones, como considerando que ese era el límite de tu obligado respeto y que a partir de entonces lo que quedaba debía ser compartido. Las broncas que me habré comido mientras te veía, muy tranquila, disfrutar de un buen trozo de costillas, hasta que llegamos a algún acuerdo y comenzaste a respetar mis indicaciones, a los gritos, para compensarte un rato más tarde con todos los restos, mientras nos dejaron.
Finalmente, querida amiga, te recuerdo con tu caminar tan cansino, producto de un cuerpo cansado y dolido al que inclusive debimos despojar de tu mayor orgullo, ese pelo tan negro como tupido, porque ya no soportabas de su peso que superaba los 10 kilos, y quedaste hecha otro perro, flacucho y encorvado, pero con esa misma cabeza altiva y de ojos brillantes que siempre fue como tu característica. No eras vos, externamente, pero en tu interior seguía latiendo ese ser tan generoso y entregado, sobre todo a los niños, que nunca abandonaste, ni en los peores momentos de dolor, que fueron tantos.
Y un día no pudimos retenerte más porque ya tus quejas eran alaridos que imploraban compasión; primero dejaste de caminar y te echaste allí, cerquita del lugar en donde dormías en las noches de frío, como recordando un refugio; luego de dejaste de comer y cada vez duraban más tus platos con agua; pero seguías levantando tu cabeza, nuevamente cubierta de ese pelambre negro, cada vez que pasábamos cerca, hasta que inclusive dejaste de hacerlo, convirtiendo tus días y tus noches en un largo lamento que nos resultaba insoportable de escuchar.
Quisimos que te fueras así, en un respetuoso silencio, sin la presencia de chicos y no tan chicos que compartieron tu vida, para que les quedara un recuerdo vivo de tu presencia, porque esa que se despedía de nosotros ya no eras vos. Y te quedaste dormida, mientras yo te acariciaba la cabeza, como tantas mañanas de sábado que venías a buscar mis manos mientras leía al sol, para que no temieras, para que pudieses morir en paz, sin angustias, ya que eso era lo mínimo que podía darte después de tantos años de fidelidad y cariñosa compañía
Hasta siempre, fiel amiga!. Aqui en casa se sigue escuchando ladridos; quizas son de perros que tambien te extrañan.
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