miércoles, 2 de agosto de 2017

Las Islas Malvinas



                                                                    



            Y una mañana de febrero, desembarque en las Malvinas. ¡ Que emoción! Recuerdo que desde niño me atrajo la historia de su pertenencia argentina, a pesar de su “temporaria” ocupación británica, que en la escuela primaria nos explicaban con una convicción que finalmente se nos hizo propia. Pasaron desde entonces muchos años, alrededor de treinta, y un buen día de abril nos despertamos con la tremenda noticia de que las islas habían sido recuperadas.

            No soy de los arrepentidos de esa decisión, aun cuando reconozco que con el correr de los años hemos ido conociendo que la misma fue una gran improvisación, porque así no se programan las grandes gestas en el mundo serio y menos cuando se debe enfrentar a una gran potencia militar, como siempre lo han sido los británicos.

Sin embargo, en aquel ya lejano 2 de abril de hace 35 años no nos esperábamos el tremendo papelón al que nos estaban llevando los militares, orgullosos y prepotentes, que se habían apropiado del poder en la Argentina por la fuerza y que, finalmente, lo único que estaban procurando con esa –para ellos-  “simple aventura” era lograr una adhesión popular de la que carecían,  que les permitiera perpetuarse en el poder

            Estábamos –una inmensa mayoría- felices con lo actuado y, además, convencidos, que el mundo no solo nos comprendería sino que, además, nos daría la razón. Y entonces salimos eufóricos a festejar en un cálido ambiente de compartida felicidad ciudadana que a todos nos unía, sin vallas, sin barreras, sin esas distinciones odiosas que desde siempre nos han separado.

Y ese fervor ciudadano se prolongó durante poco más de 70 días, solo compartido por la simultanea visita del Papa Juan Pablo II, que en realidad venía a comunicar a las autoridades políticas y militares que el mundo “occidental y civilizado”, de la mano de la Primera Ministra Británica,  estaba dispuesto no solo a recuperar las islas sino a permitir que nos destruyeran y aniquilaran como país por haber tenido la osadía de enfrentarlos, bombardeando Buenos Aires y otras grandes ciudades..

Asi fue como termino la “bravata”, junto al consiguiente desprestigio militar que, por ende, a raíz de ese fracaso debió comenzar a planear su retirada del poder, en lo que fue una consecuencia no prevista por ellos pero que finalmente nos permitió comenzar a disfrutar de una vida democrática, con todo lo bueno y lo malo que ello implica, pero al menos por decisiones compartidas por la mayoría y no por un grupito de inspirados.

Pero ello no significaba que, en mi interior, no siguiera latiendo esa como semillita sembrada en aquellos lejanos años de la escuela primaria, de llegar algún día a poder pisar esas tierras irredentas, y ayer a la mañana, finalmente, logre concretar ese sueño al desembarcar en lo que hoy se denomina Puerto Stanley, y que es la capital de las islas que, durante 72 días se denominó Puerto Argentino.
                                                          


La ciudad es muy pequeña, unas cuantas calles que corren paralelas al mar y, hacia arriba no más de otra docena. Casas bajas, pintadas de colores, pequeñas, vale decir que allí no hay nada suntuario, ni las iglesias –anglicana y católica- ni la casa del gobernador y ni siquiera el hotel Malvina, la única referencia a ese nombre que encontramos en toda la isla que, por supuesto, es y, así es como se llaman, las Falkland.

Pero estar allí era la novedad, poder caminar por la Ross Road, esa emblemática calle principal, una especie de costanera por donde en su momento vimos desfilar a nuestros soldados e izar la bandera al llegar, y setenta días después, totalmente  destruidos, entregar sus armas y ser tomados prisioneros. Hoy, en la ciudad no se advierten muestras de aquellos días trágicos; por ahí en la casa de un isleño, en el portal, hay un viejo tanque argentino, reparado y con una banderita inglesa, como destacando una conquista, pero nada más.

                                   


La gente –la poca que tratamos y en los negocios- se mostró amable, quizás sin saber que entre todo ese malón de extranjeros, como mezclados, estábamos un pequeño grupito de unos treinta argentinos, no más, que nos comportábamos educadamente, porque nuestra imagen por ahí es muy lamentable. Es cierto que los nuestros llegaron en plan guerra, pero ciertamente  debieron comportarse con los isleños como sus verdaderos enemigos, y estos lo padecieron y no lo olvidan. ¡ Se siente en el aire !

Pero si emotivo resultó pisar tierra malvinense, aun mucho más lo fue llegar hasta el lejano cementerio argentino en Darwin, en el otro extremo de la isla,  en donde han sido sepultados los restos de combatientes argentinos, algunos identificados y muchos no. Se trata de un pequeño lugar en donde, en filas ascendentes, se van ubicando sucesivas placas blancas en el suelo, que concluyen en pequeñas cruces, también blancas, todas iguales.


En la parte superior se encuentran los nombres de todos los caídos en combate, inclusive las víctimas del crucero Gral. Belgrano, en grandes placas de granito, en el centro una gran cruz de metal, junto a un pequeño altar en honor a la Virgen de Lujan, y hacia el otro lado otras vitrinas, sin nada dentro. Es tremendo el impacto que se siente al recorrer esas filas de sepulturas de lo que son, en realidad, apenas restos que fueron humanos
                                              



Vándalos que existen en todos los lugares del mundo, recientemente habían ingresado para destruir a los golpes la imagen de la Virgen, así como para despojar a las sepulturas de los pequeños homenajes que recibieran, como ser rosarios y algunas flores, todos los que encontramos a pocos metros, en una zanja cavada ex profeso. Nos dijeron que dejaron un cartel –obviamente en inglés- haciendo saber que cuantas veces volvieran a colocarse esos pequeños homenajes, los volverían a sacar y destruir.

            Con toda paciencia, Anamá y otra señora procedieron a recoger los rosarios para colocarlos nuevamente en algunas de las tumbas. Es que no es posible que a 35 años de la contienda algunos paranoicos no toleren que recordemos con cariño a quienes dieron su vida por esa causa, a la cual –además- en su gran mayoría fue obligado a involucrarse. Ojalá la nueva imagen de la Virgen –que se nos dijo que está en camino- como los rosarios re-instalados en sus sitios, puedan permanecer allí, en símbolo de paz.




Para llegar hasta Darwin recorrimos toda la isla, de este –en Stanley- hasta muy cerca del Canal de San Carlos que separa a las dos grandes islas, por un camino que fue el que inicialmente hicieron nuestros muchachos para esperar la llegada de los ingleses, parapetándose en trincheras improvisadas con piedras, algunas de las cuales aún permanecen intactas, y en donde luego se produjeron las batallas cuyos nombres no nos son ajenos, identificadas con los montes cercanos.

                                                          


El Cerro Kent, los Montes Henry, Two Sisters y Longdom, pasaron frente a nuestros ojos, mientras pensaba que por allí pasaron los nuestros muertos de frío, hambre, temores e incertidumbres; allí aguardaron, expectantes; desde allí los vieron venir, avasallantes y combativos, y allí se defendieron, con hidalguía, muchos hasta dar su vida por esas tierras de las cuales, quizás muy lejanamente habían escuchado hablar. Y allí quedaron o tuvieron que replegarse.

Estuvimos en Gosse Green, ese campo tomado por argentinos que fue el escenario de una larguísima batalla por su reconquista, y que tras ocho horas de intenso combate finalmente cayó en lo que significó prácticamente el comienzo del fin de las luchas porque allí fue –en una de esas casas- donde se firmó la primera rendición. Sin embargo, durante todo el recorrido nuestra sensación fue que está muy pero muy lejana la posibilidad de que algún día esas tierras puedan ser recuperadas.


           


Es que todo allí “huele” a inglés, a país extranjero, y sobre todo no han podido superar el odio recalcitrante que nos tienen a los argentinos. Alemanes, ingleses y franceses se han estado matando entre sí durante gran parte de la primera mitad del siglo XX y sin embargo hoy, esas guerras no han dejado en ellos huella alguna. En cambio aquí es diferente; a 35 años del fin de la guerra el odio se sigue manifestando, hasta en pequeñas actitudes. No somos aceptados, con mucha más intensidad con la que los escoceses o los galeses desprecian a los ingleses, pero aquí lo expresan abiertamente, aun los residentes que no son de aquel origen.

Es muy posible que el poco contacto que los isleños tienen con el mundo sea la causa que los ha llevado a vivir aislados y alejados de todo, transformando a su escasa población del orden de las 3.000 personas en seres de muy poca cultura y eso sin duda influye en su escasa capacidad para efectuar un análisis más maduro de lo ocurrido, como para poder comenzar a transitar caminos diferentes, sin tener que abdicar de sus ideas.

Es que no se explica que por una emergencia médica de alto riesgo se opte por ciudades tan lejanas como son Montevideo o Santiago en Chile para utilizar sus centros médicos de alta complejidad. Tienen un avión listo, noche y día, para hacer esos traslados, y un helicóptero dispuesto a rescatar a quien fuere de cualquier lugar de las islas, cuando a no más de 500 kilómetros la Argentina les ofrece Rio Gallegos, o pocos kilómetros más Comodoro, Bahía Blanca o Mar del Plata. Pero no, orgullosamente los rechazan y arriesgan sus vidas para no ceder en sus convicciones. Para mí todo eso es de gente muy primitiva, de una mentalidad elementalmente pastoril.

En fin; que me gustó haber podido estar allí, apreciar todo con mis propios ojos, recorrer los campos de combate, homenajear a quienes allá cayeron y traerme dos piedritas como para que, simbólicamente, estén siempre sobre mí escritorio, para luego sacar mis propias conclusiones. Creo que “la causa Malvinas” realmente en el mundo ya no interesa ni convence a nadie; existen otros problemas más graves de los cuales ocuparse y el statu-quo actual los tranquiliza; por ende no veo como una alternativa plausible la de su eventual recuperación. Esto –hoy por hoy- se ha transformado más bien en una utopía.

                                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario