Una mañana de junio llegamos hasta la frontera de Rusia, desde Finlandia, con todo ese temor que genera -adoctrinados por tantas películas- el tener que enfrentarse cara a cara con policías o soldados de cara severa y movimientos bruscos. Quizás la guía que nos conducía contribuyó a generar ese estado de tensión suministrando toda clase de recomendaciones de como comportarnos. Y allí estábamos, haciendo una fila en un pabellón casi vacío, aguardando que un funcionario nos llamara, uno por uno, y nos examinara de arriba abajo, pero sin ninguna actitud hostil ni muy diferente a lo que ocurre cuando, por ejemplo, nos trasladamos a Chile.
Es que nada raro pasó, ni entonces ni después, durante los nueve días que allí
permanecimos, maravillados de todo lo que vimos, aprendimos y admiramos de ese,
para nosotros, tan desconocido mundo. Es que nada se nos enseña de Rusia en la
escuela secundaria, a diferencia de lo que ocurre con países como Francia,
Inglaterra o Italia de los cuales nos explican su historia e indiosincracia,
para no hablar de España de la que –claro- su historia en cierta forma es la
nuestra.
De
Rusia en cambio se nos enseñó que a comienzos del siglo XX unos
revolucionarios se apoderaron del gobierno, echaron a los zares a quienes
mataron junto a su familia, y se adueñaron del poder para establecer una
sistema que, luego, tuvo en jaque a occidente hasta casi finalizar el siglo.
Por lo menos en mi caso muy poco más…..quizás los Urales….tal vez el Volga,
pero nada más……y sin embargo había tanto por saber y conocer.
Es
que Rusia ha sido deliberadamente excluida de Europa, por no ser occidental,
pero tampoco es bien recibida en Asia, con la cual no comparte más que un
territorio, vasto, pero sin contar con una mentalidad asiática. Rusia es, así, nada
más –y nada menos- que Rusia, un país continentalmente neutro, con los pies en
ambos lados pero con una personalidad que le hace ser independiente de los dos y,
por ende, de todo. Podría decirse entonces que Rusia en solo de sí misma.
Quizás
es por esa razón que desde siempre fue pretendida por muchos países poderosos a
lo largo de su historia, algunos de los cuales lograron dominarla, como los
mongoles, durante el primer milenio o sus vecinos, eslavos como ellos, los
polacos que también lo lograron en torno de los comienzos del segundo., y hasta
en forma parcial, los propios suecos cuando reinaban sobre toda la península
escandinava y Finlandia.
Contra
todas esas dominaciones lucharon y finalmente terminaron exitosos, tranformando
en los primeros casos en príncipes a sus triunfadores, que a su vez comenzaron
a extender sus territorios y a establecer fortificaciones, hasta que bajo una
autoridad común, la de la familia Romanov, finalmente se constituyó como una
nación una vez que lograron liberarse del domino polaco..
Pero
su territorio también fue codiciado por “los conquistadores” de los últimos dos
siglos, Napoleón primero y Hitler después, aunque frente a ambas pretensiones,
conformadas por legiones de ejércitos que eran muy superiores a las fuerzas rusas, se aglutinaron
y se encerraron para protegerse igual que lo hacen con las duras inclemencias
del tiempo para así lograr, en ambos casos, rechazar al invasor aún a costa de
muchas vidas y demasiadas pérdidas materiales, en luchas patrióticas que
templaron el carácter de su pueblo y lo transformaron en orgullosos defensores
de lo propio, sea lo que fuese.
En
el caso de la invasión napoleónica, los franceses, que superaban en número a
los rusos en cientos de miles de soldados, llegaron hasta las mismas puertas de Moscú –estuvimos en la
colina donde pernoctó Napoléon la noche anterior a la que pretendía ser su
entrada triunfal-, ignorando que en esos momentos sus habitantes, antes de
abandonarla por completo, la incendiaban para que no pudiera servirle de refugio
al prepotente invasor, que al carecer de un sitio en donde establecerse debió
replegarse y padecer de un crudisimo invierno en las estepas, que minó sus
fuerzas casi hasta extinguirlas. Fue un triunfo más que estratégico y con él se
inició la lenta caída del régimen napoleónico.
Y
otro tanto le ocurrió a Hitler un largo siglo después, quien para evitar que le
ocurriese lo mismo utilizó como estrategia la de avanzar más por el norte,
sobre San Petersburgo, también heroica ciudad
que se encerró sobre sus murallas para resistir un asedio de meses, a la espera
de que el invierno hiciera por ellos lo que ellos no estaban en condiciones
materiales de hacer, y también lo lograron a cambio del hambre, la enfermedad y
la muerte, pero forjándose un carácter de orgulloso patriotismo, que
merecidamente aun mantienen.
Y
luego padecieron ochenta años de experiencia comunista, que supieron
sobrellevar con esa paciencia ancestral que les hacía intuir que algún día las
cosas les irían mejor…..y cuando finalmente esto ocurrió, tuvieron que padecer
de la voracidad de esos mismos ejecutores y operadores del sistema que se
quedaron con todo lo que, supuestamente, era de todos, y de la noche a la
mañana debieron comenzar –sin experiencia alguna- a sobrevivir en un mundo de
pura competencia y de ansiedad material, pero que simultáneamente los vinculó al mundo exterior que, ahora sí,
logró invadirlos no solo con sus técnicas globalizadas sino con lo peor de sus
conductas relajadas y liberalizadas de todo contralor.
Y
así es como hoy – mediados del 2015- lo que procuran es recuperar sus banderas,
no las del sistema comunista a las que nadie quiere regresar, sino a las que
les permitan volver a ejercer sobre las conductas de sus ciudadanos un cierto
control ajustado a la personalidad rusa por sobre las netamente occidentales,
que no son las suyas, y en eso están, llevados de la mano de una política que
viene siendo incomprendida en el denominado “occidente”, por medio de la cual
lo que se intenta no es poner en jaque a los demás sino sencillamente
restablecer para su país un rol diferente y diferenciado, porque así es Rusia,
independiente y propia, orgullosa de un pasado muy glorioso que no quieren que
se pierda tras los cantos de sirena de un capitalismo brutal e indiferente.
Rusia
es eso, pero además es mucho más. Es un país que ha crecido en torno de las
iglesias y la religión –ortodoxa y, claro está, ortodoxa rusa-, la cual pese a
los ochenta años de propaganda en contrario, ha sabido mantener al menos un
respeto por el culto religioso y por quienes lo llevan adelante desde todas las
jerarquías. La religión de los rusos es, desde luego cristiana, pero habiendo
recibido las primeras doctrinas de la mano de la iglesia de Bizancio, no de
Roma, recién en torno del primer milenio cuando ya el Imperio Romano se había fracturado y aquella ya no
reconocía la supremacía papal romana.
Pero fieles a su manera de ser tampoco aceptaron la griega y poco a poco fueron conformando su religión, con
sus propias jerarquías y ajustada a la indiosincracia y personalidad de su
pueblo, y así están hoy, procurando restablecer sus vínculos con una ciudadanía
que si bien no los olvidó, en realidad desconoce totalmente el contenido de sus
prédicas. No tienen aún una llegada y una aceptación generalizada entre la
gente, pero sí hay muchísimas vocaciones sacerdotales y por doquier se ven las
cúpulas de sus templos junto a altísimos campanarios que aun hoy así es como convocan a sus fieles.
Y
que decir de sus iglesias, todas ellas son maravillosas, al punto que inclusive
el poder del comunismo en muchísimos casos respetó sus bellezas que aún se mantienen expuestas como
desde hace seis o siete siglos, en una clara demostración de las formas de las
que se valieron los viejos sacerdotes y monjes para transmitir sus enseñanzas
religiosas a un pueblo totalmente analfabeto.
Las iglesias ortodoxas son mucho más pequeñas
que las occidentales; carecen de bancos
y de figuras a las que exaltar, pero están cubiertas de frescos esplendorosos
en todas sus paredes y columnas y hacia el frente, cubriendo el altar, oculto
tras impresionantes puertas exqusitamente adornadas con oro y piedras
preciosas, unos iconostasios magníficos con ilustraciones de Jesús, de María,
del Niño, de la Trinidad ,
y del Antiguo y el Nuevo Testamento, se elevan hasta el techo lejano y
abovedado, que también suele estar pintado con el Cristo Resucitado.
En cuanto a sus ciudades más
emblemáticas, San Petersburgo fue fundada por Pedro I a comienzos del siglo
XVII luego de haber recuperado de los
suecos sus territorios ocupados, estableciendo allí, cerca de la frontera, una
nueva ciudad en lo que no eran más que pantanos a la vera de un río, para
transformarla en pocos años nada menos que en la capital de toda la nación y
sede permanente de su gobierno.
Tanto por la inspiración europea que
portaba Pedro, como por la que años más tarde prosiguió Catalina la Grande , de origen alemán,
la ciudad tuvo y aun lo mantiene hoy en día, un aire muy europeo en todas sus
magníficas construcciones. Es que tanto los palacios, como los jardines que los
circundan y la infinidad de canales cuyas aguas oscuras se mezclan con sus calles y
avenidas en una especie de Venecia nórdica, todo allí recuerda a las grandes
capitales europeas.
Se ha dicho que San Petersburgo está
en territorio ruso, pero que no es rusa, y eso es totalmente cierto, al punto
que el Palacio de verano de Pedro, llamado Peterholf, a orillas del Báltico, es
casi una réplica de Versalles, inclusive en sus jardines, adornados con fuentes
inagotables y caminos que bajan hacia el mar bajo la sombra de árboles
centenarios. Pero…..claro…..como es algo que en realidad lo que ha querido es imitar, no
deja de tener cierto aire de inautenticidad, a pesar de sus soberbias formas.
Me gustaron las enormes
construcciones de esa ciudad; me fascinó recorrer desde el agua sus canales y el río Neva que poco
más allá desemboca en el mar; caminar por sus elegantes avenidas, sentarme en
algún banco de sus cuidados jardines y estrenarme en una Rusia cuyo idioma me
resultara ininteligible y de dura expresión, como la mayoría de las personas
con las cuales nos cruzábamos, que quizás, llevaban como impresos en sus
rostros los gravísimos padecimientos sufridos por sus mayores.
Fue interesante estar allí, pero lo
que más nos maravilló de nuestra estancia en Rusia fue sin ningún lugar a
dudas, Moscú. La verdad es que no nos esperábamos ver una ciudad tan plena y
vivaz; tan activa y hasta diría que alegre; muy jovial, muy entretenida, muy
elegantes y finas sus mujeres, muy agradables y simpáticos los hombres; en fin,
una ciudad vivida intensamente por sus laboriosos habitantes.
Por supuesto que la ciudad,
turística y políticamente sigue siendo la de su centro paradigmático, con ese
Kremlin o fortaleza impactante que, como los viejos castillos medievales, no
solo comprende habitaciones soberanas hoy transformadas en interesantes Museos sino todo un sinnumero de inmuebles
destinados a funciones gubernamentales e inclusive religiosas, aunque estas están
bien diferenciadas de aquellas, junto a ellas la emblemática Plaza Roja, que no lleva ese
nombre por ser “rojo” el color del régimen soviético sino porque rojo
significa grande y bello, y así lo es, efectivamente, con la sobria tumba de
Lenin a su vera, custodiada a su vez por la de una centena de ilustres
jerarcas; y allí, en el medio, las llamativas y coloridas cúpulas de la Catedral de San Basilio,
quizás lo más fotografiado de todo el armónico conjunto.
Por eso es que resulta llamativo que
junto a ese antiguo núcleo, quienes hoy viven en la ciudad –más allá de los
turistas que la disfrutamos- sean hombres y mujeres cien por ciento modernos,
muy siglo XXI en todo. Parece una paradoja pero es así. Hay alguna que otra
“matrioska” dando vueltas por alguna parte, con sus largas vestimentas y su
cara colorida y, a la vez, triste, pero es una excepción. Todo allí es vivaz,
moderno, activo, joven, una verdadera sorpresa, al menos para nosotros que
teníamos otra idea de Moscú y los moscovitas.
Nos
fascinó la sorpresa, como nos agradó ver que en las cercanías está creciendo
otra ciudad dentro de aquella, con inmensos y luminosos edificios destinados a
la banca y al comercio, a la manera de lo que ocurre en otras grandes capitales
como Paris, Londres e inclusive Buenos Aires. Los edificios de la Universidad , rodeada
de jardines y que visitamos de noche nos deparó otra sorpresa al mostrarnos un
mundo juvenil de total desparpajo y libertad, como queriendo mostrar al mundo que
han quedado bien atrás los modelos centrados en la prepotencia, la obediencia y
el temor, y así lo exhiben, sin pudor alguno
En
vez el interior ruso, o al menos las ciudades de un radio cercano a Moscú que
conocimos, mantienen casi intactas las características con las cuales siempre
hemos identificado al pueblo ruso: severidad, vejez cansina, mucha paciencia,
oscuridad en la vestimenta y seriedad en la mirada, todo ello en un marco de
muchísima austeridad y un enorme apego por su pasado glorioso.
Estuvimos
en un viejo centro religioso –Serguiev Posad- nacido en torno del sitio de
predicación de un antiguo hermitaño –san Sergio- hoy transformado en un activo
monasterio; luego llegamos a encontrarnos con el Volga, en Yaroslav, una
interesante ciudad del llamado “anillo de oro”, en donde encontramos otras catedrales ortodoxas y monasterios activos; Kostroma, también junto al Volga
–quizás el río más largo de Europa y sin dudas de Rusia- fue el lugar en donde
se refugió el primer Romanov, siendo un joven y ya elegido soberano, cuando los polacos lo
querían matar para impedirle que accediera al trono, y a quien le salvó la vida
un heroico campesino de ese pueblo, con propio sacrificio personal.
También
pasamos una noche en Suzdal, un típico pueblo campesino, que me trajo a la
memoria los relatos de Tolstoy sobre la vida en el campo ruso, adonde se ha
recreado una vieja aldea que nos
permitió transportarnos en el tiempo e imaginarnos esa vida, tan dura de
algunos siglos atras; y finalmente la ciudad de Vladimir, una de las más
antiguas del país, establecida en ese lugar aun antes que se fundara Moscú, y
que al igual que ésta luego, en su tiempo fue la capital de toda Rusia.
En
todas ellas se respira el pasado, un pasado glorioso del que no solo se sienten
orgullosos sino además protagonistas, como si ellos mismos hubiesen sido los
actores de esos hechos que nos relatan; como si ellos mismos hubiesen levantado
con sus propias manos las viejas iglesias destruidas por incendios incesantes;
como si hubieran pintado los frescos que cubren las paredes y columnas de sus
pequeñas –para nuestros ojos- iglesias más que centenarias; o los iconostasios
que se yerguen solemnes junto a las paredes que esconden los altares.
Esa
es la Rusia que
nunca se entregó; la que se mantuvo latente durante los casi noventa años de
sometimiento a la fuerza del indigno gobernante, la misma que hoy quiere
renacer de la mano de quien les ha prometido restablecer sus propios valores
ancestrales, esos que se han perdido tras las ráfagas del viento que trajo
consigo la libertad. Esa Rusia callada y profunda es la que nos permitió
terminar de cerrar la historia de un país fascinante y desconocido que hemos podido conocer tal y cual es, para que
desde ahora en más sepamos comprenderlo y explicarnos las razones de su proceder.
Y entonces nos fuimos….sigilosamente……en el medio de la noche…..como para no despertarle de sus sueños…..sin querer distraerle…..como volviendo a la superficie después de haber recorrido las distintas facetas de ese mundo desconocido y casi inexplicable que se nos presentara con una realidad tan diferente de la que habíamos imaginado….y así….calladamente, pero muy agradecidos, emprendimos el regreso y volvimos a cruzar las fronteras que nos dejaron en el propio, en nuestro querido occidente, pero convencidos que allí no más, detrás de este mundo, late otro con la misma intensidad, aunque sea distinto.
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