La conocida obra teatral de Florencio Sánchez de comienzos del siglo XX aludía a un fenómeno muy propio de entonces y que era el de aquellos inmigrantes luchadores y trabajadores, venidos de remotas tierras a forjarse un futuro que allá les resultaba impensable, para ellos pero sobre todo para sus familias, y que coronaban todas sus ilusiones cuando lograban que alguno de sus hijos obtuviera un título universitario que les garantizaba un futuro más próspero que el vivido hasta entonces.
Imagino -poniéndome en la piel de ellos- un orgullo que les desbordaría el alma; junto a una mirada retrospectiva calma y feliz que abarcara todos los padecimientos del pasado; que los minimizara y redujera a pequeños esfuerzos que habría valido la pena soportar, y que hoy lo hacían disfrutar, a la distancia y con una sonrisa, del triunfo de quien llevaba su propia sangre, y al que con satisfacción se asociaba.
No sé -nunca lo hablamos- si esos pudieron haber sido los sentimientos de mi padre cuando supo de mi designación como Juez Federal, rondando apenas los 40, ya que como abogado que era, él no podía desconocer la importancia que ese hecho implica para todo abogado, también una especie de coronación de una vida volcada a la siembra de valores vinculados con la prudencia, la austeridad y la justicia, y que así le permitirían mirar con aquella misma tranquilidad y sonrisas, tantos esfuerzos suyos para que su hijo pudiera alcanzar la meta que se había propuesto -¿ o que tal vez comenzaba?- y de ahí en más continuar con su propio esfuerzo en esa carrera de postas infinitas que es la vida, seguramente asociado -a la distancia y con una sonrisa- a éxitos y, porque no, también fracasos.
¿ Y que a que viene todo esto ? Es muy fácil......hoy soy yo quien debe sentarse a disfrutar de los éxitos de un hijo de mi sangre; no me cuesta hacerlo, es como natural; hace tiempo que sé que llegaría bien alto, no es mi hijo el dotor, ni el juez, es nada menos que uno de los Decanos de la tan prestigiosa Universidad Austral.
Y los recuerdos, necesariamente, se vuelven hacia atrás:a su nacimiento, aquella fría mañana de mayo de hace 45 años; a sus dificultades infantiles; sus picardías adolescentes; sus ambiciones juveniles; sus esfuerzos constantes de la madurez; sus dolores sin consuelo; su paulatino crecimiento profesional; el reconocimiento de sus pares; todo seguido a la distancia, con admiración de padre y con la sonrisa de los que confían en que un día llegaría....y ese día llegó....y por eso me asocio a los sentimientos de todos aquellos padres que han sabido confiar en sus hijos, y por eso se sienten felices y en paz.
Y los recuerdos, necesariamente, se vuelven hacia atrás:a su nacimiento, aquella fría mañana de mayo de hace 45 años; a sus dificultades infantiles; sus picardías adolescentes; sus ambiciones juveniles; sus esfuerzos constantes de la madurez; sus dolores sin consuelo; su paulatino crecimiento profesional; el reconocimiento de sus pares; todo seguido a la distancia, con admiración de padre y con la sonrisa de los que confían en que un día llegaría....y ese día llegó....y por eso me asocio a los sentimientos de todos aquellos padres que han sabido confiar en sus hijos, y por eso se sienten felices y en paz.
Con seguridad Rodolfo hoy está comenzando otra etapa que, descarto, también será exitosa; la recorrerá pausada pero con constancia, como es su estilo, y un día -allá lejos- podrá entregar esta posta a quienes le siguen, con la misma paz y alegría con que en algún momento nos ha tocado hacerlo a nosotros
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