viernes, 21 de noviembre de 2014

Las pérdidas orgánicas.-

   
     En el ir y venir de la vida, se  nos van sumando a nuestro camino -en forma permanente o circunstancial- personas, recuerdos, sentimientos e inclusive cosas materiales como una casa u objetos más pequeños que asociamos a alguna persona querida o a un momento determinado, y por eso los apreciamos. Tenemos "nuestros" lugares: una determinada ciudad del mundo, del sitio en el que vivimos e inclusive dentro del hogar, pero como no siempre es posible disfrutarlos en forma real o físicamente, simplemente permanecen alojados en nuestro recuerdo -tanto cosas, como personas y hasta sentimientos- en donde también se pueden refugiar olores o aromas que alguna vez nos han impactado, como el del café recién molido, la tierra apenas húmeda, una flor, una madera antigua, etc. etc.
      Pero no ocurre lo mismo con la pérdida físicas, las de algunas partes de nuestro propio cuerpo que, poco a poco y a medida que transcurre la vida, nos van quitando a jirones, muy lentamente y de una en una, precisamente para que podamos mantener la vida. Tremenda paradoja! De estas pérdida, por lo general, nadie se acuerda más una vez que se han desprendido del cuerpo al que se encontraban unidas.
      Venimos a este mundo para alojarnos -temporalmente- en un cuerpo dotado de determinadas características, salvo excepciones muy especiales, semejantes a todos en lo que hace a la cantidad de órganos que lo componen y que permiten distinguirnos de otras especies animales, y también entre hombres y mujeres.
       Sin embargo, con el correr de los años, más temprano o más tarde, algunos de esos órganos concluyen su vida útil antes que nosotros y debemos abandonarlos a su suerte para que no nos arrastren con ellos. Son parte de nosotros; es más, son nosotros y así lo han sido desde que fuimos gestados; nos formamos juntos o mejor dicho, se integraron a un cuerpo u organismo único e irrepetible, que sirvió desde entonces para alojarnos, constituyéndose en los custodios de nuestro ser espiritual.
     Esa ha sido la razón de ser de nuestro cuerpo físico, resguardarnos el alma, en un camino que si bien se supone que debería ser el mismo, desde el principio hasta el fin, debido a la avances maravillosos de la tecnología y de la ciencia, es posible que el espíritu muchas veces, sobreviva a partes de su cuerpo, que se van muriendo o que es necesario separarlas, y ahí quedan, a mitad del camino, sin que guardemos de ellos recuerdo alguno, porque esto es más propio de lo espiritual. 
     Nuestro cuerpo, que tiene una función tan esencial durante nuestra vida terrenal, realiza su tarea de una manera silenciosa y totalmente organizada, pero a veces llama la atención por medio de sinsabores, molestias o dolores, cuando hay algo en él que no funciona bien o se ha ido deteriorando de una manera que puede llegar a transformarse en una carga, con riesgos o funcionalmente ineptas o inadecuadas, y entonces es cuando hay que dejar algo en el camino, para poder seguir adelante con el nuestro.
     Es como si nos dijera -siempre calladamente- hasta aquí llegamos hermano; no puedo acompañarte más; seguí adelante; viví feliz que yo ya no te hago falta. Y así es como -en muchos casos- aparecen los cada vez más frecuentes sucedáneos de nuestros órganos como puede ser un marcapaso o un bay pass o un stern que van cubriendo esas mismas funciones, a la manera en que antes lo hacían aquellos originales que, en general, ya no se consiguen. Salvo trasplantes, son imitaciones, muy buenas en muchos casos, pero no son de carne y hueso, son mecánicos, fríos como una máquina pero a la vez perfectos, aunque a veces puedan fallar y en este caso no suelen avisar como en cambio lo hacen los propios que siguen funcionando hasta en la forma más elemental, con tal de no dejarnos en la estacada.
     Yo he tenido que dejar en el camino, siendo un niño, aquel famoso apéndice que nunca nadie me explico bien cual era su función vital, pero he vivido sin ella casi setenta años; luego se me fueron desgastando, paulatinamente, la vista y la dentadura. Aquella fue ayudada desde muy joven con anteojos para poder cumplir con su rol de mirar tanto de lejos como cerca, pero a mitad del camino me reemplazaron -cataratas mediante- los dos cristalinos originales, reemplazados por unos artificiales.
     En cuanto a la dentadura, siempre con problemas, en mi caso desde niño, las muelas primero y hasta los dientes luego se fueron cayendo, unos tras otros, cual muñecos de trapo a los que en un parque de diversiones se les tira desde la distancia para hacerlos caer, y supongo que se irán cayendo más, implacables, sin dolores ni molestias, a la hora de ensañarme con un buen trozo de carne o de despachar un rico choclo. Sin embargo, como sin ellos no hubiese podido sobrevivir, ahí están un montón de implantes de reemplazo.
     También en algún momento, los cirujanos se debieron abrir camino -bisturí mediante- por mi conducto urinario, cuando el órgano prostático se fue adueñando de sus paredes hasta taponar por completo ese desagote natural, pese a haber sido sometido durante muchos años antes a un largo tratamiento farmaceútico, hasta que ya no se pudo hacer nada más y hubo que abrirle camino por la fuerza, no se bien por cuantos años más porque aquella grándula sigue su infatigable crecimiento.
     Algunos años después quien debió abandonarme forzadamente fue mi querida vesícula, inutilizada desde bastante tiempo antes, molestando con preocupación a otros órganos, como la vejiga y el páncreas, que bien pueden suplir entre ambos las tareas de aquella. Y allí quedó, junto a algunas piedritas que fuera acumulando con paciencia, producidos por restos orgánicos que ella no podía eliminar por sí. ¿ Y que vendrá después? Es imposible saberlo.
     Los remedios que diariamente ingiero suplen los niveles del colesterol en sangre, de la urea, del exceso de azúcar, controlan el nivel de mi presión arterial y se que tengo algo dañada la función renal. ¿ Cual de mis órganos será el siguiente en bajarse de este cuerpo que insiste en proseguir adelante con su vida? ¿ Serán las caderas, como le ocurrió a mi abuela Alicia? ¿ o las piernas cansadas de andar como le pasó a mi padre?
     No se sabe, pero algo ha de ocurrir y así seguirán sucediéndose las pequeñas pérdidas orgánicas las que poco a poco y paulatinamente vayan limitando mi cuerpo a lo esencial, hasta que llegue un día -esperemos que lejano- que mi espíritu vuelva a la libertad del tiempo ilimitado, dejando a mi cuerpo descansar, con la certeza del deber cumplido. Entonces, quizás, Dios me encomiende otra tarea, distinta, con seguridad más exigente, y se vuelva a formar en las entrañas de una mujer un nuevo cuerpo perfecto, para custodiar en otras circunstancias, a este mismo espíritu vital para que pueda seguir haciendo de las suyas por el mundo.  


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