Si bien mi ciudad de nacimiento fue Buenos Aires, desde muy chico frecuenté semanalmente una quinta que una de mis tías abuelas -por mamá- tenía en el Tigre, adonde inclusive nos quedábamos a pasar los meses veraniegos e inclusive a vivir también durante más de un invierno. Tengo, por lo tanto, del Tigre recuerdos muy felices, los que se extienden hasta mi temprana adolescencia en que aquella enorme quinta fue subdividida en muchos lotes que a su vez fueron siendo posteriormente vendidos en remates, al mejor postor, para luego demoler esa vieja casa de mis primeros sueños. Creo que con ella desapareció mi infancia, aunque no los recuerdos que tengo de ambas, de la casa y de mi infancia en el Tigre.
La quinta ocupaba un terreno de unas cuatro hectáreas, con frente a la calle Lavalle que bordeaba el río Tigre, cruzando la cual dábamos con nuestro propio viejo embarcadero, que solía escabullirme para desde allí acercarme cuanto más pudiera a ese río, por aquel entonces bastante oscuro, que corría raudo a reunirse con el cercano Lujan. Disfrutaba mucho del Tigre, pero lo que más me agradaba -además de escuchar antiguos discos de pasta- era poder disfrutar a mis anchas del enorme jardín, porque realmente era muy grande, dividido por sectores bien definidos:
Así estaban el gran cantero del frente, siempre cubierto con flores de todos colores; la palmera, alta y solitaria sobre el sector derecho, debajo de la cual se encontraba un banco blanco, de esos de plaza, en donde a veces se sentaban mis padres a la caída del sol, cuando volvían de una intensa jornada deportiva. Sobre la izquierda, tirado sobre la esquina, otro inmenso cantero servía de marco a un enorme árbol, que nunca supe si era un roble o alguno parecido, echando una gran sombra a quienes -como mi hermana y yo- nos acercábamos a jugar allí abajo.
Desde este último sector hacia atrás, siguiendo el contorno de la calle con la que hacía esquina Lavalle, estaba el sector llamado "de las cañas", porque era un bosquecito de ellas que servía de reparo para que desde la calle no se pudiera ver hacia adentro. En ese sector, además, había una gran magnolia, entre las cañas y el camino, con sus enormes flores blancas -en verano- de vida tan efímera y una fragancia que aun me perfuma el alma, y que cada mañana de verano Francisco, nuestro querido jardinero, cortaba y entregaba para adornar la habitación de mi tía, la dueña de casa.
Partían desde el portón de madera de la entrada dos caminos, hacia ambos lados, que daban toda la vuelta al jardín; por el de la derecha se llegaba a la entrada en galería de la casa; por el de la izquierda nos íbamos hacia atrás: a un sector de juegos, cercano a la casa y debajo de una tipas, esos árboles altos que de tanto en tanto escupían, y a "la cancha" esa enorme plaza de césped ubicada en la mitad del jardín, con sendos bancos techados a ambos lados, y que era el lugar preferido para todos los juegos.
Detrás de la cancha comenzaba -separada por un cerco, la verdadera quinta, en donde se cuidaba del crecimiento de una enorme cantidad de plantas, que luego Francisco trasplantaba a los lugares indicados ni bien alcanzaban el tamaño adecuado. Al terminar el espacio de esta quinta, pasaba la calle -de tierra- que daba toda la vuelta y del otro lado estaba la quinta de verduras y frutas, adonde hice mi primera experiencia sembrando y regando hasta que brotaron, con rabanitos, de semillas que mi padre me regalara. A la derecha de este sector, una inmensa construcción que en su momento se destinara a los carruajes y que en aquellos tiempos no era más que un depósito y otro lugar en el cual poder jugar, sobre todo en los días de lluvia.
Me queda por describir todo el sector derecho, una ancha franja verde, casi virgen, donde crecían plantas y frutales -como membrillos- un poco en forma natural, y que para nosotros resultaba ideal porque allí nadie nos veía ni nos buscaba. Como se puede ver la quinta era sensacional e ideal para que unos chicos chicos se divirtieran a lo grande, inventando cientos de juegos a lo largo del día, ya que estando allí ni nadie se preocupaba por lo que nos pudiera pasar, ni nadie venía a obligarnos a hacer otra cosa que jugar o andar en bici.
Sí me imagino que la mirada de alguien andaría sobrevolándonos, sobre todo la de Francisco que siempre estaba por el jardín haciendo alguna tarea, y que a los mediodías interrumpía para almorzar y nosotros nos acercábamos a su casita del fondo atraídos por el rico aroma de comida que, antes de haber almorzado, siempre provoca en quienes están cerca, y que generosamente nos convidaba de sus fideos con tuco de tomate o unos ajíes rellenos de arroz, que aun hoy en día son mi delicia cuando me los preparan.
El jardín del Tigre !! Como se ha quedado grabado en mi espíritu, al punto que siempre que he podido he tratado de vivir en casas que tuvieran jardín, sin importar tanto su tamaño como su existencia y los disfruto mucho. Me encanta, por ejemplo, escuchar el canto de los pájaros, que es exactamente el mismo que se escuchaba en el Tigre, sobre todo en el verano y a la hora de la siesta. Los pájaros de entonces y los de hoy trinan igual, con la misma cadencia, ya se trate del "bicho feo" o de los simples gorgeos de los gorrioncitos.....todo es igual.....pareciera como si no hubiesen pasado más de 60 años y ese sonido me retrotrae a aquella época tan feliz de mi infancia.
Porque ahora que vivo en Cipolletti, en el Alto Valle del rio Negro, he vuelto a tener un gran jardín; no como aquel, claro está, pero sus 1.500 mts. no estan nada mal: en él hay árboles, que aquí son en su mayoría abedules; cercos y plantas, sobre todo rosales blancos; y canteros con flores; y un sector en donde pronto voy a instalar una huerta, como aquella del Tigre.....y tengo pájaros, muchos pájaros que con sus trinos primaverales o veraniegos me acompañan desde muy temprano en la mañana hasta que se oculta el sol; y me hacen muy feliz
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