Y
una mañana de febrero, desembarque en las Malvinas. ¡ Que emoción! Recuerdo que
desde niño me atrajo la historia de su pertenencia argentina, a pesar de su
“temporaria” ocupación británica, que en la escuela primaria nos explicaban con
una convicción que finalmente se nos hizo propia. Pasaron desde entonces muchos
años, alrededor de treinta, y un buen día de abril nos despertamos con la
tremenda noticia de que las islas habían sido recuperadas.
No
soy de los arrepentidos de esa decisión, aun cuando reconozco que con el correr
de los años hemos ido conociendo que la misma fue una gran improvisación,
porque así no se programan las grandes gestas en el mundo serio y menos cuando
se debe enfrentar a una gran potencia militar, como siempre lo han sido los
británicos.
Sin embargo, en aquel
ya lejano 2 de abril de hace 35 años no nos esperábamos el tremendo papelón al
que nos estaban llevando los militares, orgullosos y prepotentes, que se habían
apropiado del poder en la Argentina por la fuerza y que, finalmente, lo único
que estaban procurando con esa –para ellos- “simple aventura” era lograr una adhesión
popular de la que carecían, que les
permitiera perpetuarse en el poder
Estábamos
–una inmensa mayoría- felices con lo actuado y, además, convencidos, que el
mundo no solo nos comprendería sino que, además, nos daría la razón. Y entonces
salimos eufóricos a festejar en un cálido ambiente de compartida felicidad
ciudadana que a todos nos unía, sin vallas, sin barreras, sin esas distinciones
odiosas que desde siempre nos han separado.
Y ese fervor
ciudadano se prolongó durante poco más de 70 días, solo compartido por la
simultanea visita del Papa Juan Pablo II, que en realidad venía a comunicar a
las autoridades políticas y militares que el mundo “occidental y civilizado”,
de la mano de la Primera Ministra Británica,
estaba dispuesto no solo a recuperar las islas sino a permitir que nos
destruyeran y aniquilaran como país por haber tenido la osadía de enfrentarlos,
bombardeando Buenos Aires y otras grandes ciudades..
Asi fue como termino
la “bravata”, junto al consiguiente desprestigio militar que, por ende, a raíz
de ese fracaso debió comenzar a planear su retirada del poder, en lo que fue
una consecuencia no prevista por ellos pero que finalmente nos permitió
comenzar a disfrutar de una vida democrática, con todo lo bueno y lo malo que
ello implica, pero al menos por decisiones compartidas por la mayoría y no por
un grupito de inspirados.
Pero ello no
significaba que, en mi interior, no siguiera latiendo esa como semillita
sembrada en aquellos lejanos años de la escuela primaria, de llegar algún día a
poder pisar esas tierras irredentas, y ayer a la mañana, finalmente, logre
concretar ese sueño al desembarcar en lo que hoy se denomina Puerto Stanley, y
que es la capital de las islas que, durante 72 días se denominó Puerto Argentino.
La ciudad es muy
pequeña, unas cuantas calles que corren paralelas al mar y, hacia arriba no más
de otra docena. Casas bajas, pintadas de colores, pequeñas, vale decir que allí
no hay nada suntuario, ni las iglesias –anglicana y católica- ni la casa del
gobernador y ni siquiera el hotel Malvina, la única referencia a ese nombre que
encontramos en toda la isla que, por supuesto, es y, así es como se llaman, las
Falkland.
Pero estar allí era
la novedad, poder caminar por la Ross Road, esa emblemática calle principal,
una especie de costanera por donde en su momento vimos desfilar a nuestros
soldados e izar la bandera al llegar, y setenta días después, totalmente destruidos, entregar sus armas y ser tomados
prisioneros. Hoy, en la ciudad no se advierten muestras de aquellos días
trágicos; por ahí en la casa de un isleño, en el portal, hay un viejo tanque
argentino, reparado y con una banderita inglesa, como destacando una conquista,
pero nada más.

La gente –la poca que
tratamos y en los negocios- se mostró amable, quizás sin saber que entre todo
ese malón de extranjeros, como mezclados, estábamos un pequeño grupito de unos
treinta argentinos, no más, que nos comportábamos educadamente, porque nuestra
imagen por ahí es muy lamentable. Es cierto que los nuestros llegaron en plan
guerra, pero ciertamente debieron comportarse
con los isleños como sus verdaderos enemigos, y estos lo padecieron y no lo
olvidan. ¡ Se siente en el aire !
Pero si emotivo
resultó pisar tierra malvinense, aun mucho más lo fue llegar hasta el lejano
cementerio argentino en Darwin, en el otro extremo de la isla, en donde han sido sepultados los restos de
combatientes argentinos, algunos identificados y muchos no. Se trata de un
pequeño lugar en donde, en filas ascendentes, se van ubicando sucesivas placas
blancas en el suelo, que concluyen en pequeñas cruces, también blancas, todas
iguales.
En la parte superior
se encuentran los nombres de todos los caídos en combate, inclusive las
víctimas del crucero Gral. Belgrano, en grandes placas de granito, en el centro
una gran cruz de metal, junto a un pequeño altar en honor a la Virgen de Lujan,
y hacia el otro lado otras vitrinas, sin nada dentro. Es tremendo el impacto
que se siente al recorrer esas filas de sepulturas de lo que son, en realidad,
apenas restos que fueron humanos

Vándalos que existen
en todos los lugares del mundo, recientemente habían ingresado para destruir a
los golpes la imagen de la Virgen, así como para despojar a las sepulturas de
los pequeños homenajes que recibieran, como ser rosarios y algunas flores, todos
los que encontramos a pocos metros, en una zanja cavada ex profeso. Nos dijeron
que dejaron un cartel –obviamente en inglés- haciendo saber que cuantas veces
volvieran a colocarse esos pequeños homenajes, los volverían a sacar y
destruir.
Con
toda paciencia, Anamá y otra señora procedieron a recoger los rosarios para
colocarlos nuevamente en algunas de las tumbas. Es que no es posible que a 35
años de la contienda algunos paranoicos no toleren que recordemos con cariño a
quienes dieron su vida por esa causa, a la cual –además- en su gran mayoría fue
obligado a involucrarse. Ojalá la nueva imagen de la Virgen –que se nos dijo
que está en camino- como los rosarios re-instalados en sus sitios, puedan
permanecer allí, en símbolo de paz.

Para llegar hasta
Darwin recorrimos toda la isla, de este –en Stanley- hasta muy cerca del Canal
de San Carlos que separa a las dos grandes islas, por un camino que fue el que
inicialmente hicieron nuestros muchachos para esperar la llegada de los
ingleses, parapetándose en trincheras improvisadas con piedras, algunas de las
cuales aún permanecen intactas, y en donde luego se produjeron las batallas
cuyos nombres no nos son ajenos, identificadas con los montes cercanos.

El Cerro Kent, los
Montes Henry, Two Sisters y Longdom, pasaron frente a nuestros ojos, mientras
pensaba que por allí pasaron los nuestros muertos de frío, hambre, temores e
incertidumbres; allí aguardaron, expectantes; desde allí los vieron venir,
avasallantes y combativos, y allí se defendieron, con hidalguía, muchos hasta
dar su vida por esas tierras de las cuales, quizás muy lejanamente habían
escuchado hablar. Y allí quedaron o tuvieron que replegarse.
Estuvimos en Gosse
Green, ese campo tomado por argentinos que fue el escenario de una larguísima
batalla por su reconquista, y que tras ocho horas de intenso combate finalmente
cayó en lo que significó prácticamente el comienzo del fin de las luchas porque
allí fue –en una de esas casas- donde se firmó la primera rendición. Sin
embargo, durante todo el recorrido nuestra sensación fue que está muy pero muy
lejana la posibilidad de que algún día esas tierras puedan ser recuperadas.

Es que todo allí
“huele” a inglés, a país extranjero, y sobre todo no han podido superar el odio
recalcitrante que nos tienen a los argentinos. Alemanes, ingleses y franceses
se han estado matando entre sí durante gran parte de la primera mitad del siglo
XX y sin embargo hoy, esas guerras no han dejado en ellos huella alguna. En
cambio aquí es diferente; a 35 años del fin de la guerra el odio se sigue
manifestando, hasta en pequeñas actitudes. No somos aceptados, con mucha más
intensidad con la que los escoceses o los galeses desprecian a los ingleses,
pero aquí lo expresan abiertamente, aun los residentes que no son de aquel
origen.
Es muy posible que el
poco contacto que los isleños tienen con el mundo sea la causa que los ha
llevado a vivir aislados y alejados de todo, transformando a su escasa
población del orden de las 3.000 personas en seres de muy poca cultura y eso sin
duda influye en su escasa capacidad para efectuar un análisis más maduro de lo
ocurrido, como para poder comenzar a transitar caminos diferentes, sin tener
que abdicar de sus ideas.
Es que no se explica
que por una emergencia médica de alto riesgo se opte por ciudades tan lejanas
como son Montevideo o Santiago en Chile para utilizar sus centros médicos de
alta complejidad. Tienen un avión listo, noche y día, para hacer esos
traslados, y un helicóptero dispuesto a rescatar a quien fuere de cualquier
lugar de las islas, cuando a no más de 500 kilómetros la Argentina les ofrece
Rio Gallegos, o pocos kilómetros más Comodoro, Bahía Blanca o Mar del Plata.
Pero no, orgullosamente los rechazan y arriesgan sus vidas para no ceder en sus
convicciones. Para mí todo eso es de gente muy primitiva, de una mentalidad
elementalmente pastoril.
En fin; que me gustó
haber podido estar allí, apreciar todo con mis propios ojos, recorrer los
campos de combate, homenajear a quienes allá cayeron y traerme dos piedritas como
para que, simbólicamente, estén siempre sobre mí escritorio, para luego sacar
mis propias conclusiones. Creo que “la causa Malvinas” realmente en el mundo ya
no interesa ni convence a nadie; existen otros problemas más graves de los cuales
ocuparse y el statu-quo actual los tranquiliza; por ende no veo como una
alternativa plausible la de su eventual recuperación. Esto –hoy por hoy- se ha
transformado más bien en una utopía.

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