sábado, 9 de julio de 2016

Lo que más me gustó de Portugal fue ......


     Anduvimos por Portugal ya tres veces, la primera vez ingresamos desde Galicia y la recorrimos hacia el sur hasta Lisboa; la segunda vez llegamos por el sur, desde Cadiz, y recorrimos toda su costa atlántica hacia el oeste, y la tercera llegamos volando hasta Lisboa, para luego de estar allí unos días seguir hacia el norte, hasta Oporto. Cada viaje fue distinto y con un sabor diferente, pero creo que necesitamos uno más, quizás exclusivamente en Lisboa, que casi con toda seguridad ha sido la que más ha sentido de nuestros fugaces pasos.

    La sensación que tengo es que todo Portugal es diferente a lo que uno se pueda imaginar viniendo de la Europa "tradicional"; es como más agreste, mucho menos sofisticado, más cálido y treméndamente romántico, no solo en su música -el fado- o la cadencia de su idioma -que es muy suave- sino hasta en la permanente ondulación de sus calles que trepan como reptando o descienden como jugando, no solo por las intrincadas callecitas de sus barrios más bajos sino por toda la ciudad, mientras la lenta bajada de sus ríos principales, el  Tejo vecino de Lisboa o el Duero de Oporto, o el Mondego de Coimbra parecieran no querer llegar nunca al mar cercano que los aguarda.

     Tuve la impresión que en Portugal se vive más lento o pausado que en otros sitios europeos, o mejor dicho que en realidad " allí se vive ", al tiempo que se disfruta de una nostalgia que se cuela por el aire, para mezclarse luego con los sabores de una cocina exquisita en las que sobresalen los pescados, y terminar arrullados por las sentidas estrofas de una mujer que entona un lejano fado, como si le saliera -sin esfuerzos- de sus entrañas, porque ellas lo encarnan a la perfección.

                                                                                   
... en Lisboa

    Aunque resulte extraño fue la comida. Me fascinó. Ya he puesto renglones más arriba que, quizás, no tuve el tiempo suficiente como para "meterme" dentro suyo, razón por la cual mi mirada no deja de ser superficial y con seguridad, una tercera visita me permita elegir un sitio más propio, pero hoy por hoy me quedo con su
sabrosícima cocina, fundamentalmente a base de pescado, que no es mi fuerte pero que allí no dejaba de disfrutar, sobre todo el bacalao con verduras....una delicia que al solo recuerdo se me hace agua a la boca.

                                                                   
                                                               bacalhau con patatas

.... en Sintra.

     Desde sus alturas, sobre las colinas que dominan las costas del oeste de Lisboa, se levanta esta señorial y antigua sede de la realeza, tanto morisca como portuguesa, mientras que por sus intrincadas callejuelas aun se respira un aire como de nobleza que acompaña -sin desentonar- a ese magnífico Palacio Nacional que se yergue en las alturas.

     Pero lo que más me gustó, y me resultó desopilante, fue otro Palacio, levantado aun más arriba en la colina, sobre lo que fuera un antiguo monasterio del siglo XV: el Palacio da Pena, rodeado de un parque inmenso de alrededor de 200 has, y que me resultara un especie de castillo de Disney, pero real . Una maravilla su juego de torres, torrecitas, balcones, mientras todos sus ambientes mantenían desde las alturas unas vistas impactante del paisaje contiguo

                                                                             
                                                                el Palacio da Pena


.... en la Costa de Estoril.

     Una recorrida junto al mar nos permite la siempre agradable mirada tranquila sobre las aguas celestes que se extienden hasta la distancia que pueden abarcar nuestros ojos.....esos solo es ya todo un placer de por sí, y la pudimos recorrer desde Cascais pasando por Estoril, y hasta pudimos darnos el gusto de almorzar algo liviano sentados plácidamente frente a un mar que esa mañana se mostraba tan tranquilo como nosotros.

     Pero quizás por una cuestión de haber podido pisar lugares geográficamente emblemáticos, lo que más me gustó de esa recorrida fue haber estado en el Cabo Roca, el punto más occidental de toda Europa, que desde una altura aproximada a los 150 mts. sobre las olas, es un acantilado usualmente azotado por el viento. Todo un hito que me hizo recordar de nuestra visita al Cabo de Buenaventura en el sur del Africa.

    Luego, al regresar, la visita agradable se completó con un raudo paseo -hacia arriba- por el camino que por bosques muy antiguos, van reptando por las Sierras de Sintra. Otro verdadero placer para la vista.

                                                                         
                                                                en el Cabo Roca

 .... en Coimbra

   Sin ninguna duda que los viejos edificios de su famosa Universidad. En lo más alto y empinado de esta ciudad que se levanta a orillas del río Mondego, cuesta una enormidad ir subiendo, escalón por escalón, sin saber si luego de la próxima esquina se llegará al final, pero todo este esfuerzo tiene su premio cuando se alcanza la cima y una impactante edificación en U que recuerda su pasado de fortaleza árabe con su gigantesca escalinata.

    No pudimos visitarla porque trepamos la empinada senda en un día feriado -una pena- y solamente estaba abierta la puerta de una impactante biblioteca, de esas de ensueño, más silenciosa esa tarde que un cementerio, pero desde donde miles de ideas volcadas en letras nos dieron una cálida bienvenida.

      Más allá de ese impactante recuerdo, lo que también me gustó mucho fue un paseo por las orillas del río que, como siempre, me hicieron rememorar a mis largos paseos matinales junto al río, en el Tigre de mi niñez.

                                                                             
                                                        la Universidad de Coimbra


... en Fátima.

     Desde luego que aquí todo es como mágico y se siente en el aire una sensación de paz que se te cuela por los poros. Me gustaron sus dos iglesias, la primitiva y tradicional, limpia y clara, con mucha luz, con la pequeña virgencita cerca del altar mayor, acompañada por los restos de sus queridos pastores que allí descansan: Francisco a la derecha y Jacinta a la izquierda, a quien  en una segunda visita pudimos ver acompañada por esa -futura pero próxima santa-que fue la Hna. Lucía, la mayor de los tres y quien más permaneció en esta tierra, para difundir su devoción.

     Enfrentada a esta iglesia, con toda la enorme explanada delante, se encuentra el segundo templo, realmente impactante, de una construcción bien sobria y una arquitectura impresionante, sin una sola columna a pesar de su tamaño, con asientos en diferentes alturas de modo de poder dominar el altar sin obstáculos sin ningún inconveniente, y con pasillos por donde es una places deslizarse, preparado para todo tipo de personas físicamente disminuidas. mientras un Cristo gigantesco y de rasgos actuales preside todo el predio como única figura. Una maravilla en lo edilicio que es una invitación a la oración y al silencio.

                                                                             
las tumbas de Jacinta y Lucía

.... en Ovidos.

    Un lugarcito de ensueño que parece tomado en préstamo de una antigua pintura renacentista, con su Castillo árabe -hoy derruido en parte y transformado en cálido hostal, también en parte, que era el tradicional regalo de bodas que los reyes portugueses  le entregaban a sus prometidas. Las casas que se levantan a ambos lados de las únicas dos calles que van serpenteando hasta lo alto han quedado con sus construcciones intactas desde aquel lejano medioevo en el que fueron construidas, hoy transformadas en elegantes comercio de venta de ropa, antiguedades, pequeños recuerdos, música, etc., a los que une ingresa simplemente a curiosear y sale con algún paquetito, mientras a mitad de camino, una pequeña y blanca capillita permite tomar algún descanso al fresco de sus paredes de piedra

                                                                       
                                                   las callecitas en pendiente de Ovidos                                                              .
... en Oporto.

    ¡ Que decir de esta ciudad, maravillosamente encantadora !! En ella -a diferencia de lo que me ocurrió con Lisboa- me gustó todo. Es que tiene playas, abiertas al Atlántico....calles que suben y bajan en una agotadora tarea física que se ve recompensada con la arquitectura antigua de sus edificios y templos, muchos de ellos adornados con auténticos mozaicos, como los de la estación de trenes, entre otros....porque tiene la posibilidad de navegar lárgamente por ese río Douro que viene bajando entre colinas sembradas con viñedos y que cada tanto obliga a correjir su alturas mediante reclusas contiguas a grandes represas....porque tiene esa dulzura que es el fado, el triste y nostálgico gemido de la música que se desparrama por la ciudad pero sobre todo se concentra en pequeños rincones de piedra en los que retumban las acarameladas voces de sus apasionados interpretes.

    Pero todo eso no es nada, en comparación con la belleza que transmite ese puerto, allá abajo....bien abajo, junto al Duero que ya va como desensillando para enlazarse con el mar que lo aguarda ahi no más, un poco más adelante. Es un puerto pequeño -no como en otros tiempos- pero mantiene todo su encanto y sus pequeñas barcazas en las que se transportaban las cosechas por el río y se trasladaban mercadería venidas desde rincones recónditos del mundo. Hoy está plagado de turistas, también venidos desde todos los confines de la tierra , simplemente para admirar sus bellezas, en las que vale la pena detenerse simplemente a disfrutar de la vista, desde las orillas o en un breve paseo náutico recorriendo el trayecto en el que el panorama es brindado por esos seis puentes, cada uno con su propia personalidad, que han logrado transformar ese lugar nada menos que en Patrimonio de la Humanidad. ¡ Para quedarse a soñar!!!

                                                                            
                                                              el porto de Oporto


.... en  Faro ( en el Algarve).

     La zona contigua a costa atlántica sur de Portugal se llama el Algarve, y tiene -como no podría ser de otra manera- unas características propias que las diferencian de otros lugares del país. Se trata de poblaciones en su mayoría pesqueras, que se han ido paulatinamente transformando en sitios de veraneo, de modo de ofrecer al visitante un pasado tipicamente pescador junto a un presente modernamente turístico.

 Así, por ejemplo Faro, una especie de capital de la zona, tiene una playas magníficas, con buenas extensiones de arena, pero cada una de ellas separadas de las otras por enormes rocas acantiladas que son, por sí mismas, una maravilla aparte. Sin embargo lo que más me agradó fue poder recorrer las calles de la ciudad, meterme en su pequeño casco histórico, con su antigua iglesia y sus calles adoquinadas, hasta llegar al también pequeño puerto náutico cobijando barcos de pescadores junto a impactantes navíos de placer. Una buena combinación del pasado con el presente.

                                                                               
                                                                     Faro (Algarve)


... en Lagos.

     En cambio en Lagos -algo más moderna y hacia el oeste- me encantó haber podido hacer una recorrido por sus acantilados, desde el mar, metiéndonos en sus cuevas y disfrutando de un panorama totalmente diferente. La alta costa escarpada y con inmensos acantilados nos mostraba que al irnos aproximando al oeste, las agradables y extendidas playas de arena le iban dejando su lugar a ese vértigo que produce el ver la súbita y abrupta limitación escalonada de la tierra en su encuentro -cientos de metros más abajo- con el mar, quizás indómito, que así la fue tallando a lo largo de los siglos. Me fascinó haber podido hacer ese lento recorrido, con la mirada en lo alto y buscando pequeñas cuevas y entradas al nivel del mar.

                                                                     
                                                    acantilados en Lagos (Algarve)

.....en la punta sudoeste de Europa.

      Recorriendo el Algarve, que es algo así como la costa sur del continente europeo, además de disfrutar de sus agradables playas -las de la Albufera, por ejemplo- , comer buenos pescados frescos, admirar ese cielo límpido y constantemente celeste claro que nos acompaña, y adentrarnos en sus cuevas marítimas antiquísimas, uno tiene la posibilidad de estar en ese punto geográfico en el que el continente pega la vuelta hacia arriba.

     Más allá, hacia el oeste, solo una inacabable presencia del océano que se prolonga hasta el otro continente, el nuestro, el americano, pero este que estamos pisando, en un punto gira -como continente- y comienza a extenderse hacia el norte, y ese punto es el Cabo de San Vicente, adonde por supuesto que estuvimos para admirarnos de su estratégica ubicación.Y, desde luego, como estas cosas me conmueven, quizás fue lo que más me impactó de todo el Algarve.


                                                                               
                                                               el Cabo de San Vicente


























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