En una espléndida mañana de otoño me encontraba sentado al sol
contemplando las primeras hojas doradas que, como todos los años, comenzaran de
a poco a cubrir todo mi jardín, cual si fuera una colorida alfombra amarilla
extendida sobre el verde del césped. Miré hacia arriba, a las copas de esas
tres frondosas acacias que hasta hace poco fueran el refugio, durante el
verano, de una importante bandada de zorzales que allí invariablemente se
instalan al comenzar los primeros calores de la primavera, –año tras año- dando inicio al ciclo secular de
la reproducción de su especie, y al no verlos ni escucharlos, los extrañé.
Qué increíble –pensé- que es la naturaleza,
cuando uno la puede contemplar así tan de cerca. Recordaba haber visto –no hace
mucho- a esos pequeños pichoncitos negros atreverse en sus primeros e inciertos
vuelos por este mismo jardín, que repentinamente se había poblado de esos
pequeños seres que, junto a la mirada atenta de sus madres, comenzaban a
entrenarse para su vida, libres de todo riesgo.
Siempre
me han gustado los pájaros, junto a cuyos trinos y gorjeos crecí y que hoy,
setenta años después siguen sonando en mis oídos exactamente igual que
entonces, conforme a la especie de la cual se trate, a pesar de los años
transcurridos. Por eso es que me fascina que mi jardín haya sido privilegiado
con el honor de servir de ámbito placentero para ser utilizado por algunas
familias de zorzales como lugar de reproducción y de las primeras enseñanzas a
sus pichones.
Durante
el verano pasado, al termino del cual un buen día se los vio partir hacia tierras
más calurosas, me permití seguir con cierta atención y mucha más curiosidad,
sus costumbres ancestrales. La llegada de los individuos más grandes se produjo
casi en forma silenciosa, allá por septiembre, a comienzos de la primavera, y
se instalaron calladamente entre las ramas de mis acacias, desde donde los
escuchaba trinar muy temprano en la mañana, y sobre todo al caer el sol.
Desconozco
como les habrán ido preparando poco a poco los nidos para albergar a sus
pichones, porque todo lo hicieron con una gran prolijidad y, sobre todo, allá
en lo alto, lejos de todo posible peligro, hasta que repentinamente, un
mediodía de octubre o noviembre, mi jardín se pobló de pequeños pichoncitos
negros, que se entrenaban tanto en sus primeros movimientos aéreos como en la
búsqueda de alimento, picoteando en busca de gusanitos.
Lo
gracioso es que los movimientos de todos ellos eran casi exactos: o todos
descendían de las ramas, o se movían hacia aquí o hacia allá, y al primer
movimiento “perruno” que advertían, salían todos de inmediato lanzados hacia
arriba, en vuelo muy parejo y como siguiendo una indicación precisa de alguno
de los mayores, que a nosotros pasaba desapercibida. Era indudable que los
estaban protegiendo.
Luego
comenzaron paulatinamente con algunas experiencias más atrevidas y ya en el mes
de enero, toda la bandada partía a media mañana, vaya uno a saber hacia donde,
para regresar al caer la tarde, en torno de las ocho y todavía con bastante luz,
a instalarse en sus ramas familiares, desde donde poco después descendían hacia
el jardín de sus primeros pasos, para alimentarse y así poder reconstituir sus
fuerzas, desgastadas por toda una jornada de entrenamiento aéreo. ¡ Que
maravilla! Quizás sin saberlo ya estaban practicando para poder –llegado el
momento preciso- emprender un largo viaje, en busca de un destino más caluroso.
Durante
los días previos a lanzarse a esta aventura, los entrenamientos quizás fueron
más intensos, mientras que en su alimentación se dedicaron a acumular grasa en
sus pequeños pechos y debajo de las alas, de modo de poder sobrevivir al
extenuante viaje, y una mañana de finales de marzo dejaron de acompañarme sus
trinos: habían partido. Desconozco por donde se encontraría su camino hacia el
norte, cual sería la ruta que, año tras año, recorrían, pero sí sé que las aves
migratorias siguen rumbos que han establecido desde siempre y que se transmiten
de generación en generación, quizás, en este caso, siguiendo las altas cumbres
de la cercana cordillera.
Y
ahora estarán allá, en Salta, Tucumán o Santiago del Estero, anidando en
árboles semejantes, alegrando con sus trinos a otras familias del lugar,
disfrutando junto a ellos de un invierno más cálido que el patagónico, y me los
imagino, por ejemplo, disfrutando del cerro San Javier, en Tucumán; o de la
plaza de Cafayate, en Salta o en algún árbol de una quinta en Yala, en los
suburbios de San Salvador de Jujuy.
Desde
allá, o del lugar en el que en definitiva se encuentren, seguramente algunos de
ellos regresaran hacia la primavera, para reiniciar con el ciclo reproductivo
ancestral y así volver a darle alegría y color a mi jardín, con esos pequeños
torditos lanzados nuevamente al mundo, mientras otros deambularán por esta zona
u otras, en busca de un refugio cálido como el que encontraron en mi casa,
donde continuarán dando vida a su especie,
Todo
este ciclo me recuerda, en mucho, a lo que también sucede en casa con las
visitas veraniegas de algunos de mis nietos, a quienes también veo llegar, año
tras año, a disfrutar de un poco de este verde, de este jardín, de este remanso
de paz en el que vivo, y en donde cada vez pueden aprender más cosas, atreverse
con aventuras más interesantes, compartir un tiempo de su vida conmigo, y luego
emprender un largo viaje, hacia el norte, para cumplir con las pautas que su
propia vida familiar les pueda ir señalando.
Y
uno puede entonces emprender su propio viaje, a conocer lugares diferentes, a buscar
climas menos hostiles, a aprender de otras costumbres o a enriquecerse con
culturas lejanas, para luego regresar y comenzar a preparar el terreno para la
próxima temporada, cuidando que todo este bien, mejorando incluso algunas cosas
para hacerlas más placenteras, dispuestos a recibir, llegados los primeros
calores, a esa bandada de zorzales que se instalaran nuevamente en las acacias,
como preludio a la llegada de los nietos, que año tras año van creciendo en
edad y en número, y entonces todos, ellos y nosotros, aves y niños, nos
reuniremos una vez más, simplemente, para disfrutar de la vida que constantemente
se renueva, aunque se repita...
No hay comentarios:
Publicar un comentario