lunes, 18 de abril de 2016

Los zorzales de mi jardín



                                                                             
            En una espléndida  mañana de otoño me encontraba sentado al sol contemplando las primeras hojas doradas que, como todos los años, comenzaran de a poco a cubrir todo mi jardín, cual si fuera una colorida alfombra amarilla extendida sobre el verde del césped. Miré hacia arriba, a las copas de esas tres frondosas acacias que hasta hace poco fueran el refugio, durante el verano, de una importante bandada de zorzales que allí invariablemente se instalan al comenzar los primeros calores de la primavera,  –año tras año- dando inicio al ciclo secular de la reproducción de su especie, y al no verlos ni escucharlos, los extrañé.

             Qué increíble –pensé- que es la naturaleza, cuando uno la puede contemplar así tan de cerca. Recordaba haber visto –no hace mucho- a esos pequeños pichoncitos negros atreverse en sus primeros e inciertos vuelos por este mismo jardín, que repentinamente se había poblado de esos pequeños seres que, junto a la mirada atenta de sus madres, comenzaban a entrenarse para su vida, libres de todo riesgo.

Siempre me han gustado los pájaros, junto a cuyos trinos y gorjeos crecí y que hoy, setenta años después siguen sonando en mis oídos exactamente igual que entonces, conforme a la especie de la cual se trate, a pesar de los años transcurridos. Por eso es que me fascina que mi jardín haya sido privilegiado con el honor de servir de ámbito placentero para ser utilizado por algunas familias de zorzales como lugar de reproducción y de las primeras enseñanzas a sus pichones.

Durante el verano pasado, al termino del cual un buen día se los vio partir hacia tierras más calurosas, me permití seguir con cierta atención y mucha más curiosidad, sus costumbres ancestrales. La llegada de los individuos más grandes se produjo casi en forma silenciosa, allá por septiembre, a comienzos de la primavera, y se instalaron calladamente entre las ramas de mis acacias, desde donde los escuchaba trinar muy temprano en la mañana, y sobre todo al caer el sol.

Desconozco como les habrán ido preparando poco a poco los nidos para albergar a sus pichones, porque todo lo hicieron con una gran prolijidad y, sobre todo, allá en lo alto, lejos de todo posible peligro, hasta que repentinamente, un mediodía de octubre o noviembre, mi jardín se pobló de pequeños pichoncitos negros, que se entrenaban tanto en sus primeros movimientos aéreos como en la búsqueda de alimento, picoteando en busca de gusanitos.

Lo gracioso es que los movimientos de todos ellos eran casi exactos: o todos descendían de las ramas, o se movían hacia aquí o hacia allá, y al primer movimiento “perruno” que advertían, salían todos de inmediato lanzados hacia arriba, en vuelo muy parejo y como siguiendo una indicación precisa de alguno de los mayores, que a nosotros pasaba desapercibida. Era indudable que los estaban protegiendo.

Luego comenzaron paulatinamente con algunas experiencias más atrevidas y ya en el mes de enero, toda la bandada partía a media mañana, vaya uno a saber hacia donde, para regresar al caer la tarde, en torno de las ocho y todavía con bastante luz, a instalarse en sus ramas familiares, desde donde poco después descendían hacia el jardín de sus primeros pasos, para alimentarse y así poder reconstituir sus fuerzas, desgastadas por toda una jornada de entrenamiento aéreo. ¡ Que maravilla! Quizás sin saberlo ya estaban practicando para poder –llegado el momento preciso- emprender un largo viaje, en busca de un destino más caluroso.

Durante los días previos a lanzarse a esta aventura, los entrenamientos quizás fueron más intensos, mientras que en su alimentación se dedicaron a acumular grasa en sus pequeños pechos y debajo de las alas, de modo de poder sobrevivir al extenuante viaje, y una mañana de finales de marzo dejaron de acompañarme sus trinos: habían partido. Desconozco por donde se encontraría su camino hacia el norte, cual sería la ruta que, año tras año, recorrían, pero sí sé que las aves migratorias siguen rumbos que han establecido desde siempre y que se transmiten de generación en generación, quizás, en este caso, siguiendo las altas cumbres de la cercana cordillera.

Y ahora estarán allá, en Salta, Tucumán o Santiago del Estero, anidando en árboles semejantes, alegrando con sus trinos a otras familias del lugar, disfrutando junto a ellos de un invierno más cálido que el patagónico, y me los imagino, por ejemplo, disfrutando del cerro San Javier, en Tucumán; o de la plaza de Cafayate, en Salta o en algún árbol de una quinta en Yala, en los suburbios de San Salvador de Jujuy.

Desde allá, o del lugar en el que en definitiva se encuentren, seguramente algunos de ellos regresaran hacia la primavera, para reiniciar con el ciclo reproductivo ancestral y así volver a darle alegría y color a mi jardín, con esos pequeños torditos lanzados nuevamente al mundo, mientras otros deambularán por esta zona u otras, en busca de un refugio cálido como el que encontraron en mi casa, donde continuarán dando vida a su especie,

Todo este ciclo me recuerda, en mucho, a lo que también sucede en casa con las visitas veraniegas de algunos de mis nietos, a quienes también veo llegar, año tras año, a disfrutar de un poco de este verde, de este jardín, de este remanso de paz en el que vivo, y en donde cada vez pueden aprender más cosas, atreverse con aventuras más interesantes, compartir un tiempo de su vida conmigo, y luego emprender un largo viaje, hacia el norte, para cumplir con las pautas que su propia vida familiar les pueda ir señalando.

Y uno puede entonces emprender su propio viaje, a conocer lugares diferentes, a buscar climas menos hostiles, a aprender de otras costumbres o a enriquecerse con culturas lejanas, para luego regresar y comenzar a preparar el terreno para la próxima temporada, cuidando que todo este bien, mejorando incluso algunas cosas para hacerlas más placenteras, dispuestos a recibir, llegados los primeros calores, a esa bandada de zorzales que se instalaran nuevamente en las acacias, como preludio a la llegada de los nietos, que año tras año van creciendo en edad y en número, y entonces todos, ellos y nosotros, aves y niños, nos reuniremos una vez más, simplemente, para disfrutar de la vida que constantemente se renueva, aunque se repita...   


   

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